Nadie me pone precio

Un joven camagüeyano experimentó un intento de soborno como inspector aduanero en el Aeropuerto Internacional Ignacio Agramonte y Loynaz. Su contención y correcto actuar le permitieron desenmascar al insolente visitante

Autor:

Yahily Hernández Porto

CAMAGÜEY.— «Recuerdo que el equipaje de aquel visitante fue marcado inmediatamente por la técnica radiológica,  por presentar indicios de posible carácter comercial. Y en la rotación que hacemos coincidió, aquel día, mi puesto con el de inspector de equipajes, en el que lo observamos todo, hasta el más mínimo detalle.

«Así fue como comenzó uno de los peores momentos de mi vida, porque no es fácil tener que contenerse ante la falta de respeto, para no arreglar las cosas entre hombres, que era lo menos que pasaría si aquel hecho me hubiera ocurrido en otro lugar», narró Yenier Olazábal Varona, inspector de vuelo de la Aduana en Camagüey.

El joven de 23 años de edad y con una experiencia laboral de tan solo unos siete meses, vivió un intento de soborno mientras ejercía su función como aduanero cubano en el Aeropuerto Internacional Ignacio Agramonte y Loynaz, por parte de un viajero que arribó a esta institución camagüeyana a finales de febrero.

«No hubo tiempo para nada, porque el ciudadano, que muy bien podía ser mi abuelo, para evitar ser revisado, sin pensarlo mucho, ni yo sospecharlo, sacó de su bolsillo la cartera y extrajo un billete con el que intentó ponerme precio.

«Con tremendo “aguante”, porque ya estaba medio irritado, le comuniqué, mirándolo a la cara, así como mismo miran los hombres de mi familia: “Guarde su billete, que aquí eso no camina”, y me dispuse a la revisión del equipaje.

«Pero su respuesta fue caminar tras de mí por todo el área de inspección. Ante aquel proceder acosador le advertí muy de cerca: “Compórtese, porque me veré obligado a informarlo a los superiores”.

«Al inicio me dio pena, porque él era una persona mayor, y desde chiquito me han enseñado a respetarlas, pero como no se comportó correctamente ni cambió de actitud con mi respuesta, decidí informarle a la inspectora Liuska sobre el acto de soborno.

«Creo que como él estaba tan ocupado en cómo lograr sobornarme, no pudo darse ni cuenta del momento en que informé sobre el hecho. Fíjese que cuando lo pararon, como decimos por acá, “en seco”, se quedó “clavado como una estaca”.

«De inmediato se inició el proceso de investigación, primero por separado, y después, al ver los oficiales que él negaba todos los hechos, yo pedí que me lo pusieran de frente, para ver si tenía el coraje de negármelo en mi cara.

«Su silencio, su mirada cabizbaja y su estado tembloroso, nervioso y muy sudoroso, en medio del aire acondicionado, lo desmintieron por completo. Fue allí cuando el oficial al mando le exigió al ciudadano que lo menos que podía hacer era disculparse conmigo, pero él de verdad que no podía ni decir una palabra, porque estaba bien “quemado” en su propio aceite.

«Recuerdo que le dije: “Crees que porque soy joven puedes comprarme, ponerme precio y vulnerar nuestro sistema aduanero.

«Pasaron los días, y hasta en el Comité donde vivo, en el reparto Villa Mariana, me reconocieron por mi actitud. Al principio no entendía mucho el porqué del reconocimiento, pues hay tantas historias tal vez parecidas a la mía que han quedado en el anonimato, y tantos cubanos con vergüenza, que me pareció una exageración aquello, pero mis compañeros de la Aduana me hicieron entender que como yo, en tan corto tiempo como aduanero, había actuado con criterio, profesionalidad, respeto y vergüenza, era necesario hacerlo.

«De todo se aprende. Llegué a decirle a la inspectora, en un momento, mientras él me perseguía con su billete en la  mano: “¡Quítamelo de enfrente…!, pues no respondo”. Fue en ese momento cuando decidí informarlo, por como se ponían las cosas de feas dentro de mí.

«Mis compañeros me dijeron que me controlara, y que no me preocupara por nada, porque esa era la forma y la manera de hacer lo correcto.

«Ahora comprendo bien la situación, porque hasta llegué a pedir a mis superiores que me trasladaran por un tiempo del puesto de trabajo, porque no sabía cómo respondería si nuevamente me ocurriera algo parecido.

«Pero aprendí que hay mucho por cambiar y hacer, y que con la experiencia que se adquiere en el día a día, y con el apoyo de mis compañeros, familia y amigos, todo saldría bien.

«He crecido como profesional y como hombre después de febrero, y he comprendido que siempre llevo en mi ser, aunque no lo exprese, el ejemplo de mi familia; pero sobre todo el de mi madre, Niurka, y el apoyo de mi prima-hermana, Dianelis.

«Siempre hay quien pregunta cómo me sentí, cómo ocurrieron las cosas…, pero solo respondo que fue un momento duro, pero a la vez de mucho respeto por mi profesión, en la que siempre debe primar la excelencia en el comportamiento, hasta en estos incidentes, que te marcan y te ponen a prueba como hombre y como cubano».

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