Luz de tizne (+ Fotos y Video)

Hijo del fango y del mosquito, así se describe Amado Moreira Urra, un hombre de la Ciénaga de Zapata que lleva en la sangre el oficio de carbonero

Autor:

René Tamayo León

CIÉNAGA DE ZAPATA, Matanzas.— «La piojota es una caña flaquita y dura como el demonio. Eso sí, tiene azúcar», dice este hombre que conoce a su tierra como a sí mismo. En México y Centroamérica, donde se siembra, la llaman caña cubana.

Él es Amado Moreira Urra, uno de los carboneros más icónicos y locuaces de la región. Maneja la primera finca forestal integral que se abrió en la península, allá por 2002: La Piojota. Antes, en el alto de ese rincón de Pálpite, había de esa caña.

Los símiles de la naturaleza no son casuales. Amado es delgado y duro como la piojota. Y tan noble como ella.

Va para 62 años de edad. En sus buenos tiempos, solo a hacha cortaba en la mañana una carreta entera de leña. «No soy más largo que nadie, pero me gusta estar entre los primeros».

Al fierro palado siempre lo tiene cerca, pero ahora usa más la motosierra, al menos hasta que le queda combustible. Y no es eventualidad; le pasa bastante. La cuota asignada le queda corta. «El país no tiene para dar más», dice comprensivo.

Acabándose 2013, cuando la gasolina se le terminó —como era de esperar—, no había completado los hornos que quería hacer para la fecha, y sus hombres estaban escasos de dinero para celebrar el fin de año, así que fueron para el monte y con sus propias manos se hicieron justicia: a hacha pura. Cumplieron con las estibas de carbón que se propusieron y ganaron el dinerito suficiente para esperar con dignidad el 2014.

Chucho de carbón

El carbón viene convirtiéndose en un interesante rubro exportable de la agricultura nacional y de la economía de la Ciénaga. «Según me han dicho, afuera lo usan para la calefacción, en pizzerías, en parrilladas», comenta Amado.

A diferencia de otros lugares del país, donde el marabú se ha convertido en el palo rey para el carbón exportable, en la península se utilizan maderas duras —aunque no preciosas— como el júcaro, el hicaco y la yana. Dan un carbón de excelencia, aquel que al quebrarse suena como «vidrio roto».

En el «chucho de carbón» los cenagueros resumen todo el proceso de producción de este combustible renovable, que empieza abriendo el camino en el monte para preparar el área de corte y termina montándolo en el camión que se lo lleva.

El «chucho» de Amado tiene tres planes, especie de tándem de producción de tres círculos donde ocurren los tres momentos cumbres de un horno de carbón: uno, cuando se está preparando —y en el que se paran los palos—; otro, cuando ya está quemando, y un tercero, cuando está listo y se extrae el producto.

«Un chucho puede tener hasta seis planes, pero eso depende de la cantidad de hombres que tengamos. Nosotros somos cinco, así que con tres estamos bien.

«Lo primero, no obstante, es el permiso de tala que emite la empresa, que tiene como principio la preservación del patrimonio forestal de la Ciénaga, el uso racional y sostenible de sus recursos. Después chapeamos el monte, o sea, la limpia para poder caminar por él. Nos abrimos con serrote, quitando la manigua chiquita a machete y limpiando los palos.

«Luego viene el corte de leña y la construcción de caminos. Detrás, el entongue de leña. Más tarde, el cargue de esta a la carreta y su tiro hacia el plan, que puede quedar a varios kilómetros. Nuestros hornos, de algo más de 160 sacos de carbón cada uno, requieren de unas cuatro carretas.

«Ya en el plan, viene el pare de la leña, la pirámide que todo el mundo conoce. Se levanta desde la base a la corona, siguiendo como norma que los palos gordos van delante y los finitos afuera. Luego se corta y tira la yerba: junco, cortadera y penca de guano real, que es la que más me gusta a mí.

«Siguen luego otras tareas, como el enrase del horno para que la superficie quede plana. Después se aterra, es decir, se le tira la tierra al horno. Y más tarde llega la candela, que se da temprano en la mañana y requiere de muchos trabajos para que todo quede bien y salga un carbón de calidad.

«Ahí estamos entre ocho y nueve días atendiéndolo como a una criatura, para que no se nos vaya de las manos. Se necesita todo ese tiempo para que el horno coja su temple, es decir, que tenga la calidad debida, que el carbón sacado suene como cristal roto... Te estoy contando muy resumidamente, para que puedas entender, esto es más complejo de lo que parece.

«Al cabo de los ocho o nueve días, preparamos las condiciones y nos levantamos de madrugada para sacar el carbón. Si hay Luna, con la Luna, si no, con mechones, con la luz que tengamos. Eso dura varios días, desde el primer tajo (sacada inicial) hasta el último.

«Luego viene el llene de carbón. “Vamos a llenar”, decimos nosotros. Si somos dos, uno abre el saco y otro mete el carbón; si estás solo, entonces pones la trampa: tres palos que sostienen en el centro el saco abierto, y a llenar...

