La constancia es lo que conduce al triunfo

Durante el entrenamiento de los futuros combatientes del 26 de Julio se manifestaron las cualidades conspirativas y educativas de Fidel

Autor:

Luis Hernández Serrano

Tras el golpe de Estado de Batista, los hombres que Fidel enviaba a adiestrarse militarmente a la Universidad eran los de extracción más humilde, los que estaban dedicados a las labores más rudas.

Algunos eran muy pobres, con salarios muy bajos, que no tenían ocupación permanente, como el propio Antonio, «Ñico», López. ¡Todos eran trabajadores! Solo una pequeña proporción desempeñaba ocupaciones estables. Pero eran los más firmes en sus decisiones, los más responsables y patriotas, los más sinceros y —sin desdorar al resto— los más consagrados a la lucha.

La perspicacia y el talento conspirativo de Fidel eran extraordinarios. Sorpresivamente, el 4 de noviembre de 1952, se presentó en la colina universitaria a matricular como alumno para el recién iniciado curso académico 1952-1953. Así burlaba posibles pesquisas policíacas, ya que su condición de estudiante justificaba su libre acceso a los predios de la colina universitaria.

Eso lo hizo dos años después de haber terminado a un mismo tiempo tres carreras universitarias. Volvía a ser alumno oficial de la Universidad en la Facultad de Filosofía y Letras. Claro que no puso tanto apasionamiento como en el curso 1949-1950, cuando examinó y aprobó 32 asignaturas en solo doce meses.

Para que no lo vieran junto a Pedro Miret —aunque estuvo en diferentes actos en la Universidad de La Habana— cuando se efectuaban las prácticas, no se portaba por allí. Fidel no estuvo en los ejercicios de combate de sus hombres allí. Enviaba a compañeros de su entera confianza, precaución que demostraba la severa cautela que asignaba al trabajo clandestino, medida de seguridad que permitió que las relaciones suyas con Miret se mantuvieran en el mayor secreto, aun para personas muy vinculadas con el alto centro docente.

Armando Hart visitaba Prado 109, sede del Partido Ortodoxo. Un día Fidel salió con él y le puso el brazo sobre el hombro. Hart contaría: «Me sorprendí cuando se interesó en el hecho de que yo visitaba las Oficinas de la FEU con un grupo de compañeros para aprender el manejo de las armas. Me pregunté ¡cómo podía saber él aquello! Después del Moncada me percaté de que Fidel lo conocía por Pedro Miret». Este era uno de los tres integrantes del Comité Militar del Movimiento, en unión de José Luis Tassende y de Renato Guitart.

Fidel siempre se preocupó por estar en los entrenamientos con tiro real. Según Orbeín Hernández, un domingo se entrenaban con solo tres rifles viejos de los cuales se rompieron dos y el tercero perdió un resorte que saltó hacia unos matorrales. Todos intentaron hallarlo, bajo un sol inclemente, pero se fueron yendo hacia la sombra de unos árboles. Al notar la ausencia de Fidel en el grupo, todos miraron hacia donde se había perdido la pieza y lo vieron rastreando las hierbas con enorme afán.

Fidel siguió él solo buscando, como quien trata de encontrar una aguja en un pajar, con su voluntad de hierro, hasta que de pronto se agachó y al recoger algo, fue corriendo hacia donde estaban los demás compañeros: «¡Esto es para que vean que la constancia en las cosas es lo que conduce al triunfo!», les dijo.

Fuente: El Grito del Moncada, Mario Mencía, p.p. 279, 280, 424 y 425. Tomo I, Editora Política, La Habana, 1986.

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