La sangre joven que tiñó el verde olivo

La decisión heroica de una ciudad y sus jóvenes de liberar la Patria oprimida fue regada para el futuro con la sangre generosa de Pepito Tey, Tony Alomá y Otto Parellada

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA.—«Doctora, dígale a Salvador que llegó el momento». Con el ardor de la pasión que traducen estas palabras, emprendió el amanecer del 30 de noviembre de 1956 José Tey Saint-Blancard; para la historia, Pepito Tey.

Tras intentar aplacar su impaciencia, María Antonia Figueroa, quien atendía el teléfono en la casa de Santa Lucía, Estado Mayor de los revolucionarios, pasaba el recado. «Dígale que está bien», fue la respuesta inmediata de Frank País.

Momentos después —relataría a la prensa la luchadora Gloria Cuadras—, un griterío en la calle hizo a todos asomarse al corredor. «Los autos de los muchachos pasaban gritando “¡Abajo Batista!”, “¡Viva Cuba libre!”, y yo decía: “Pero Frank, ¿qué es esto?”, y los vecinos gritaban también».

Era el grupo de Pepito quien —como contaría luego Taras Domitro—, desde la máquina delantera sacaba su brazo de verde olivo con el brazalete rojo y negro del 26 de Julio, y empuñaba su fusil al grito de: «¡Viva Cuba libre!», coreado por los combatientes que lo acompañaban y ante el cual Frank, sin contenerse, no pudo más que contestar con las mismas palabras.

Según lo convenido, a las siete de la mañana de aquella jornada que entraría en la historia, Santiago, vestida por primera vez de verde olivo, se inundó de disparos en apoyo al desembarco del yate Granma.

Desde mediados del mes de noviembre, Frank, según el plan colegiado con Fidel, había explicado a los jefes de grupo del Movimiento los objetivos de la acción en Santiago: cercar el Moncada para neutralizar las tropas acantonadas allí, y acopiar armas, para lo cual se atacaría a la Policía Marítima, a la Nacional y se asaltaría una ferretería en la Plaza Dolores.

Aquel grito de Pepito Tey que avivaba ahora la mañana era el símbolo de la decisión de los jóvenes santiagueros de defender el porvenir de la Patria y sintetizaba la historia de vida de aquel muchacho que mediante exámenes consiguió, en 1947, ingresar a la Escuela Profesional de Comercio, la que abandonó por problemas de salud, y más tarde se convirtió en alumno de la Escuela Normal para Maestros de Oriente.

Despuntó temprano como dirigente estudiantil y en las actividades deportivas. Primero fueron las manifestaciones estudiantiles por el aumento de plazas en la escuela, la matrícula gratis, la construcción de nuevos edificios educacionales, la oficialización de escuelas politécnicas y de artes plásticas, la denuncia de la venta de títulos y nombramientos.

Esa activa participación en esas luchas lo llevó a ser electo como uno de los tres delegados a la Federación de Centros de la Enseñanza Media y le ganó el señalamiento de la dictadura como uno de sus peligrosos opositores.

En la Escuela Normal para Maestros de Oriente había demostrado sus cualidades para unir voluntades y desarrollar acciones. Cuentan que en unas elecciones estudiantiles, se postuló para la presidencia del plantel, pero perdió los comicios únicamente superado por un excepcional condiscípulo: Frank País García.

Lo que algunos vieron como un antagonismo entre ambos, selló para siempre su unión en la lucha. Frank fue el presidente, Pepito, vicepresidente. Juntos estuvieron en la formación de Acción Revolucionaria Oriental, luego Acción Nacional Revolucionaria, organizaciones creadas por Frank para combatir por la libertad cubana.

Más tarde, unidos continuaron en la integración al Movimiento Revolucionario 26 de Julio en Santiago de Cuba y todo Oriente, luchas en las que Pepito se empeñó con vehemencia, sin abandonar su responsabilidad como líder de la juventud universitaria y presidente de la Federación Estudiantil Universitaria de Oriente.

En 1955 participa en el asalto a la estación de policía de El Caney, dirigido por Frank. Es tanta su rapidez en el manejo de armas y la técnica de explosivos, que luego asume el entrenamiento de los futuros protagonistas de la acción del 30 de noviembre.

Con esa experiencia y cercanía a Frank comandaba José Tey uno de los grupos que atacaría la Estación de Policía de la Loma del Intendente, por el frente, partiendo de la Escalinata de Padre Pico.

Debió tener el apoyo de una ametralladora 30, que fue llevada erróneamente al sector donde combatía Otto Parellada. No obstante, y como han descrito sus compañeros, junto con algunos de sus hombres Pepito se parapetó detrás del paredón en el tope de la escalinata de Padre Pico.

Cuentan que se volvió hacia uno de los suyos: «¿Quieres seguirme?», y avanzó. Subieron la escalera de la jefatura y lanzaron granadas. Ninguna estalló. Los dos tuvieron que retroceder, aunque sin dejar de disparar. Se refugiaron en un murito en la calle Santa Rita y siguieron tiroteando la Estación. Así fue hasta que un balazo en la frente lo silenció.