«Más tarde, los sacos de carbón se entongan en pilas de diez, se tapan y se protege el montón por si llueve. Y al final, a estibar para el camión, y de ahí para Unión de Reyes, para que lo lleven a La Habana, para exportar».

Criatura del monte

«Yo soy hijo del fango y del mosquito. Cuando nací, lo primero que “vi” fue a Matea, la partera que me estaba “esperando”, los mosquitos y la Zanja de Gutiérrez, allá por Jobalito, donde mi madre Luisa Urra Herrera me trajo al mundo.

«Eso es lo que recuerdo. Matea murió a los 112 años de edad, en Santo Tomás. Fue hasta insurrecta. Mi padre, Dámaso Moreira Matos, era leñador y carbonero; y yo y todos mis hermanos también lo hemos sido. Entonces dígame cómo yo no voy a conocer de la Ciénaga.

«Cuando niño era criminal lo que pasábamos aquí. Mucha hambre, mucha necesidad. Lo más que comíamos era harina con jicotea. Vivíamos en el monte, en un bohío de tierra, yagua y guano, en medio de las zanjas.

«Recuerdo que de un lado estaba la parte donde dormíamos y, del otro lado de la zanja, la cocina. Un día, en medio de un gran temporal, mamá estaba pasando el puentecito entre la cocina y el bohío, y se le cayó a la zanja el caldero de harina con jicotea. Ese día nos quedamos sin comer. No fue el único.

«También recuerdo que los gallegos cortaban la leña con el agua hasta el pecho y la burreaban, a hombros, kilómetros y kilómetros. La mejor de las veces les pagaban 18 pesos por todo aquello, y se quedaban empeñados por los víveres. Así era la Ciénaga de Zapata, pero hay muchas personas que ya no se acuerdan de aquello.

«Hoy —aunque hacer carbón no es pago con nada— todo ha cambiado. Tenemos motosierras para picar los palos, máquinas (tractores) de estera para transportarlos. Quién iba a decir que un guajiro cenaguero como yo tuviera casa propia, de mampostería y techo de placa, refrigerador, lavadora, cuatro o cinco ventiladores, DVD, televisor de pantalla plana...

«Y que la casita en la finca donde hacemos el carbón, “un rancho de carbonero de la Ciénaga” —que era lo último del infierno—, ahora tenga lámparas y un televisorcito alimentados por paneles solares».

Cortando leña

Amado vive en Pálpite. Antes de 2002 estaba picando palos y haciendo carbón lejos de su casa.

«Quería acercarme. Un día pasé por aquí y me dije, voy a venir para La Piojota a hacer carbón. Pedí el permiso a la empresa, me lo dieron y ahí me abrí paso en el monte, solo, con una lima y un machete. Hice un ranchito, y a cortar a hacha.

«Pepe Quintela, un hombre muy fuerte de la Ciénaga, cargaba la leña al hombro y me la llevaba para el plan. Uno de los lugares donde trabajamos fue en el Rancho del Perro, un ranchito que levantamos y bautizamos así porque todas las noches un perro jíbaro venía a ladrarnos.

«Después compré una yunta de bueyes y la empresa me dio una motosierra. Entonces empecé a subir la producción. Cuando demostré que era una zona productiva, me dieron una máquina de estera y otra motosierra.

«He cortado caña, he pescado, fui patrón de barco, microbrigadista, pero de lo que más me siento orgulloso es de ser carbonero. La gente me decía que estaba loco; y yo les respondía que cada quien tiene su locura.

«Ahora me dicen: “Amado, ¿por qué trabajas tanto?”, y les digo: “Porque me gusta trabajar, porque lo necesito y porque me siento bien”. El trabajo no mata a nadie, lo que hace es fortalecer; si no, con lo que yo he trabajado, ya me hubiera muerto».

Parando palos

Además del carbón y cortar leña y bolitos o tronquitos para cocinas y otros menesteres, Amado —como encargado de la finca forestal integral La Piojota— y sus cuatro trabajadores realizan arduas labores silvoculturales, como el raleo —sistema de técnicas para el mejoramiento y cuidado del bosque— y la siembra de posturas para la reforestación de las áreas taladas.

Uno de los orgullos de Amado es la reforestación del llenante de La Piojota, una extensa sabana que en época de lluvias queda cubierta de agua. Hoy carboneros y reporteros caminamos por ella, pero con la primavera se vuelve una extensa laguna que solo puede atravesarse en bote.

Todavía observamos las huellas de un extenso incendio de inicios de siglo; sin embargo, los hombres de La Piojota la fueron sembrando de palma cana y otras especies. Poco a poco, han convertido la sabana de llenante en un hermoso paisaje de ciénaga, devenida ahora área demostrativa de la flora y la fauna de estos frágiles y calmos ecosistemas de la Península.

Otro de los grandes proyectos de Amado es apoyar el incremento del árbol del búfano (Fraxinus cubensis), o búfalo, como le dice él. En realidad no escasea por aquí, no obstante, es una especie de las lagunas de la Ciénaga bajo amenaza.

