Los niños son almas azules y limpias como los lagos

Los niños son pequeños brujos que pueden remediar todos los dolores con apenas unas pocas palabras: «te quiero del tamaño del cielo»

Autor:

Melissa Cordero Novo

La infancia es un gran lago donde hay niños, de todos tamaños, pesos y colores, encima de sus cunas agitando las aguas, tragándose las olas, una por una, y luego las devuelven para que llueva sobre las ciudades. Y llueve con sabor a niños y a biberones y a pañales; y hay olores que nos recuerdan cuando nosotros, también, estuvimos desnudos en aquella laguna e hicimos travesuras hasta el cansancio.

Vienen los ciclones si ellos están enfadados, y hay sequías prolongadas cuando se les antoja dormir en demasía. El mundo entero funciona a su antojo: los pájaros vuelan porque ellos soplan, la Luna y el Sol aparecen en el cielo porque los usan como papalotes y las sonrisas llegan a las casas cuando pactan con las cigüeñas para que los cuelen por las ventanas o los inserten en los vientres de mamá.

Después de eso, nada vuelve a ser normal. Los espacios, todos, comienzan a ensuciarse con una frecuencia increíble, y en los rincones de las paredes aparecen pintados avioncitos de muchos colores o flores o barcos y sirenas preciosas que hasta uno las oye cantar; y después nadie sabe quién ha dibujado, el niño dice que no fue él, sino un duende travieso que le robó los plumones mientras él dormía.

Y todos los adornos se rompen. Se caen de las mesitas los jarrones y los retratos y las muñequitas de biscuit. Y hay que buscarse una colcha mágica que pueda almacenar todo el orine del mundo. Los niños crecen con asombro y uno jamás se entera de cómo en las noches vuelven al lago para tener sueños tranquilos junto al vaivén mismo de la laguna.

En las mañanas pueden amanecer bravucones y entonces no hay quien los haga tomarse la leche y se burlan con la encía al aire cuando les mencionas al hombre del saco o al coco. Los niños ya no les temen a esos personajes; en la oscuridad, sigilosos, dejan un ojo abierto para comprobar que realmente mamá y papá son los que vienen a cambiar dientes por monedas.

Nadie posee imaginación más pródiga que la suya. Como la de mi sobrinita, que se llama Eva y ahora anda con un agujero en la sonrisa porque perdió «un alumno» del frente. Un día, ella y yo hicimos un duelo de índice y pulgar para ver quién se ganaba el deseo de una pestaña. Finalmente, Eva ganó —los niños siempre ganan— y me confesó lo que había pedido: «Que Colorida (su muñeca) hable», me dijo con los ojos llenos de magia. O cuando, en casa, pidió que le trajeran un limón para poder dibujarlo en un papel, por fuera primero y después por dentro «como hacen los científicos».

No hay quien sea capaz de pronunciar palabras más graciosas («Tía, alcánzame la cinta adhesiva para pegar mi muñeca»), ni de hacernos felices aun cuando lloran sin motivo, o cuando gritan histéricos porque no quieren ponerse esa ropa. Nadie posee más leyes que un niño. Nadie tiene más resistencia para el juego que un niño: y para correr, saltar, trepar y colgarse de los árboles, y aun así son capaces de dormirse bien tarde y despertarse bien temprano.

Nadie tiene más curiosidad que ellos y un interés especial por averiguar los porqués de todas las cosas. No hay a quienes les gusten más los dulces, todos lo juguetes de las tiendas, los libros que tienen láminas, las vacaciones y los animales y los aguaceros; ni a quienes les desagraden más el médico, los regaños, la escuela, la hora de bañarse y las medicinas.

Un día, otro, caminaba yo sin prisa cuando me sorprendió una voz a mitad de la oscuridad. Una niña pintada de noche, que apenas llegaba hasta mi rodilla, me estaba mirando con unos ojos cómplices: despeinada, descalza y con la felicidad de la infancia revolcada por todo su cuerpo. Se acomodó el blúmer, que le molestaba por debajo del vestido, volvió a mirarme y me pidió, con una expresión irresistible, que la cruzara la calle.

La tomé por la mano, fuerte, y juntas llegamos al otro lado. Al soltarla, me volvió a mirar con aquellos ojos «malditos» y dijo de un tajo: «Señora, qué olor más rico usted tiene». Fue sorprendente.

Los niños son pequeños brujos que pueden remediar todos los dolores con apenas unas pocas palabras: «te quiero del tamaño del cielo».

Los niños son almas azules y limpias como los lagos.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.