Tirando el machete donde no está el majá

Con un recorrido por instalaciones de la agricultura urbana de la capital, JR concluye la nueva serie sobre los precios en los agromercados, concentrada esta vez en protagonistas del experimento sobre nuevas formas de comercialización en La Habana, Artemisa y Mayabeque

Autores:

Marianela Martín González
René Tamayo León

La agricultura urbana da empleo en el país a unas 300 mil personas, sin incluir a quienes faenan en sus patios y parcelas, y están inscriptos en un movimiento productivo y cultural —en su amplia acepción— que desde hace casi 30 años ha ido dando más vida y vista al paisaje humano y urbano de las ciudades y pueblos del archipiélago.

Los organopónicos, como comúnmente se les dice, ocupan un espacio nada despreciable en el sistema de abastecimiento de hortalizas y condimentos frescos de la ciudadanía; en algunas localidades son, incluso, la primera fuente de ellas.

No son baratos, pero al menos en aquellos donde cumplen con los principios e ideales de esta agricultura «no tradicional», y el compromiso y la sensibilidad social es una premisa, el gasto que en ellos hace la población es menos oneroso, además de la frescura y calidad que por lo general tiene esa oferta.

En La Habana, donde se dispone de apenas el 0,4 por ciento de las áreas cultivables del país, existen 97 organopónicos, 318 huertos intensivos, 88 mil patios con tierra y 5 600 parcelas adscriptas al movimiento de la agricultura urbana.

No hay aquí una producción grande, pero tampoco es despreciable. El plan para este año es de 88 mil toneladas, y para 2015 sus trabajadores prevén llegar a las cien mil, según explicó a JR Ailín Cairo del Cristo, subdelegada de la Agricultura en la capital.

Para ser justos, la mayoría de los puntos de venta de la agricultura urbana en la ciudad están fuera del «saco del abuso»; no es precisamente en ellos donde la especulación con los productos agropecuarios es norma.

No obstante, tampoco los precios allí son baratos, la oferta no es permanente —inevitable si las instalaciones son pequeñas— y algunos vendedores minoristas están acudiendo a ellos —al menos adonde se les permite— para comprar al mayoreo y luego revender los productos en las zonas donde trabajan de forma legal, con las consiguientes afectaciones a la población.

Para abundar en estas realidades, JR recorrió varios organopónicos de la capital, con el espíritu de esta nueva serie sobre los precios en los agromercados: darles voz completa a los protagonistas del experimento sobre nuevas formas de comercialización en La Habana, Artemisa y Mayabeque, y abstenernos los reporteros —lo más posible— de tesis y comentarios.

La visita incluyó unos organopónicos dedicados a la venta directa a la población y otros al abastecimiento del consumo social. En ambas variantes, las opiniones sobre la comercialización y los precios fueron casi idénticas. La entrevista que presentamos a continuación resume el criterio central de todos los entrevistados.

¡Sí, pero el majá no está en la cueva!

«Ustedes están tirando el machete donde no está el majá», nos respondió Pablo Frías cuando le explicamos que el motivo de nuestra presencia era conversar sobre el incremento de los precios en los mercados agropecuarios y su comportamiento en los puntos de ventas de la agricultura urbana en la capital.

Él es el administrador del organopónico de 25 y 146, en el municipio de Playa, una de las instalaciones de la agricultura urbana más icónicas de la ciudad, por la calidad de sus producciones, porque cada vez que usted pasa por allí sus canteros están sembrados a full y porque nunca ha sido muy caro.

«Los precios aquí no son baratos, pero tampoco son altos, dijo Pablo. El cebollino siempre se vende a cinco pesos el mazo, y así ha sido durante 12 años. El de zanahoria —bueno, limpio y lavado— a seis pesos. Igual pasa con el resto de las hortalizas y condimentos frescos. Nosotros no vamos a elevar precios y abusar de la población. Eso es inmoral».

—¿Y dónde está el «majá»?