De la familia de las oleáceas, el búfano es endémico de determinados bosques de la región central de Cuba y crece en suelos de mal drenaje de la zona cenagosa. Puede alcanzar hasta 15 metros de altura y destaca por ser una madera resistente y fácil de trabajar. Se usa con el fin de hacer bates de pelota y piezas para yuntas de bueyes.

«En algunos lugares está en peligro de extinción —explica Amado. Nosotros les estamos dando mantenimiento. A los grandes, cuando empiece el llenante, en abril, les vamos a poner alrededor del tronco unas mantas que voy a inventar de alguna manera, para que cuando goteen, recoger las semillas. Vamos a tener que venir en botes a buscarlas, pero no importa. Quiero hacer un vivero de unas 3 000 o 4 000 posturas de búfalo».

Además del bosque, Amado tiene en La Piojota cerca de 200 chivos y carneros, así como guineos, guanajos, gallinas... y, por supuesto, los siempre indispensables perros flacos que cuidan la finca.

Junto a la producción de carne de ganado menor y los huevos de las aves domésticas, todos los días el carbonero extrae a las chivas unos diez litros de leche, un especial alimento para ancianos y niños con determinadas necesidades de salud y que vende en el pueblo o entrega gratis a los casos sociales. «Ese dinero va directo para la empresa», aclara.

Candela bajo control

«Va a hacer más de una década que estoy aquí en La Piojota. Comencé solo y ya hay 11 o 12 más en los alrededores. Sin querer, he estado haciendo un trabajo a favor del bosque. La producción de carbón ha estado disminuyendo y hace falta recuperarla, que la gente venga para el monte a trabajar», dice con optimismo.

—¡Pero si todo el mundo se pone a hacer carbón, se acaba el bosque!

—No si lo hacemos de forma organizada. El guajiro que vive del bosque lo cuida. Como está dentro, puede evitar la tala ilícita —que es poca, pero se da—, los incendios forestales, lo peor que le puede pasar a la Ciénaga...

«Cuando uno vive del monte lo protege. Tiene sus animalitos, árboles frutales, el rancho... Nadie deja que se le dé candela, porque se perderían las semillas de los animales tuyos, el bohío, el conuco...

«La Ciénaga tiene un futuro. Hace diez años no había carbón de exportación, ya hay; el turismo se amplía; hay mayor atención para que la juventud progrese».

No obstante, Amado quiere que haya más carboneros en la península. Él y sus hombres más curtidos, Gerardo Vázquez Martínez, de 62 años de edad, y Felipe Sayas Román, de 65, están a punto de jubilarse. Y lo harán.

«Este es el trabajo más duro que puede haber. No es pago con nada. No se tiene día, hora. Hay que cuidar el horno. Hay que sacar el carbón por la madrugada, porque así se ven mejor los tizones, para no quemarse, hay que sudar negro», confiesan. Sin embargo, no quieren que se pierda la tradición.

Horno nuevo

El carbonero es una figura folclórica de la Ciénaga de Zapata. Amado se empeña para que «siga así».

«Soy la tercera generación de mi familia. ¿La cuarta?, todas me salieron hembras, las dos hijas mías y las dos de mi esposa». Entonces mira para Luis, su «hijo y nieto, porque lo he criado. Él es la quinta generación y le gusta ser carbonero».

«Está aquí conmigo desde niño, ahora tiene 17 años y ya es uno de mis hombres. No va a ser doctor, no va a ser ingeniero y quiere ser carbonero. Entonces, antes de jubilarme, tengo que enseñarle todo los secretos del oficio.

«Es un poco hiperactivo y hay que aguantarlo. No lo atosigo tanto como a los viejos, tengo que sobrellevarlo, porque él es joven, y a la gente joven le gustan las fiestas, las muchachas. Eso hay que comprenderlo.

«También es un poco porfiado, pero es así, hay que ayudarle.  Su bisabuelo paterno, el gallego Bouza, era uno de los mejores leñadores de la Ciénaga y andaba a caballo, con el hacha encima. Luisito es cenaguero y carbonero de sangre. Creo que ya me llegó el turno de descansar. Ahora le toca a él».

Conservar también es economía

Hace tres años, la Empresa Forestal Integral Ciénaga de Zapata pasó de ser una entidad productora a una de conservación. Su principal misión es proteger los cuantiosos recursos naturales de la península. Administra unas 500 000 hectáreas de bosques. De 30 000 metros cúbicos de bolos que extraía antes, ahora corta apenas el 20 por ciento de esa cifra.

Este es el municipio de menos densidad demográfica de Cuba. La «Forestal» da empleo a 1 270 personas. Es una entidad rentable. Su director general, Pablo Bouza Rodríguez, explica que, contrario a lo que alguien pudiera pensar, en 2013 obtuvo los mejores resultados económicos de los últimos 15 años.

En ese año, en la región se produjeron 81 000 sacos de carbón, de un plan de 80 000. Buena parte de esa cantidad se hizo con la leña que deja el raleo: las talas silvoculturales que se aplican al bosque para su mejor desarrollo vegetativo, sanitario y para la prevención de incendios forestales o la mitigación de su impacto.

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