Cuba cabe en una Ceiba

Los hacedores de JR y sus cómplices lectores se unieron, como cada año, en el poblado de Guaracabulla

 

Autores:

Jesús Arencibia Lorenzo
Anays Almenares

Cuentan algunas historias de nuestros antepasados, de esas que han devenido leyenda, que era la ceiba hogar de cierta mítica deidad. Dicen que allí descansaba, y que solo se mostraba cuando otros seres, conocedores de sus sortilegios, la invocaban en un rito. Por eso se volvió costumbre sembrar el árbol en los centros de pueblos y ciudades, para que equidistara de todos los amigos.

Al medio de Cuba; en julio, mitad del almanaque, se van cada año los que saben un poco de embrujos y ocurrencias. Guaracabulla les presta su ceiba, marcador central de la Isla. En el intrincado pueblito del municipio de Placetas, Villa Clara, sucede la reunión de juglares y aventureros quienes, armados con deseos y gratitudes, conjugan la fórmula exacta para convocar a Guillermo Cabrera, el periodista Genio que allá se repartiera hace cinco años.

La tertulia anchurosa que en ese sitio naciera, la de temas esenciales y alegría cómplice, volvió por sexta vez a hacerse risa. Los lectores de JR se regalaron el beso gigante que anualmente los une; algunos trajeron un verso en el bolsillo; otros, una canción escondida en la guitarra; hay quien vino con un abrazo pecho adentro o con un saludo en la mejilla del que faltó.

Liudmila llegó con letras compartidas de Antonio Guerrero, y la voz de Francisnet, colega del semanario Vanguardia, las multiplicó. Los holguineros no quisieron que nadie se les adelantara y desde bien temprano comenzaron sus vueltas a la añosa ceiba.

La explosiva Nieves, la «Bala» tunera, esta vez recolectó en un saco «chirimbolos» del alma para su fraterna Enma Mayoral, la avileña que recicla hasta lo intangible. Cary obsequió pudín y juventud; Arminda y Teresa, su madrigal yayabero; y Raiza —sin más oropel que su carisma— entregó «los Premios Coral» del encuentro: mágica artesanía.

El trío de Marla, Carlos y su hijo; Julio Alberto Cumberbach —trova, chispa y poesía—; dos muchachas de melodía clásica; Yoany, que estremece el aire «como una ola» y tantos que recuerdan en ese instante sus genes artísticos, fueron condimentando la tarde.

Siempre queda tiempo para llegar hasta los cocuyos que habitan los lienzos de Pedrito Osés, monte iluminando aún en la penumbra. O darse una vueltecita hasta la increíble biblioteca que cuida Katy. O reunirse en ronda de obsequios con los niños del caserío. O hacer la cola «del doble» para la caldosa que los fraternos del núcleo zonal y la Casa de Cultura sazonaron a pura leña.

Y el pueblo —para que sufra París— es una fiesta.

Y cuando la lluvia, como cada año, comenzó a diluir el chisporroteo, muchos pensaron ya en la otra vuelta de la Tierra. Todo es comienzo en Guaracabulla. Escuchemos bien, que la voz de acero de Luis Alarcón Santana, exactamente a las 12:00 meridiano, rompe el silencio con un poema: «Hay gente que con solo decir una palabra,/ enciende la ilusión y los rosales…».

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