—Los precios se han disparado porque la mayoría de las producciones que se venden en los agromercados tienen entre tres y cuatro intermediarios. Esa cadena es un error.

«Por otro lado, se le echa mucho la culpa al agricultor, pero y los otros precios qué. ¿O es que los productores tienen que vivir en taparrabos? Un pantalón más o menos bueno cuesta 25 CUC. Este que tengo puesto yo, no —señaló su jean de trabajo—, este es un pitusa cañero, “nada más” me costó diez CUC...

«Yo, con el dinero que gano aquí más la jubilación, debo hacer mis cuentas. Ahora mismo tengo que buscarle otro par de zapatos a mi hija para la escuela, porque el último que le compramos en la shopping, hace tres meses, ya se rompió.

«También los muchachos ahora necesitan para la Universidad computadoras, laptops, celulares, y no es cualquier telefonito viejo, tiene que ser de esos que se mueven con las manos.

—Táctiles.

—Eso mismo, y no es que uno tenga que complacer caprichos. Lo que quiero decir es que las necesidades de antes no son las mismas de ahora. Y las necesidades de los agricultores y de sus familias son las mismas que las del resto de la población.

—Es conocido que ustedes aquí mantienen precios estables y justos —si se comparan con otros—, pero también se sabe que hay vendedores minoristas que compran en organopónicos a precios relativamente baratos y luego ofertan el producto en la esquina de sus barrios al doble y más…

—Aquí no permitimos que alguien venga y compre una caja de cebollinos así por así. Sabemos qué van a hacer con eso. Y si se ponen «pesados», les llamamos la policía.

«Eso no quita que cuando la producción es buena, los compañeros de paladares que son clientes fijos se lleven el cebollino que necesitan. Eso sí, cuando hay poco, les hablamos claro. “Fulano, lo siento por ti, pero hoy no te vamos a vender nada, porque lo que hay lo vamos a dejar para la gente”, así le decimos, y ellos comprenden.

«A ellos —que serían a quienes más les permitimos comprar— les vendemos a igual precio que a los demás (aquí lo único caro es la yerba buena, porque eso es para ron, y hay que pagarla); sin embargo, no les damos mucha lechuga, porque tenemos que proteger a la gente común, a los que no tienen negocios.

«Tampoco nadie puede llegar y tratar de pagarnos más para llevarse algo. Un compañero de Naciones Unidas me dijo, incluso, que deberíamos poner precios diferenciados en CUP para los cubanos y en CUC para los extranjeros, y le dijimos que no, que además, si lo hacíamos, íbamos presos. La agricultura urbana nació para sembrar productos sanos y ofertarlos a precios accesibles para todos».

—Aquí en su organopónico hay una cultura de años, hay seriedad, hay profesionalidad, pero también esta es una «zona de bien», residencial, con clientes de alto poder adquisitivo...

—Entre nuestros clientes hay 42 embajadas, y alrededor del 50 por ciento de quienes compran aquí son extranjeros. Sin embargo, viene gente de toda La Habana, desde una anciana de Altahabana que nos visita una vez por semana, hasta gente de Los Sitios, de Centro Habana. Eso sin contar a las personas que les suministramos algunos productos gratis, pues son casos sociales, personas necesitadas de una atención especial.

—En los organopónicos ahora están vendiendo productos que en ellos no se producen, lo cual es legal; sin embargo, la diferencia entre los precios que ponen y los que hay en los agromercados no es muy significativa.

—Uno no debería pagarle un peso a alguien por algo que no sudó, lo cual no quita que, con el fin de mejorar la oferta y acercar los productos a una comunidad, la agricultura urbana también venda algo que no produce.

«Nosotros mismos estamos gestionando la autorización para hacerlo en el otro organopónico que tenemos en el municipio, que es muy pequeño. No obstante, la venta de esas mercancías debe ser la parte menor, o por lo menos tiene que ser más barata que en otros lugares.

«La agricultura urbana nació para el pueblo, y es verdad que vendemos bajo el régimen de oferta y demanda, pero nosotros aquí mantenemos los precios. No vamos a abusar de la gente. Y cada vez que podemos bajar precios, lo hacemos.

