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Cercanías

Una ovación larga, que pareció infinita, se escuchó en el Estadio Félix Sánchez cuando por los audios se anunció el paso de la delegación de Cuba

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Una ovación larga, que pareció infinita, se escuchó en el Estadio Félix Sánchez cuando por los audios se anunció el paso de la delegación de Cuba. Aquel clamor, con la voz de fondo de Alexander Abreu y Havana de Primera cantando Me dicen Cuba, estremecía de verdad, pero también generaba una pregunta: ¿por qué los dominicanos quieren tanto a los cubanos?

Aquel clamor no fue solo para los atletas del Caimán, es válido aclararlo. La de Venezuela tuvo una aclamación fuerte, más con la sensibilidad que hoy se percibe en Dominicana por el terremoto ocurrido en la patria de Bolívar. Colombia recibió una larga aclamación. Igual fue con México y el anuncio de que la representación de Puerto Rico iba a pasar, motivó que muchas personas se pusieran de pie en las gradas.

Esto último, con los boricuas, es algo lógico. Las costas entre ambos países están muy próximas y a la cercanía geográfica hay que añadirle el vínculo de la historia y la cultura. Con los demás países, pueden existir muchas explicaciones —la presencia de dominicanos en ellos, por ejemplo—, pero al final la pregunta vuelve: ¿qué pasa con Cuba?

Una primera explicación es la alta presencia de cubanos en República Dominicana. No tenemos cifras comprobables a la mano, pero en diversas conversaciones se nos ha sugerido que el número de connacionales asentado en el país en los últimos años puede superar fácilmente las 10 000 personas.

Sin embargo, la cercanía también puede tener otros lados. No es extraño que en la calle o en el Complejo Olímpico Juan Pablo Duarte se aproxime un dominicano, te pregunte si eres de Cuba-Cuba (con las palabras repetidas, para enfatizar). Acto seguido, viene la revelación. Que estudió en Cuba. Que se casó con una cubana y recorrió las localidades más diversas del centro y el oriente. Que tiene hijos con vínculos cubanos. Que viajó allá a curarse. En fin, el listado es largo.

Lo interesante es que muchos te paran y extienden la mano. O llegas a una barbería, en un barrio popular de Santo Domingo, alejado de los repartos residenciales de la clase media, como Gascue, y al verte aparece una sonrisa: «¿Cubano?» Y ahí, imitando el hablar nuestro dicen: «Coño, asere, ¿qué bolá? Bienvenido».

Lo cierto es que también hay una proximidad cultural muy cercana, que se siente en la manera de hablar, de caminar, en preparar los alimentos y hasta en la manera de actuar, casi hasta de bailar y tocar la música; aunque con los dominicanos existe un detalle, y es la manera en la que el merengue y la bachata han calado la idiosincrasia de sus habitantes.

El dominicano se mueve, actúa, habla con el espíritu de esa música. De ahí una irreverencia, un sentido del humor, una calidez que se refuerza con una cortesía que a nivel popular se percibe con autenticidad; tal vez un tanto apegada a los protocolos para el sentir cubano, pero cortesía auténtica al final.

De ahí ese calor humano que percibes cuando hablas en los costados de los pabellones deportivos del Complejo Juan Pablo Duarte, en las bombas de gasolina, en las casas de cambio, en los mercados, en los bares de la esquina con una cerveza Presidente a la mano. Un calor que, sin mediar palabras, porque no hacen falta, te dice: «Cubano, tú no eres visita. Tú eres de nosotros».

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