De esta manera entró para siempre en la historia el presidente de la Federación Estudiantil Universitaria de Oriente, quien el 2 de diciembre de 1956 iba a cumplir 24 años…

Junto a él y como parte de su grupo, había caído en un momento del combate, en los primeros descansos de la escalinata de Padre Pico, Antonio Alomá Serrano, Tony.

Era el menor del matrimonio formado por Adolfo Alomá Acevedo y Caridad Serrano y había dejado inconclusos sus estudios de bachillerato en el tercer año para trabajar como empleado del Distrito Sur de Obras Públicas al lado de su padre.

Entusiasta y sonriente, era el fiel reflejo de la juventud que se congregaba en la Placita de Crombet para participar en las fiestas tradicionales o cualquier otra actividad emprendida por el grupo, lo que no le impedía, sin embargo, mantener la natural reserva en acciones de otro carácter.

El asalto al Moncada despierta en Tony el deseo de luchar por la libertad de su patria oprimida y a partir de entonces se enrola en las filas del grupo de jóvenes santiagueros que combatirán sin tregua por un futuro donde la libertad dejara de ser el sueño roto del pueblo.

Junto a José Tey, Léster Rodríguez y otros amigos de la Placita, participa en varias acciones y convierte su casa en sitio seguro para ocultar armas y otros pertrechos.

Como todos los del grupo, lee con afán las obras de José Martí. Martiano  fue el pensamiento con el que se despidió de su esposa Nancy Rodríguez, quien llevaba en su vientre la hija que no pudo conocer y a la que le recuerda que «vale más un minuto de pie que una vida de rodillas».

De pie se lanzó, minutos después, al ataque de la estación de policía. Con la frente atravesada por el plomo enemigo, en el primer descanso de la escalinata, sería el primero en caer en la mañana de aquel 30 de noviembre de 1956, con escasos 29 años.

En tanto y con puntería beisbolera, como han precisado los protagonistas, lanzaba cocteles Molotov contra la Estación el grupo de Otto Parellada —Ottón para sus compañeros—, cuya misión era atacar  la Estación por el fondo de la Escuela de Artes Plásticas.

Había nacido el 29 de marzo de 1928 y cuando se produjo el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, se encontraba trabajando en Nueva York, mas regresó para incorporarse a la lucha por el derrocamiento de la tiranía.

Después de los acontecimientos del 26 de Julio integró la organización Acción Libertadora donde participó en sabotajes y otras actividades conspirativas, y luego pasó a formar parte del M-26-7.

Previo a la farsa electoral de noviembre de 1954, el dictador Batista tenía programada una visita a Santiago, oportunidad que los jóvenes revolucionarios, entre ellos Otto, consideraron propicia para un atentado.

Junto con otros compañeros se dio a la tarea de excavar un túnel en la carretera de Ciudamar, en el tramo que conduce al Aeropuerto Antonio Maceo, para colocar una carga explosiva en el lugar por donde debía pasar el vehículo que conducía al presidente de facto. El plan no se pudo llevar a efecto, ya que sus ejecutores fueron sorprendidos por el Servicio de Inteligencia Militar, apresados y puestos a disposición del tribunal de Urgencia. Otto fue condenado a cuatro años de cárcel, y salió libre mediante la amnistía decretada en 1955.

En aquella mañana de humo y metralla en la Estación, ignorante de la caída de Pepito, a la media hora de iniciado el combate, y sin saber que sus compañeros no habían podido penetrar en la estación, Otto, que ya estaba en posesión de las azoteas colindantes a la parte posterior del objetivo, comenzó a inquietarse.

El fuego del enemigo, que suponía sitiado, en lugar de disminuir, se incrementaba, y cada vez se hacía más evidente que contra ellos se preparaba un cerco.

Según los testimonios de los combatientes que lo acompañaron ese día, Otto se volvía continuamente e incluso se incorporaba en su afán de conocer por qué los acontecimientos no se estaban desenvolviendo según lo previsto. En una de esas ocasiones, un impacto de calibre 30 en la sien segó su vida.

Lejos de amilanarse, sus hombres respondieron con una balacera violenta. Se recrudeció el combate. Alguien buscó un saco de yute y pedazos de tela, metieron dentro de él varios cocteles molotov, le dieron candela y lo tiraron sobre el techo, que empezó a arder…

Desde las diez de la mañana en adelante, las acciones de aquel 30 de noviembre fueron decreciendo en Santiago. Con algunos combatientes que participaron en los asaltos a la Marítima y la Estación de Policía, fueron llegando al cuartel general de los revolucionarios las malas noticias.

Santiago de Cuba, asalto simbólico de pioneros a antigua estación de Policía. Foto: Miguel Rubiera Jústiz.

Frank ordenó la retirada disciplinadamente —recordaría años después la desaparecida Gloria Cuadras—, y lo hicieron con mucho aplomo... En el recuerdo llevaban la cara de felicidad del jefe al ponerse el uniforme verde olivo, la serenidad y el valor de los rostros imberbes que con los camiones del ejército en la calle sacaron y protegieron las armas, con la seguridad de que las tendrían que usar próximamente, y la admiración por el gesto de aquellos cuya sangre valiosa tiñó de rojo aquel amanecer de estreno verde olivo, humo y metralla.

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