Venga la esperanza, pase por aquí

Cumple diez años de creado un proyecto sociocultural pinareño dedicado a la reinserción social de personas síndrome de Down o con deficiencias neurológicas

Autor:

Mayra García Cardentey

PINAR DEL RÍO.— Es imposible no tomarles cariño. Ponen al descubierto lo mejor de lo que somos, derrumban incluso barreras que nosotros, que hacemos mal en llamarnos normales, no hemos podido franquear. Su expresión acurrucada y simpática derrite al más incólume de los interlocutores.

Son más de 20 personas con síndrome de Down o deficiencias neurológicas que pertenecen a «la tropa» del pintor Jesús Carrete y han construido sueños gracias al proyecto sociocultural Con amor y esperanza.

Fundado en 2002, el proyecto surge bajo la coordinación del pintor Jesús Carrete Rodríguez y por iniciativa de un grupo de padres de niños con síndrome de Down. Nace para elevar la calidad de vida de estos jóvenes, mediante el desarrollo de habilidades artísticas y sociales, y con la consiguiente integración a la sociedad mediante la creación y el arte.

El vestíbulo del Centro de Salud Mental fue su primera casa; lo que comenzó como una iniciativa que adentraba a siete pequeños en el mundo de las artes plásticas, hoy es uno de los proyectos con mayor impacto sociocultural en el territorio vueltabajero.

«Lo que más les gustaba era el baile y la música; al principio no querían pintar. Para enseñarles innovamos algunos procedimientos artísticos, partimos de lo fácil a lo complejo», recuerda Coralina Hernández Crespo, compañera de vida y labor de Carrete.

Desde entonces y durante diez años, Con amor y esperanza inculca un modo de vida y una filosofía de comportamiento a sus más de 20 miembros, niños, jóvenes y adultos con algún padecimiento neurológico, fundamentalmente por medio del grabado.

Yamiris Lara, madre de Yunet, cataloga de increíble el avance de su hija. «Solo sabía hacer bolitas y palitos; ahora hace figuras humanas, con orejas, boca, ojos, manos».

Para Coralina, madre de Liena, resulta impresionante cómo han logrado exponer en grandes galerías del país, como la de Bellas Artes, y en sitios similares en Nueva York. «Perciben el arte; lo hacen de una manera desenfadada, desinhibida, no lo premeditan; sus líneas, como su forma de ser, son muy sueltas, sinceras».

Pero no solo la gratificación asoma por los avances en las obras artísticas. «El taller los estimula, mejora su conducta, se ven protagonistas, artistas; les ayuda a insertarse en la sociedad, a incorporarse a las actividades de la casa», explica Ángela Angueira Miranda, madre de Anelis.

Mercedes Victorero, abuela de Lázaro Liván, lo resume así: «Para qué decirle, se sienten importantes, felices cuando están aquí, y nosotros los familiares también. Basta verlos a ellos contentos, con esa voluntad y deseos, para nosotros sentirnos igual».

Aunque la actividad fundamental comprende el grabado, en especial la colagrafía (impresión de un collage con amplia variedad de materiales adheridos a una plancha para su posterior entintado y estampación), los integrantes del proyecto desarrollan otras técnicas como la mixta sobre cartulina y el trabajo experimental sobre lienzo, además de los varios murales que tienen dispersos, cual estampas de la ciudad.

A los talleres de grabado se insertan el de dibujo y pintura, el de danza y teatro y clases de lectoescritura.

Una metodología diseñada por el grupo gestor, con el apoyo de investigaciones científicas, propicia una superación constante en cuanto a métodos de enseñanza, que por sesiones tienen carácter diferenciado, en dependencia de las necesidades de cada miembro.

Según Yeliney Pacheco Suárez, máster en Desarrollo Social, el proyecto tiene un amplio impacto en el desarrollo cognitivo de las personas con síndrome de Down o afecciones neurológicas, y en el afectivo emocional y el volitivo.

Y es que más allá de crear habilidades artísticas, los talleres son como experimentos cotidianos donde se les incentiva una conducta social adecuada. «Aquí hay un pajarito que le dice a papá Carrete cuándo hago mal en mi casa. Por eso tengo que portarme bien», dice Yunet entre risas.

Ángela Angueria, madre de Anelis, opina que gracias a lo logrado se ha reconfigurado en la comunidad la percepción del síndrome de Down. «Ya llegan a un lugar y todo el mundo los conoce y los respetan. Antes, la gente los miraba y se reía. Ahora les dicen “Los niños de Carrete”… “Los muchachos que pintan”… “Los del proyecto Con amor y esperanza”».

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