Lo más dulce de mi vida

María Dolores Morales Mena, de 12 años de edad, el 16 de abril de 1961, día del sepelio a los caídos en el bombardeo mercenario a tres aeropuertos cubanos como preludio de la invasión de Girón, se inscribió en las Brigadas de Alfabetización Conrado Benítez

Autor:

Luis Hernández Serrano

«Mi padre, el 16 de abril de 1961, me dijo lo que Mariana Grajales le pidió a uno de sus muchachos: “¡Empínate!, para que seas maestra y enseñes a leer y a escribir a los que lo necesiten”».

Esto nos confesó en su casa del municipio habanero de San Miguel del Padrón, hace solo unas cuantas horas, María Dolores Morales Mena. «Mi padre enseguida me pidió que me fuera a alfabetizar».

Sobre la participación de esta niña en la Campaña de Alfabetización nos habló el colega Tubal Páez Hernández, ex presidente de la UPEC, quien conoció su expediente en el Museo de la Alfabetización en Ciudad Escolar Libertad, en ocasión de una visita suya allí con una delegación hermana de Argentina.

María hoy está enferma. La han operado varias veces. El día de la entrevista no se sentía nada bien, y de todos modos accedió a contarnos su modesta, pero fiel historia, porque nunca la ha olvidado.

Nació el 21 de septiembre de 1948, en San Juan y Martínez, Pinar del Río. Tenía cuatro hermanos, hoy tres. Primero estuvo unos días en Arroyo de Mantua, pero su familia le pidió que se acercara más a la casa y se trasladó hacia el lugar denominado Galope. Tenía solamente 12 años. Con ella fueron su tía, Soledad Morales Barreto, de 45 años; y su prima, Nora Falcón Morales, de 14. Las tres alfabetizaron juntas.

«Cuando mi padre, Giraldo Morales Barreto, supo que habían bombardeado tres aeropuertos desde Estados Unidos, me dijo: “Empínate, que tienes que ser maestra y salir a enseñar a los más pobres”. Y fui con él a inscribirme como alfabetizadora. Los dos firmamos la planilla de solicitud, porque —me dijo— que algo yo tenía que hacer también a favor de la Revolución, ¿no? Y mi madre, Claudina Mena Montano, estuvo de acuerdo con eso. Les agradezco mucho que me hayan fotocopiado en el Museo de la Alfabetización esa planilla y me la hayan regalado en un marco.

«Yo siempre fui muy atrevida y valiente. Me hubiera quedado en Arroyo de Mantua, pero mi familia insistió mucho y tuve que trasladarme, para que no sufrieran por mí. De todas maneras iba a cumplir mi tarea, ¿verdad?

«Mi padre vive todavía allá en San Juan y Martínez; tiene 91 años y se alegrará cuando vea esta entrevista que ustedes me hacen ahora por haber hecho lo que me pidió. A él le rindo mi homenaje. Y de paso rindo también tributo a mis queridos alumnos y sobre todo a las niñas y niños que alfabetizaron entonces y a sus padres que los estimularon, en particular a los jóvenes que alfabetizaron en la Ciénaga de Zapata y a los que se enfrentaron a los invasores pagados por el Gobierno de Estados Unidos y la CIA».

El padre de Mary se dedicó siempre al cultivo del tabaco y está lúcido y fuerte todavía. Ella lo recuerda siempre como un paradigma de trabajador agrícola y de buen padre.

«No pensé nunca que alguien me entrevistara solo por hacer lo que cien mil jóvenes hicimos hace 54 años. Pero ahora que hablan conmigo debo mencionar aquella modesta historia, evocar a mis compañeros brigadistas y aprovechar la ocasión para agradecer la ayuda que a nosotras nos dio el doctor Juan Castellanos, el presidente de la Junta Municipal de Educación entonces, una persona muy noble y buena».

María Dolores, a quien todos conocen por «Mary», cuando enseñó a leer y a escribir a los primeros analfabetos se fue a un lugar llamado la Laguna de Sapo Toro, a cinco kilómetros de Galope. Allí alfabetizó a otros, en total a 18 personas,».

«A pesar de su ignorancia eran personas muy nobles y muy cariñosas y respetuosas con nosotros y en particular conmigo, la más niña de todas las maestras de la zona. Aquellos campesinos no sabían leer ni escribir, pero sabían respetar, trabajar duro y querer, tres hermosas virtudes».

Dice ella que algunas personas, cuando se fue para Galope, un sitio abrupto alejado de su casa, la alertaron por ser tan niña, pero respondió: «Es verdad, pero con el corazón grande. Y cumplí 13 alfabetizando en la Laguna de Sapo Toro, donde había más sapos que mosquitos y los mosquitos eran nubes. A los sapos yo les tenía terror y me cuidaba mucho de los mosquitos. Pero ambas plagas no me hicieron renunciar a ser maestra como las que me enseñaron a mí en la escuela primaria Tranquilino Sandalio de Noda, en San Juan y Martínez».

Ella cuenta que no obstante ser muy niña, era despierta y «un poquito inteligente. En eso salí a mi padre; esa es la verdad. Recuerdo que yo me sentía muy feliz como maestra de los campesinos aquellos que no sabían ni poner su firma. