Un ataque de corsarios influyó en la vida de Céspedes

El hecho ocurrió cuando el Padre de la Patria tenía solamente seis meses de nacido, pero su familia siempre le hablaba del suceso, y él, ya con 38 años, lo dio a conocer en la prensa de la época

Autor:

Luis Hernández Serrano

A finales de septiembre de 1819 arribó al puerto de Manzanillo un barco inglés que comunicó a las autoridades del poblado la presencia de tres naves de corsarios a la altura de Cayo o Punta de Guá, con evidentes intenciones de emprender un ataque.

La amenaza llegó a oídos de los padres de Carlos Manuel de Céspedes, quienes sin pérdida de tiempo y pensando en la inminencia de un ataque de piratas al lugar, se retiraron hacia zonas alejadas de la costa, en los campos bayameses, donde residieron durante varios años.

Hasta entonces Manzanillo era un pueblo pequeño que no tenía aduana ni parroquia y dependía de Bayamo, ciudad a la cual servía de puerto. Contaba con unas cien viviendas: tres de mampostería, 16 de tablas, cinco de adobe y el resto de yagua y guano.

Desde los primeros años de su constitución tuvo que afrontar los ataques de corsarios, frente a los cuales dieron los manzanilleros y bayameses pruebas de bravura que repetirían más tarde en la época de las luchas por la independencia.

Preparan la defensa

Pensando en la posibilidad de que se repitieran los ataques de corsarios y de piratas o de las flotas de las denominadas Repúblicas del Sur, como había acontecido en años anteriores, se iniciaron los trabajos encaminados a fortalecer aun más la defensa del poblado con fuerzas de artillería y un piquete de milicianos manzanilleros y bayameses.

Esta labor fue encargada al catalán Juan Sariol, quien además de comandar la batería ubicada anteriormente allí, pasó a ser el capitán de las milicias defensoras del estratégico sitio oriental.

Aproximadamente a las tres de la madrugada del 7 de octubre de aquel año, dos de las tres embarcaciones apostadas en el mencionado territorio de Guá a finales de septiembre arribaron al puerto de Manzanillo en actitud que podía calificarse de alarmante, mientras la tercera se mantuvo a distancia, en evidente vigilancia, para impedir ser sorprendidos por barcos españoles.

La mayor de las naves poseía tres cañones grandes, 14 obuses y tres cañoncitos ligeros. Los tripulantes eran 130 hombres, al mando del capitán Walter Dawes Chity, quien no sabía hablar el castellano.

Los partes dados por Sariol revelaban que eran buques montados en corso por disidentes del Gobierno de Venezuela, con despachos de la Isla Margarita.

La batería disparó varios cañonazos de alarma cuando de los buques partieron seis botes con unos 50 marinos. Sariol reforzó la guarnición y dispuso que diez hombres se emboscaran en el camino de Caimanera, bajo la dirección del Subdelegado de Marina.

Chantaje enemigo

El capitán del bergantín ordenó lanzar dos cohetes resonantes como señal para que sus botes regresaran a las embarcaciones. Pero no todos los invasores volverían.

Un par de emisarios que quedaron en tierra fueron capturados por el subteniente Joaquín de León y presentados al jefe de milicias. Traían papeles con la intención de consumar un abierto chantaje.

«Si su excelencia lo juzgase conveniente —planteaba uno de los documentos—, pondrá una contribución de 80 000 pesos, cuya suma me remitirá y en este caso saldré inmediatamente de este puerto». Lo firmaba el comandante del bergantín e iba dirigido al Gobernador del lugar.

Viril respuesta

La carta estaba en inglés y daba un plazo hasta las tres de la tarde, pero ni los defensores de la zona ni sus máximas autoridades hicieron caso al chantaje y contestaron, también en inglés, que esa suma de dinero solo se encontraría en Bayamo —«the capital of this provincia»— y que en el poblado de Manzanillo no podría reunirse ni la cuarta parte del monto pedido.

En la madrugada del 8 de octubre el capitán Dawes envió a dos nuevos emisarios para demandar la rendición del fuerte, pero esta vez Sariol no respondió con carticas, sino que los cogió presos y dio la señal para el inicio del combate.

A las ocho de la mañana se abrió fuego. Un total de 60 marinos saltaron a los botes, protegidos por el baraje del barco insignia, denominado El Libertador.

Ante la bravura de los milicianos, los agresores tuvieron que retirarse en estampida y dejaron unos 20 cadáveres en el lugar de la batalla. Solo dos manzanilleros murieron en la refriega.

