Mejores vecinos

La celebración en La Habana de la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños nos convierte en anfitriones del más acabado y, por tanto, auténtico y trascendente conglomerado unitario regional

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Cuba será escenario en breves horas de un suceso que por muchos motivos nos enorgullece al tiempo que, como a tantos latinoamericanos y caribeños, nos mantiene viva la esperanza.

La celebración en La Habana de la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) nos convierte en anfitriones del más acabado y, por tanto, auténtico y trascendente conglomerado unitario regional; un bloque llamado no únicamente —como lo viene haciendo ya— a dejar escuchar la voz de América Latina y el Caribe como una sola en el concierto internacional.

El logro final sería hacer transitar a la Celac del foro de concertación política que ya es, a espacio consolidado de esta unidad indispensable que casi estrenamos, y trocar, si fuera posible, esto que nos une, en amistad profunda y nueva forma de convivir.

Recuerdo que ya había pensado en esa definición cuando la confirmé, en un foro de economistas celebrado en La Habana, de voz del entonces ex primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad: la buena convivencia entre países geográficamente cercanos —explicaba, de manera aproximada— consiste en ayudarse mutuamente…

Se trata de una relación —pienso— que puede igualarse a la que se sostiene con el vecino, a nivel personal, en muchos barrios de nuestros pueblos: «¿Necesitas un poco de azúcar?», «¿Me das media taza de sal?»

Para Mahathir Mohamad —quien de manera tan firme acababa de oponerse entonces a la aplicación de las medidas neoliberales que hundieron al resto del Sudeste asiático en profunda crisis financiera, y con lo cual dejó a salvo a su país— tal actitud entre naciones cercanas tenía, además, cierto sentido práctico basado en una filosofía racional y entendible: si le va mal a tu vecino, te irá mal a ti también.

Unos cuantos años después vuelvo a recordar aquella sabia máxima explicada en palabras llanas por el ex gobernante malasio, porque es una lección, al parecer, aprendida de este lado del mundo, pero que aún podemos hacer cristalizar más.

Me refiero a la cooperación que ha marcado los primeros pasos integracionistas en la región latinoamericana y caribeña durante casi toda la última década, y cuya proyección otorga valor añadido a un bloque que, reitero, es exitoso desde el mismo momento en que nació. Porque la existencia de la Celac es ya un logro.

Pero ello no habría ocurrido sin volver, tangibles ahora, a los ideales de quienes hace más de 200 años visionaron que la única manera de sobrevivir frente al entonces poder colonial —que hoy adquiere forma imperial y se expresa por medio de distintos bloques hegemónicos— es como un solo haz.

Comparado con tiempos no tan lejanos, resulta un paso sustantivo que esa conciencia prime en los 33 países que, salvando diferencias ideológicas y distintos signos políticos, acuden juntos ahora a La Habana como antes lo hicieron a la Riviera Maya, en aquella emblemática cita donde acordaron una unidad que se confirmaría en la Cumbre fundacional de la Celac en Venezuela, y puesta ya en marcha en su primera cita formal en Santiago de Chile.

El hecho de que este segundo encuentro aborde asuntos que siguen lacerando a muchas de nuestras naciones como el hambre y la pobreza, significa que saltamos la valla inicial de juntarnos para ser fuertes hacia fuera, y empezamos a trabajar en búsqueda del bien común hacia adentro. Vamos bien en esta carrera que, obviamente, no está privada de obstáculos.

Y para que el arribo a la meta sea más feliz, qué bueno si esa decisión cuaja plenamente por los caminos de la complementariedad y la colaboración inauguradas en Latinoamérica y el Caribe por el ALBA: dos principios abrazados también por naciones que, sin estar insertadas en esos mecanismos, comparten la filosofía explicada de manera pragmática a un auditorio en La Habana por el ex ministro malasio Mahathir, cuando ya dos hombres claves para este hemisferio y el mundo nos habían demostrado lo que dejaron escrito Bolívar y Martí: solo la solidaridad nos hace fuertes; andar juntos es la única forma de ser felices.

Vaya pues el primer saludo de la II Cumbre a Fidel y a Chávez. Ellos nos condujeron hasta aquí.

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