De Jacksonville a Cocodrilo

Al sur de la Isla de la Juventud, un poblado de raíces inglesas padece las dificultades de la lejanía, el mal estado de los caminos y la ausencia de opciones culturales, pero sus habitantes regalan magia, sueños, esperanzas

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

«What do you want me to tell you? I like Cocodrilo so much, my life is here» (¿Qué quieres que te diga? Me gusta mucho Cocodrilo, mi vida está aquí). En un inglés perfecto, la amable Jeny Rivers, de 83 años, me demuestra que sus raíces se mantienen incólumes. «Mis padres vinieron muy jóvenes desde Islas Caimán y después de probar suerte dos años en Nueva Gerona, donde nací, se mudaron a este pueblo como otros de su país y aquí he hecho mi vida».

Jeny, como otros lugareños descendientes directos de aquellos primeros pobladores que tuvo el actual poblado de Cocodrilo, al sur de la Isla de la Juventud, todavía habla inglés y mantiene vivas las tradiciones y la historia de sus progenitores.

A sus 17 años contrajo nupcias con Henry, nieto de William Atkin Jackson, el primero que arribó al lugar desde Islas Caimán en 1902, y en su honor se nombró el pueblo, dos años después, Jacksonville. Una localidad donde vivían otros coterráneos y emigrantes de Jamaica, que también quisieron probar suerte en esta tierra.

«Lamento no tener ahora para brindarte, pero un pudín de arroz o de yuca te gustaría mucho, y seguro nunca lo has probado», me dice Jeny, quien recuerda en minutos aquellas recetas singulares de su madre en las que la manteca y el agua de coco no faltaban en el adobo de las carnes y los pescados, así como en la elaboración de algunos dulces. «La cocina caimanera es deliciosa y el té caliente en las tardes no podía faltarle a mi papá».

«¡Cómo me sabía canciones en inglés! I don’t remember any (No recuerdo ninguna)», dice Jeny, a quien no le hubiera apenado cantar alguna. «A mí me gusta la fiesta, siempre. Bailaba mucho música caimanera, pero no con mi esposo. Él no sabía».

Las cosas han cambiado con el tiempo, reconoce. Los jóvenes ya no escuchan esa música y muchos aspiran a irse de Cocodrilo para vivir en La Fe o en Nueva Gerona.

«La vida cambia; hay que entenderlos. Aunque ahora se vive con luz eléctrica —que no la tuve yo en mi juventud— y con otras cosas nuevas, la tranquilidad de este pueblo siempre será la misma. Antes se quería soñar aquí, pero ahora muchos quieren soñar en otro lugar, y yo no sé qué decirte porque ni a la tierra de mis padres he querido ir», comenta Jeny, quien solo tiene a su lado a su hijo mayor Nelson, pues, de sus otros hijos, Claudia vive en La Fe y Enrique y Nilda en La Habana.

Le tomo la mano y le doy un beso. Ella me despide en la entrada de su casa. «Ya soy vieja, no me acuerdo de muchas cosas», dice a guisa de adiós, pero agradezco infinitamente el rato con esta caimanera, una de las tantas personas que nos dio la bienvenida en este lugar en el que, con certeza, se puede dormir con las ventanas abiertas.

Ayer… y hoy

La curiosidad es la mejor compañera de viaje, sobre todo cuando la travesía puede ser difícil y demorada. No importan la distancia, la incomodidad del transporte, el estado de los caminos, los mosquitos o el calor intenso, si se quiere conocer este pueblo de leyenda, al que lo separan de Nueva Gerona poco más de cien kilómetros.

El reloj marca justo cuatro horas del instante en que salimos de esa ciudad, pues el deterioro del terraplén que conduce a Cocodrilo obliga al chofer del ómnibus a ser diestro y marchar a paso lento. La principal atracción en el trayecto es intentar fotografiar a los venados que se desplazan de un lado a otro del camino, experiencia inusual para quienes desde la capital llegamos hasta allá, ilusionados, felices incluso de haber subido minutos antes los más de 60 metros de altura del monumental faro de Carapachibey, el más alto de Latinoamérica.