«Nuestras producciones son estables, nuestros precios son estables y nuestros salarios son estables, y ganamos bien.

«Nuestra premisa es que tenemos que mantener los salarios con los volúmenes productivos que logremos. Es incorrecto inventar y recargar a la población con los precios exorbitantes que hay en los mercados agropecuarios.

«Nosotros hemos sido muy estimulados por la Dirección Nacional de la Agricultura Urbana y Suburbana, sin embargo, nuestro mayor reconocimiento fue el diploma que nos entregó el Poder Popular de la circunscripción, porque los vecinos nunca han dado una queja de nosotros».

—De todas formas, y aunque no sea la norma, también en algunos organopónicos de «por ahí», hay sus majás. La venta de productos agropecuarios está siendo muy rentable para los comerciantes, y eso puede «volver locos» a algunos.

—Siempre va a haber algún majá escapado, pero a esos hay que pisarles la cola.

La agricultura urbana por sí sola no puede bajar precios

A inicios de noviembre, JR envió un cuestionario, por correo electrónico, al Doctor Adolfo Rodríguez Nodals, jefe del Programa Nacional de la Agricultura Urbana y Suburbana, para conocer sobre el comportamiento general de los precios en ese sistema y sus criterios personales al respecto, requerimiento que respondió de forma rápida y amable.

Los redactores hicieron una pequeña edición en las preguntas y las respuestas intercambiadas, a fin de integrar esta entrevista al texto general que hoy estamos presentando para continuar contribuyendo al debate público sobre los precios en el mercado agropecuario, que en la serie de tres trabajos que ahora concluimos tuvo como eje la provincia de La Habana, una de las tres que participan del experimento de comercialización directa que se desarrolla desde hace un año.

—¿Qué principios sigue la Agricultura Urbana (AU) para fijar los precios de sus productos?

—En el caso de los vegetales y condimentos frescos, el principio de los precios se basa en la oferta y la demanda, y así ha sido durante 16 años.

—¿Qué políticas sigue la AU para tratar de reducir los precios de sus productos y favorecer al consumidor?

—Mientras no se logre revisar integralmente el sistema de precios, la AU por sí sola no puede disminuirlos; solo podemos apelar a la labor política, y por lo general los precios en la AU son intermedios entre los mercados agropecuarios estatales (MAE) y los carretilleros, como pudieron ver en los datos que les envié.

—¿En su opinión, qué está impidiendo que los precios de los productos agropecuarios comiencen a bajar? ¿Qué se necesitaría para entrar ya en ese camino?

—Se necesita, en mi criterio, topar algunos productos, para que no estén sujetos a oferta y demanda solamente, como por ejemplo, frutabomba, boniato, malanga, plátano, yuca, calabaza, pepino. También, disminuir intermediarios, restablecer y consolidar la Empresa de Acopio en todo el país, seguir incrementando la producción y perfeccionar la contratación, pero asegurarle la salida de sus productos al campesino.

—La AU tiene experiencia en suplir déficits, como ha ocurrido ante emergencias planteadas por el paso de huracanes. En el primer semestre del año la producción de cebolla descendió en un 11 por ciento. Debido a esa caída y a la presión que ejercen sobre la producción agropecuaria las nuevas formas de gestión no estatal de la gastronomía, de junio en adelante el precio de la hortaliza se ha estado incrementando geométricamente: ya en el primer semestre su cotización en el mercado agropecuario subió un 41 por ciento, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). Debido a su escasez, el mazo de cebollino también ha estado en La Habana entre diez y 15 pesos, además de que uno tiene la impresión de que su oferta ha sido escasa. ¿Ante una situación de caída de la producción en la agricultura convencional de algún alimento idéntico o sustituto en que la AU también está especializada, tiene esta capacidad de reaccionar activamente para suplir una parte del déficit o contribuir a equilibrar los precios?

