Una vivencia increíble

Cipriano Almaguer Peña nació en Las Tunas en 1925, y por las vueltas de la vida fue a parar a una comunidad indígena de Guatemala, donde se convirtió en el tunero guatemalteco

Autor:

Juan Morales Agüero

Este relato parece inverosímil. Lo retomo luego de más de una década de ocurrido. Mientras más me detengo en sus detalles, más insólito me resulta. El viejo Cipriano, su protagonista, falleció hace unos años. Me enteré por pura casualidad.

Todo comenzó el 7 de mayo de 2002, mientras cumplía misión periodística en Guatemala. Ese día, la columna zodiacal del diario chapín Prensa Libre me predijo, entre otras cosas, lo siguiente: «Hoy va a recibir una sorpresa increíble que lo hará emocionar». A pesar de que nunca le he prestado atención a los horóscopos, debo admitir que su augurio acertó.

Aquel día me fui con uno de nuestros médicos hasta una aldea en el departamento del Quiché. «Aquí con los indígenas vive un hombre que asegura ser cubano», me comentó al llegar al villorrio. «Repite eso», le exigí, incrédulo. Lo hizo, y a partir de ese momento no tuve cabeza para otra cosa.

Lo acribillé a preguntas: «¿Quién es? ¿Dónde vive? ¿Hay posibilidad de verlo? ¿Cómo se va a su casa? ¿Podemos ir ahora mismo?». Un lugareño se ofreció para conducirme. Luego de caminar un poco, me mostró una casa de paredes de barro.

«Llegamos —dijo—. Ese que está en la puerta es Cipriano».

Ante mí tenía a un hombre de unos 75 años, alto y escuálido, pero aún bien plantado. Vestía camisa de mangas largas dobladas. Mostraba una barba escasa y descuidada. Sus ojos denotaban un cansancio colosal. Se tocaba con un sombrero ceñido por una banda oscura. De su hombro izquierdo colgaba un morral indígena. Me miró con extrañeza cuando me le aproximé. Le tendí la mano y me la estrechó. Las primeras frases intercambiadas fueron más o menos de este tenor:

«Buenos días. Buenos días. ¿Cómo está? Bien. Me han dicho que usted es cubano. Sí, cubano. Ah, entonces somos compatriotas. ¿No me diga? Sí, soy periodista y ando de recorrido por Guatemala. Pues bienvenido. ¿Y de qué parte de la Isla es usted? De Oriente, de la zona de Victoria de Las Tunas...»

El corazón me dio un vuelco. ¿Había escuchado bien? ¿Coterráneo mío aquel hombre? No, demasiada casualidad. ¿Qué hacía en una cordillera guatemalteca? ¿Cuándo abandonó el terruño? ¿Qué hacía viviendo en una aldea indígena?

El viejo notó mi confusión. Me sorprendió la lucidez con que explicó las circunstancias en que llegó a ese país.

«Me llamo Cipriano Almaguer Peña —dijo—. Nací en 1925, en el barrio Dumañuecos, cerca del ingenio Manatí. Mi familia tenía un lotecito de tierra. Eran tiempos malos. Tenía que ayudar a papá. Cuando tuve 18 años me fugué de la casa y...».

Cipriano tomó rumbo a La Habana. Guajirito y analfabeto, se las vió negras. Comenzó a merodear por los muelles del puerto y a relacionarse con los marineros. Uno de ellos le propuso viajar de polizón en un barco que iba a Honduras. Aceptó.

En Centroamérica la United Fruit Company necesitaba mano de obra barata. Estuvo cargando racimos de plátano hasta que un accidente en una grúa lo dejó lisiado. Lo despidieron. Hizo gestiones para retornar a Cuba, pero no tenía un céntimo.

«Vine para Guatemala en 1957 —agregó—. Aquí hice de todo para ganarme la vida: desde trabajar en las milpas hasta atender plantaciones de cardamomo. Formé familia. Me arrimé a una indígena que me dio siete hijos varones. Andan regados por todo el país. En eso de ir de un sitio a otro se parecen al padre. ¿Mi mujer? Murió hace años. ¿Dumañuecos? Jamás volví a saber de allá. Nunca fui muy apegado a mi gente».

Me invita a pasar. Como la mayoría de las casas indígenas, la suya no tiene divisiones ni ventanas. El piso es de tierra. En un rincón, un camastro da fe de la pobreza de su inquilino. Un fogón de leña humea en el fondo. Hay vasijas estropeadas por el uso. Además, un bulto de madera, una tinaja, un amasijo de ropa, una bandeja para hacer tortillas de maíz, un calendario de la cerveza Gallo y un pequeño baúl. Cipriano va, lo abre, revuelve, saca un papel hecho jirones y me  lo muestra con la felicidad danzándole en las pupilas.

«Mire este pedazo de un periódico de Victoria de Las Tunas —dice, triunfante—. Se llamaba El Liberal. Ahí hablan de Lalo Fontaine, un mambí que era mi padrino. Ese recorte lo llevé de Cuba cuando me fui para Honduras. Es el único recuerdo que tengo de allá. Paisano, perdone, ahora tengo que salir...».

Queda parado frente a mí. Lo abrazo y apenas me corresponde. Se safa con suavidad. Va hasta un ángulo de la casa y le echa mano a un bastón. Afuera alguien lo llama por su nombre. Emocionado le doy gracias al horóscopo.  Me despido.

Bueno, Cipriano, yo también me retiro... Que le vaya bien. Contento de haberlo encontrado. Y yo, señor. Nunca pensé toparme a un tunero tan lejos. Ni yo tampoco... Mire, le regalo este almanaque cubano. Muy bonito. ¿Me permite hacerle una foto? Bueno... Venga para acá. No, aquí mismo. ¿Nos volveremos a ver algún día? Yo creo que sí, allá arriba...

Y, con el brazo extendido, me señaló hacia el cielo.

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