Sin embargo, no se trata únicamente de querer ir a Cocodrilo. Este asentamiento humano, el único en el sur de la llamada Isla del Tesoro, se encuentra en un Área Protegida de Recursos Manejados y es un sitio Ramsar —humedal de importancia internacional debido a la riqueza de su flora y su fauna— por lo que para llegar se hace imprescindible solicitar un permiso previo que debe confirmarse y autorizarse en un punto de control, y además es necesario contar con un «anfitrión» en el pueblo que te reciba.

El delegado de la circunscripción, Evelio Labadí, nos espera, y mientras encuentra las mejores palabras para darnos la bienvenida, escudriñamos cada detalle de este pueblo que arribará próximamente a sus 110 años de fundado.

A los lados de la única calle se levantan las casas, la mayoría de madera, y muchas sostenidas sobre pilotes. No faltan los techos de zinc a dos aguas, «ahora, pues antes todos eran de guano».

El pueblito posee una tienda con productos en moneda nacional, un consultorio médico con ambulancia, una farmacia, una escuela primaria, un círculo infantil, una cafetería, una panadería, una emisora de radio, una oficina de correos y de teléfono, una iglesia y un ranchón en el centro de la comunidad, espacio privilegiado para reuniones, bailables y cualquier otra actividad.

Suman 326 personas los habitantes de este lugar, en el que el mar invita al chapuzón. Junto a la producción de carbón, la agricultura y la actividad forestal, es precisamente el mar la fuente de vida principal de Cocodrilo, y el entretenimiento para niños y jóvenes, que corren descalzos por el diente de perro sin temor alguno y se zambullen como peces.

Cuatro adolescentes de 14 y 15 años son de los primeros en demostrar sus habilidades acuáticas, y el asombro nos invade cuando los vemos nadar y hacer piruetas en sus saltos al agua desde una altura considerable. ¿No quieren apuntarse en natación como deporte?, les preguntamos. Dicen que no, prefieren el fútbol o el voleibol porque nadar es parte de su vida, afirma uno de ellos.

¿Qué tal van los estudios? Sonríen, se montan en sus caballos y cabalgan rápido. Es más que cuestión de voluntad, comenta Magdalys Adames, directora de la escuela primaria y promotora cultural. «La continuidad de estudios muchas veces se interrumpe porque las escuelas quedan lejos, el transporte es una de nuestras debilidades.

Recuerdo las palabras de Jeny y me imagino la vida en un pueblo en el que la oscuridad reinaba cuando el sol se ocultaba, pues la luz eléctrica llegó después de 1959. «Conocimos del triunfo de la Revolución por la radio y fueron muchas las esperanzas. Es una pena que ni Fidel ni Raúl hayan podido visitarnos, porque aquí se les quiere», dijo la anciana.

Es una buena noticia, entonces, que Cocodrilo ya cuente con una planta de gasificación de biomasa forestal para generar energía eléctrica, como parte de un proyecto internacional de generación y distribución de energía renovable para el territorio, el cual permitirá el ahorro del combustible fósil y aminorar la contaminación.

El aniversario de la comunidad, el próximo 27 de junio, no anda lejos, y ya se habla de esa celebración, a la cual se sumará la Fiesta del Pargo y la Tortuga, como es habitual.

Nuestra visita de unas cuatro horas resultó en verdad muy breve: un tesoro nos pareció este pueblito situado en la Caleta de Cocodrilo, entre Caleta del Infierno y Caleta Grande, que a pesar del tiempo no ha borrado su pasado inglés y tiene mucha magia que compartir.

Vivir en él implica tomar una decisión muy seria, sobre todo porque la salida de una guagua hasta Nueva Gerona es una sola vez al día y limita cualquier posibilidad de superación académica y profesional, adquisición de productos necesarios y recreación cultural.

Sin embargo, creo yo que esta habanera pudiera mezclarse entre caimaneros y cocodrilenses un par de semanas o tal vez un poco más. «Have a good day and come back again», fue la frase del adiós de Jeny (Que tengas un buen día, y regresa de nuevo). Claro, ¿por qué no?

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