Núñez Jiménez, el joven de iluminada madurez - Cuba

Núñez Jiménez, el joven de iluminada madurez

Fragmento del artículo escrito por Nicolás Guillén, publicado en el Periódico El Nacional, Caracas, noviembre de 1952, y reproducido diez años después en el libro Prosa de Prisa, Crónicas, editado por la Universidad Central de Las Villas, 1962

Autor:

Juventud Rebelde

Antonio Núñez Jiménez tiene nombre de conquistador español. Por qué no, también, de personaje de García Lorca? Magro, alto, inquieto, ha recorrido nuestra isla de punta a cabo, registrándole las entrañas con sus instrumentos de espeleólogo. Y no soo las entrañas, sino la tierra que sube, en busca del aire azul. El Pico Turquino, casi con dos mil metros de elevación, pero de ascensión fatigante, le ha hospedado en su cúspide; y el Pico Potrerillo, en la región central del país, y la Sierra de los Organos, en el Oeste tabacalero, el alteroso Pinar del Río.

Núñez Jiménez regresa ahora de Venezuela. Estuvo allá con nuestra egregia Alicia Alonso. Viene alegre de haber tocado la carne de aquel pueblo, de haber sentido vibrar su alma inmensa, tendida desde las nieves del Pico Bolívar, donde aletea el cóndor, hasta el abrasado pajonal de los Llanos, donde bestias y hombres acechan bajo el duro castigo solar. Viene también de Colombia Bogotá melancólica... ‑tierra de obispos y poetas.

Solo que la hermosa peripecia con Alicia ha sido un breve paréntesis artístico en la vida científica de este maduro muchacho, hecho a la investigación rigurosa. Nos vimos hace unos días. Llegó a traerme su último trabajo; un estudio sobre la Cueva de Bellamar —¿se acuerda usted, don Enrique Otero?— que Núñez Jiménez conoce como su casa. El descubrimiento de esta cueva es reciente y se debe al azar, como al azar debióse el hallazgo de Pompeya. No hace todavía un siglo, cierto día de febrero del año 1861, trabajaba un grupo de esclavos en las canteras de cal que muy cerca del puerto de Matanzas poseía Don Manuel Santos Pargas, rico minero de aquella región. De pronto, uno de los negros sintió que la barreta con la que trataba de levantar una enorme piedra íbasele hacia el abismo. Asustado dio cuenta de la ocurrencia a su amo y éste, que era hombre emprendedor, ordenó investigar la causa de aquel fenómeno. Al principio, los trabajos no adelantaron mucho, por temor de bajar hasta aquel antro, del cual salía un vaho cálido y mal oliente. Hasta que el propio Santos Pragas se hizo cargo de la averiguación.

“Núñez Jiménez, en su libro, que es en realidad su tesis de grado para el título de Doctor en Filosofía y Letras, cita un interesante pasaje de José Victoriano Betancourt, escritor cubano de la época [...].

Más de ciento cincuenta páginas nos regala Núñez Jiménez en la descripción de la célebre espelunca. En una prosa fácil y fina nos cuenta no sólo una visita más o menos veteada de turismo científico, para ver y decir lo que muchos, sino que como acostumbra siempre en todas sus investigaciones, adelanta atrevidamente un paso allí donde otros se detuvieron. La misma desconfianza creadora que lo llevó a rectificar la altura del Pico Potrerillo, mantenida durante años en textos universitarios y escolares, lo conduce también en su visita a Bellamar, hacia caminos nunca hollados. Así logra destruir la leyenda de que el bellísimo Baño de la Americana se comunica con el mar, en la bahía de Matanzas; así descubre y bautiza parajes cuyo conocimiento modifica la antigua concepción de la cueva, aun en científicos eminentes, como acontece con el pasaje, rocoso que él denomina la Galería Escondida. Ante lo desconocido, un investigador de raza no puede vacilar. Avanza siempre, que ése es el camino de la gloria.

El caso de Núñez Jiménez es señero en nuestra juventud. Este valiente muchacho, este joven sabio, no pertenece a la categoría de los eruditos enclenques, a quienes el estudio succiona la vida, como si los secara, apartándolos de cuanto no sea el grueso infolio. Núñez Jiménez aprende, pero emprende. Además, en un país ganado por disciplinas directas y brillantes, que atraen rápidamente la atención hacia quien las ejerce, él se entrega... a la Espeleología, dedica su tiempo a visitar oscuras cavernas, a hojear duras páginas de piedra, donde está escrita la historia de nuestro mundo.

A mí me recuerda un poco ‑y se lo he dicho a él‑ el caso de nuestros grandes sabios del siglo XIX, un Poey, un Carlos de la Torre. Particularmente Don Carlos, que llegó hasta nuestros días y que fue no solo un naturalista eminente, respetado en todo el mundo científico, sino también un hombre de acción, que no desdeñó lo político cuando fue necesario, ni lo humano, cada vez que la calle invadió el sosiego de su laboratorio. Dejó a Cuba un tesoro inmenso de sabiduría bien organizada, obra de investigador activo, que vivirá cuanto viva nuestra cultura. Núñez Jiménez empieza ahora, con una madurez que bien quisieran muchos que están terminando. Ya escucharéis un día no lejano hablar de este hombre honesto, puro, trabajador, de clarísima inteligencia, señalado tanto para ganar con su obra la gloria propia, como para brindársela al país que hoy le señala entre sus más prometedores hijos.

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