De la estratosfera al abismo

Autores:

Ana María Domínguez Cruz
Alejandro Rojas Espinosa
Javier Roque Martínez

En cuestiones de publicidad y comercialización, todo se piensa muy bien, y en no pocas ocasiones, las estrategias de marketing y venta «disfrazan» las verdades de un producto.

En octubre pasado, el austriaco Félix Baumgartner demostró que no existen límites ni para los hombres… ni para la Red Bull. Su salto desde la estratosfera, a más de 39 000 metros de altura, financiado por la marca, es un récord y pasará a la historia también como una campaña mundial única a nivel internacional.

Esta ha sido la acción publicitaria más importante de la historia, afirman expertos en marketing. Durante las más de tres horas que duró la ascensión y caída de Baumgartner, era visible el nombre y el logo de la marca desde cualquier ángulo, lo cual puede comprobarse en las más de ocho millones de reproducciones simultáneas que tuvo el hecho, emitido en directo por 150 televisiones de todo el mundo y portada para muchos diarios nacionales.

El prominente intelectual venezolano Luis Britto García, en su libro El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad, sostiene que las grandes potencias están convencidas de que mediante la cultura se logra la imposición de la voluntad, se inculcan conceptos del mundo, valores o actitudes.

Britto agrega que con operaciones de penetración, de investigación motivacional, de propaganda y de educación, los aparatos políticos y económicos han asumido la tarea de operar en el cuerpo viviente de la cultura.

«Esta operación tiene como instrumental quirúrgico, un arsenal de símbolos; como campo, el planeta, como presa, la conciencia humana. Sus cañones son los medios de comunicación de masas, sus proyectiles las ideologías».

Y el sector juvenil es precisamente el más vulnerable y atractivo para trabajar «culturalmente», afirma el escritor. Ese mercado es lo suficientemente amplio como para que el sistema industrial le preste atención e intente ganárselo mediante una especial conformación de los productos y de la propaganda, consciente de que en el joven su área de decisión en el consumo se refiere a bienes más rápidamente perecederos y en los cuales la utilidad simbólica prevalece sobre la real.

«El joven dotado de capacidad creativa inventa estos símbolos; aquel que no la tiene, los consume. El joven obsesionado por la integración consume los que le acercan al rol que se espera de él; el distanciado usa aquellos que lo diferencian. En todo caso se trata de un mercado de símbolos, de un mercado cultural».

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