—La producción nacional en el grupo cebollino-ajo puerro-cebolla multiplicadora de la AU ha estado alrededor de las 10 900 toneladas anuales. La agricultura urbana está trabajando para incrementar su producción. No obstante, cuando existe una «caída» de algún producto en la «agricultura convencional», podemos ayudar, pero eso lo sabemos ya al final o casi al final de la campaña. Es difícil hacer un plan cuando uno conoce la «caída» al final de campaña. No es posible suplir déficits en algunos productos como pimiento, tomate, calabaza, viandas, entre otros.

—¿Qué sinergias hay entre la agricultura «tradicional» y la agricultura urbana ante situaciones de este tipo?

—La sinergia es muy difícil por lo que expliqué. Sería bueno liberar que los patios y parcelas puedan vender directamente, excepto en avenidas que el gobierno local entienda que esto no puede ser por razones estéticas. Hemos autorizado la figura del «carretillero», pero no oficialmente la venta directa en los patios, que sería a menor precio. También puedo decirles que una parte importante de los frutales, verduras y viandas que venden los carretilleros proceden de patios y parcelas.

«En China a nadie le preocupa que se venda en un patio. El patio es propiedad de la familia, es legal. En Cuba se hace, pero de manera tácita y los “patieros” venden a escondidas el aguacate, la guayaba, el plátano… Creo que esto debería autorizarse y que voluntariamente el patio que quiera vender directo, que lo haga sin tener que pagar impuestos, pues el papeleo que esto requiere ahuyenta el deseo de vender del “patiero”, cuyas producciones son generalmente pequeñas, luego de utilizarlas para el autoconsumo familiar y reducir gastos por esa vía».

—Además de los ingresos monetarios, ¿qué otros beneficios en especie reciben los trabajadores de la agricultura urbana?

—No está establecido que reciban beneficios en especie, si se hace es de manera informal.

—Se ha explicado más de una vez, de forma certera, que, como autoabastecimiento, la producción en patios y parcelas complementa la disponibilidad de alimentos entre sus cultores e incluso puede ser el abastecimiento mayoritario de quienes practican y desarrollan la agricultura familiar. También sabemos —usted lo reafirma— que una parte de esas producciones se realiza en el mercado, aportando ingresos monetarios extras a estos núcleos. ¿Por concepto de autoabastecimiento, existe algún estimado sobre cuánto se ahorran, en volumen y en valor, los núcleos incorporados a la agricultura familiar en el país?

—Por lo general un 20 por ciento de los alimentos en volumen; en valor no tengo datos.

—¿De cuántas familias y personas estamos hablando en el país?

—Unas cien mil familias, entre 300 y 400 mil personas.

—¿Cuánto ingresan los núcleos incorporados a la agricultura familiar al realizar parte de sus producciones en el mercado?

—Sobre esto no tengo datos.

—¿Qué otros beneficios trae para los núcleos la incorporación a la agricultura familiar?

—Resolver una parte de los alimentos, con calidad y más sanos. Reciben ingresos adicionales, pero no tengo datos precisos al respecto.

—Le agradeceríamos cualquier comentario que hayamos dejado fuera de este cuestionario remitido vía electrónica y que usted considere que es importante para comprender mejor el tema de los precios en el mercado agropecuario, según las diversas formas de comercialización que hay en el país y en La Habana, incluida la oferta de la agricultura urbana.

—Hoy existen contradicciones para algunos cultivos, la situación actual no estimula el crecimiento del área de siembra, por ejemplo, de la frutabomba, del boniato, de la guayaba, entre otros. No hay forma de explicar que una frutabomba cueste 20–25 pesos en La Habana y diez pesos en el resto del país, y que los productores experimentados teman incrementar áreas de siembra, pues plantean que no tienen seguro los destinos del producto y se puede perder.

«Se han perdido producciones de mango, guayaba y otras frutas. Las minindustrias ayudarán, pero se necesita de un tiempo para esas inversiones. Además, hace falta volver a fortalecer la Empresa Estatal de Acopios, en mi opinión.

«¡Muchas gracias!».

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