Cañoneros viscerales

Indisciplinas sociales y otras irregularidades empañan el propósito del Estado cubano de satisfacer y mejorar los servicios a la población en un céntrico establecimiento comercial santiaguero

Autores:

Odalis Riquenes Cutiño
Eduardo Pinto Sánchez

SANTIAGO DE CUBA.— La noche aparece presurosa en un domingo cualquiera sobre esta tierra oriental; la imagen melancólica y apacible de la ciudad antigua se trastoca para el caminante que al recorrer la intersección entre las populosas calles Bayamo y Barnada encuentra en una de sus aceras a varios individuos, sábanas en mano, dispuestos a dormir en el lugar.

No se trata de personas sin hogar o de alguien abandonado por su familia, quienes así actúan están dispuestos a someterse a las inclemencias de la intemperie nocturna por motivos oscuros e individualistas que persiguen el lucro con uno de los alimentos más demandados: la carne.

Como parte de la ampliación de los servicios, dentro de la estrategia de las autoridades políticas y gubernamentales de la provincia, se aprovechan todos los espacios para extender la comercialización de productos que, aunque no satisfacen del todo la demanda existente, mejoran la oferta alimentaria.

Es así como en la esquina antes mencionada, muy cerca de las céntricas Plaza de Marte y las arterias Enramadas y Aguilera, una renovada carnicería brinda desde el 3 de noviembre del pasado año un servicio especializado en vísceras de animales —sobre todo de res y cerdo—, con el llamativo nombre de Las tres niñas.

Con precios asequibles que varían entre los seis y diez pesos en moneda nacional para el kilogramo de productos como hígado, corazón, lengua, morcilla, riñón o cabeza, esta carnicería, administrada por la Empresa de productos alimenticios y no alimenticios (Empana) del Grupo Empresarial de Comercio, se ha convertido en el epicentro de un fenómeno que ilustra el individualismo de algunos y genera indisciplinas sociales, al transformar una posibilidad para todos en un negocio de pocos.

No por mucho madrugar

Individuos ya conocidos por trabajadores y vecinos del lugar han adoptado un modus operandi para lucrar, lo que según algunos no es una exclusividad de la carnicería, sino que sucede en otras unidades de servicios como los mercados Ideal o Cerdicentros.

Desde bien temprano una o dos personas se sitúan en las inmediaciones de Las tres niñas y dicen marcar para diez o 15 personas a la espera del carro de la Empresa Cárnica Santiago, proveedora de la unidad, con el fin de acaparar los productos más solicitados, aseguran residentes de la calle Barnada.

«No pocas veces han sucedido hechos lamentables de disturbios y violencia, cuando algunas personas han querido defender sus derechos y han recibido de su contraparte amenazas o agresiones, por lo que han tenido que acudir las fuerzas del orden público para solventar el problema», arguye Rolando Rivaflecha, dependiente de la instalación.

Cuenta Rolando que otra forma que han encontrado estos «personajes» para alcanzar su objetivo es ceder los turnos «reservados» desde el día anterior a personas que, a cambio, les tienen que entregar a ellos las cantidades que les corresponden de hígado y corazón.

Esta es la respuesta que han encontrado para burlar las medidas que han tomado los trabajadores del lugar para defender los derechos de los consumidores, explica el administrador Osvaldo Carbonell.

«Orientamos que solo se puede vender un kilogramo de cada producto por persona y exigimos orden hasta donde podemos en las tres colas para acceder al local: una de hombres, otra de mujeres y una de personas con discapacidad física, donantes de sangre o embarazadas.

«Muchas veces la atención de nuestro trabajo se desvía hacia la vigilancia de los rostros de los clientes para evitar que repitan en la cola, propiciar el orden o revisar con precisión los carnés de discapacitados o de donantes porque no pocos son falsos», cuenta Carbonell, quien recuerda que en una ocasión buscaron la lista de donantes en el Banco Provincial de Sangre y, al advertirles a los que estaban en la cola, estos con total normalidad dieron la espalda y se fueron.

La misma actitud la asumieron muchos de esos individuos inescrupulosos cuando fueron abordados por estos reporteros, al negarse a decir palabra alguna o ser fotografiados.

Barato que sale caro

Las tres niñas deben recibir todos los días un promedio de 300 kilogramos de productos cárnicos que son vendidos en la misma jornada. No obstante, solo llega hasta allí cerca de una docena de kilos de las vísceras más buscadas como hígado o corazón, lo que unido al irregular horario con que surte el camión de la Empresa Cárnica, propician, entre otras causas, esta situación desagradable.

Varios elementos demuestran además que problemas organizativos también atentan hasta contra los propósitos más nobles. Ningún cartel define en parte alguna el horario de la instalación a la espera de uno que prepara la Empana; muchos de los productos que prometieron venderse o que aparecieron el día de su inauguración, como la panza de res, no han vuelto a verse por allí; ha existido inconstancia en los precios  en apenas cuatro meses, y no se ha cumplido la promesa de empacar los cárnicos para expenderlos.

Horas de espera

Roberto Álvarez Solano, director de la Empresa Cárnica Santiago, sostiene que la industria pasa por un momento complejo en cuanto a la cantidad de animales que llegan a los mataderos desde los distintos proveedores de res y cerdo, lo que ha causado la disminución en la entrega de las vísceras a esta y otras unidades.

Informa además, que el camión de entrega sale desde la madrugada para abastecer unos cuatro mercados. Sin embargo, no coinciden los clientes con este dato al sostener que deben esperar varias horas a que llegue el transporte.

«Tampoco se ha podido procesar la panza de res porque no tenemos el equipamiento adecuado para ello, y hacerlo de forma manual resulta muy dificultoso; no podemos empaquetar los productos porque las condiciones están creadas solo para los destinados al turismo, y Comercio tampoco tiene condiciones para ello, por lo que entregamos los surtidos en bolsas de nailon», dice Álvarez Solano.

Existe, asimismo, el peligro de que ocurra un lamentable accidente con los recurrentes tumultos que se presentan cuando llega el camión del cárnico en esa esquina entre las calles Bayamo y Barnada, muy utilizada para el transporte de pasajeros que se dirigen al centro histórico de la urbe y a los poblados ubicados en la parte del litoral santiaguero.

Esta es una manifestación de indisciplina social que prefigura una situación o cadena de delitos que pueden ser más complejos.

Mientras, saltan interrogantes elementales: ¿Cuál es el destino del acaparamiento de estos cárnicos, sobre todo corazón e hígado? ¿Quién ha de proteger los intereses de los clientes o trabajadores que solo pueden asistir al sitio al finalizar su horario laboral? ¿Por qué se «especializan» instalaciones en las prestaciones de servicios que no podrán tener un surtido con la calidad a la que se aspira?

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