«Siempre he sido libre» - Cuba

«Siempre he sido libre»

El mayor general Calixto García Íñiguez sostuvo un diálogo memorable con el corresponsal francés que lo entrevistó en La Habana, hace 116 años

Autor:

Luis Hernández Serrano

Dos días antes de que el mayor general holguinero Calixto García Íñiguez, con 59 años de edad, partiera hacia Washington en representación de los cubanos, y 26 días antes de morir en aquel país, tuvo lugar en Marianao, en La Habana, el 14 de noviembre de 1898, una curiosa entrevista muy poco conocida por los cubanos de hoy, tal vez la última que concediera el oficial mambí en nuestro país.

El corresponsal francés del diario Le Temps, de París, J. E. Johanet, pudo conversar con el célebre jefe, quien luego de la muerte de Martí (1895) y de Antonio Maceo (1896), llegara a ser lugarteniente general del Ejército Libertador de Cuba.

El corresponsal galo tuvo la suerte de que el brigadier mambí Rafael Montalvo Morales (La Habana, 1875-1947), lo presentara al Mayor General, que no opuso objeción alguna.

La entrevista

Enterado de que representaba al rotativo parisiense Le Temps en La Habana, se inicia el diálogo, que reproducimos respetando la ortografía y el estilo de la época. El Mayor General le comentó al corresponsal:

—«Muy bien, hablemos. El suyo es uno de los pocos periódicos franceses imparciales y justos con la causa cubana. Estoy penosamente afectado por la actitud de otros órganos de la prensa francesa, tanto mientras la insurrección combatía, como durante la guerra hispano-cubana-americana. Los franceses han faltado a su gloriosa tradición. ¿Por qué la nación que tanto contribuyó a la Independencia americana, no nos ha tendido la mano para conquistar la nuestra? Seguramente no puedo reprocharle que no nos haya enviado un ejército, pero esperaba poder contar con su simpatía ó al menos con su benévola neutralidad».

(La entrevista se efectuó sin intérprete. Todo —como lo aclara la revista El Fígaro, que la publicó en enero de 1899, en La Habana, lo expresó el jefe mambí «en el más correcto francés y casi sin acento cubano»).

—«La prensa francesa (aclaró el periodista) ha sido engañada y se ha engañado. Ha sido engañada por los informes que llegaban de origen español; y se ha engañado por considerar sospechosa cualquier otra fuente de noticias»).

—«¿Y por qué (preguntó Calixto García) tanta credulidad para las mentiras oficiales y tanta desconfianza por la verdad que gritaban los oprimidos?».

—«La razón (sostuvo el francés) es bien sencilla, general: esa verdad le llegaba por medio de los periódicos americanos, órganos sospechosos de una nación a la cual se le atribuía que fomentaba la insurrección en beneficio propio, la sostenía con su dinero y no retrocedía ante ningún procedimiento que le permitiera apoderarse de la Isla de Cuba. Lo que parecía más odioso a la prensa francesa era la narración mentirosa de los horrores cometidos por los españoles: se negaba a creer que en la aurora del siglo XX una nación cristiana haya podido producir a un émulo de Gengis Kan (1162-1227, guerrero y conquistador mongol, jefe de tribus nómadas asiáticas), es decir, a un Valeriano Weyler. “¡Ah!, todas las madres españolas se habrían sublevado indignadas si hubieran sabido que sus nobles hijos eran empleados en tan infame tarea. ¡Eso no era posible! Los despachos cubanos, los diarios americanos, mentían; preciso era fiarse en la veracidad del honor español.

«Partiendo de ahí y comprendiendo vagamente que había algo que cambiar en Cuba, tragó la prensa francesa el anzuelo de la Autonomía, que según ella, practicada con amplitud y lealtad, debía asegurar la felicidad de la colonia.

«Encontró nuestra prensa injusto que los Estados Unidos impidieran el ensayo de Autonomía inaugurado por España, y la irritación fue muy viva en Francia cuando se vio en los Estados Unidos intimarle a España la orden de abandonar su soberanía en la Isla de Cuba. Los franceses juzgaron de muy buena fe, de acuerdo con el error en que se les tenía, que la Autonomía más justa para España, era más ventajosa para ustedes, y no comprendían por qué los patriotas cubanos no querían oír hablar sino de absoluta Independencia. Esto equivale a una diferencia de opinión entre franceses y cubanos, pero de ningún modo significaba hostilidad de los primeros contra los segundos».

(A continuación escribió aquí el periodista francés que Calixto García tuvo la amabilidad de decirle que era la primera vez que el asunto se le había presentado bajo este aspecto, y que su explicación le fue muy grata, porque «amo mucho a los franceses y he sufrido mucho ante la idea de tener en contra a verdaderos amigos»).

—«Yo he estado (agregó el Mayor General) casi todos los años en París durante mi larga residencia en España. Allí veía con frecuencia a Rochefort y a Lockroy, el actual Ministro de Marina. Y estuve en la Exposición Universal de 1878 (del primero de mayo al 10 de noviembre de ese año) y abrigo la fundada esperanza de ver la de 1900».