El Consejo de la Real Audiencia de Puerto Príncipe, reunido el 23 de octubre, consiguió el dato de que El Libertador era un buque armado en Kingston, con tropa inglesa y que en Jamaica había 18 embarcaciones para esos fines. Además, se supo que esos eran los mismos piratas y corsarios que antes habían asaltado la ciudad de Remedios y otros sitios de la Isla.

Artículo de Céspedes

El 4 de octubre de 1857, cuando Carlos Manuel de Céspedes tenía 38 años, publicó en el Eco de Manzanillo un relato sobre este hecho histórico, del que siempre le comentaron sus padres.

Para redactarlo no se atuvo solo a la tradición oral de su familia o sus vecinos, sino que seguramente consultó documentos oficiales. Y diez días más tarde, el periódico El Redactor, de Santiago de Cuba, reprodujo el escrito de quien sería después el Padre de la Patria. Aquí citamos solo un fragmento del artículo:

«El Comandante del bergantín, conociendo ya por experiencia el valor de los manzanilleros y preocupado por la idea de su crucero, no quiso intentar otro ataque, receloso de mayor descalabro y de la responsabilidad que contraía, pues, efectivamente, fue luego juzgado en consejo de guerra por haber abandonado la comisión confiada a su cuidado.

«No era la primera ocasión que Manzanillo recibía la visita de tan terribles huéspedes, acogiéndoles y dispensándoles siempre con la misma gallardía. Ya en los años 1792, 1797, 1798 y 1799, fue atacado sucesivamente por corsarios franceses e ingleses».

La historia se encargaría de demostrar que quien así juzgaba el valor de su pueblo ante la invasión extranjera sabría 11 años más tarde, también en octubre y en suelo manzanillero, levantar la bandera contra el coloniaje español, liberar a sus esclavos y proclamar la necesidad de la abolición de la esclavitud en Cuba.

Fuentes: Cuba en la mano, Enciclopedia Popular Ilustrada, Imprenta Úcar, García y Compañía, La Habana, 1940. Emilio L. Herrera Villa: Enseñar, enseñar, enseñar, Bohemia, 22 de agosto de 2014, pp. 10-13. Luis Hernández Serrano: Hecho histórico poco conocido sobre Carlos Manuel de Céspedes, El Habanero, 16 de octubre de 1991.

Un símbolo

«En Cuba solo ha habido una Revolución: la que comenzó Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes… No hay la menor duda de que Céspedes simbolizó el espíritu de los cubanos de aquella época, la dignidad y la rebeldía de un pueblo —heterogéneo todavía— que comenzaba a nacer en la historia». (Fragmento de discurso pronunciado por Fidel Castro, el 10 de octubre de 1968, en La Demajagua).

Vivir el 10 de octubre de 1868

El Doctor en Ciencias Históricas Oscar Loyola Vega, uno de nuestros grandes profesores universitarios, fallecido recientemente, ofreció este interesante juicio crítico cuando le preguntaron qué momento histórico escogería si tuviera la oportunidad hipotética de presenciarlo:

«Por razones obvias, relacionadas con inquietudes históricas, me gustaría vivir el 10 de octubre de 1868 y pararme delante del Padre de la Patria y decirle respetuosamente: “Carlos Manuel: deberías abolir tajantemente la esclavitud, no centralizar el mando y no marchar sobre Yara sin la debida preparación. Evita algunos errores y ahórrame trabajo cada vez que explique este día en el aula”.

«Claro, estas cosas las conoce el historiador porque vio toda la película; los protagonistas lo hicieron lo mejor que creyeron. No obstante, quisiera presenciar ese momento, pues resultaría increíble observar cómo a un grupo de personas se les ocurrió pararse frente a una potencia cinco veces más poblada y decirle: “¡Esto se acabó!”».

Y a otra interrogante de si le hubiera gustado impartirle clases, por ejemplo, a Máximo Gómez, sostuvo Loyola: «Sinceramente, me hubiera encantado darle clases a Carlos Manuel de Céspedes. Discutiríamos mucho, porque el Padre de la Patria era una persona que nunca se quedaba callada y con un espíritu de lucha incansable. Si hubiera tenido esa oportunidad y ese privilegio, habría tratado de ser un profesor digno de él».

Y al preguntársele por qué recurría una y otra vez en su obra a Gómez, a Martí y a Céspedes, respondió Loyola Vega: «Son figuras troncales de la historia nacional. Los tres reflejan las mejores cualidades del cubano: combativo, impetuoso, fuerte de carácter (…). Estuvieron por encima de las miserias humanas y supieron cargar en sus hombros los derechos de este país. Su amor por Cuba no puede olvidarse. Estar dispuesto a cualquier sacrificio por la Patria es un mérito maravilloso. Por eso los admiro tanto».

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