—«En cuanto a eso me permitirá usted, General, que lo dude».

—«¿Y por qué? ¡Espero vivir hasta entonces!».

—«Vivirá usted mucho más, General, si el deseo de todos los patriotas cubanos se colmara; pero quizás no será usted libre».

—«¡¿No libre yo?! ¡Siempre he sido libre!».

—«Pero… general… usted no ha sido nunca Presidente de la República…».

—«¡Ah! (le respondió con sorpresa, pero riendo). Veo, querido señor, que usted abriga propósitos respecto de mí».

(A continuación comentó el reportero francés que Calixto García le estrechó cordialmente la mano y lo citó para la Exposición de 1900).

«En aquel momento el Mayor General entreveía el obstáculo de la Magistratura suprema que debía ser recompensa de una vida heroica y no había pensado en la muerte. ¿Cómo este pensamiento me asaltó en presencia de ese viejo patriota que rebosaba vida y salud, de mirada enérgica y de aire tan marcial? Lo veía de buen humor, afable, expansivo, de ternura fraternal con todos los oficiales que lo rodeaban; y cuando algunos días después la noticia de su muerte vino a producirme pena, comprendí que el corazón que había cesado de latir, encerraba tesoros de bondad, que una gran inteligencia acababa de extinguirse y que la patria cubana había experimentado una pérdida irreparable», escribió finalmente E. J. Johanet.

Independencia o anexión

Resumimos la coyuntura de la entrevista en cuestión. Esa paz que Estados Unidos y España firmaron en Santiago de Cuba el 12 de agosto de 1898 soslayó al Ejército Libertador y a los representantes del Gobierno de Cuba en Armas. La Asamblea de Santa Cruz del Sur se instaló en el municipio habanero del Cerro. Es decir, que la Isla estaba situada ante la disyuntiva de la independencia o la anexión.

Dicha Asamblea decidió enviar a Washington una representación que trataría de precisar el futuro de Cuba, siempre sobre la base de que se instauraría una nación soberana. Debía esa comisión también procurar el reconocimiento de la Asamblea por parte de Estados Unidos y conseguir los recursos para el licenciamiento del Ejército Libertador.

A esa Comisión Especial el Gobierno norteamericano no le quiso reconocer carácter oficial ni la representación de un pueblo, aunque estaba formada por el también mayor general José Miguel Gómez, el coronel Manuel Sanguily y presidida por el mismo Calixto García.

Con su ilustre cicatriz

El 24 de marzo de 1896, Calixto García desembarcó por la playa Maraví, a dos leguas de Baracoa, con una importante expedición.

Trajo en esta 2 000 rifles, dos cañones, un millón de proyectiles y una tonelada de dinamita. Si grande era este refuerzo, mucho más lo era su presencia. Iban a repetirse las épicas jornadas de 1868 y a recordarse los laureles de Santa Rita, Baire, Jiguaní, Guisa...

Blanca era ya su cabellera y amplia la frente en la que sobresalía una estrella: la herida —nunca curada del todo— que por su propia mano se provocó el 6 de septiembre de 1874 cuando, con solo 12 hombres de su escolta, fue sorprendido y rodeado por una tropa española. A punto de caer prisionero, se dio un balazo en la garganta que abrió en su frente un hueco de salida y fijó aquella cicatriz, índice supremo del sacrificio y el honor.

Al conocer de su desembarco, el General en Jefe Máximo Gómez y el Consejo de Gobierno le encargaron el mando del Departamento Militar de Oriente. Desde el campamento de Moscones parte Calixto García el 9 de octubre de 1896 con un contingente de 3 000 hombres y un importante convoy. Con sorprendente pericia militar, improvisa botes y balsas, cruza el río Cauto desbordado sin perder ni un hombre ni un arma, y adelanta, a través de caminos inundados, con su larga columna de caballería, artillería e infantería.

La audaz marcha fue informada de inmediato por el Capitán General de la Isla al Ministerio de la Guerra en Madrid.

Contra una tempestad, atraviesa a marchas forzadas el vasto territorio oriental. Cruza el 13 de octubre el río Jobabo y el 14 se une al General en Jefe en el campo de El Blanquizal. Y a las ocho de la mañana del 17 de octubre sus tropas disparan el primer cañonazo sobre Guáimaro, la plaza que fue capital de la República el 10 de abril de 1869 y cuna de la primera Constitución revolucionaria de Cuba.

Fuentes: Una entrevista con el general Calixto García, revista El Fígaro, enero de 1899, año XV, páginas 22-24. Memorias de la Guerra, Enrique Loynaz del Castillo, Ciencias Sociales, 1989, páginas 341, 354 y 355. El sepelio de Calixto García, de Ciro Bianchi Ross, JR, 18 de marzo 2012, y Cuba, la Revolución de 1895 y el fin del imperialismo colonial español, de Oscar Loyola, Instituto de Investigaciones de la Universidad Michoacana de Asan Nicolás de Hidalgo, México, 1995.

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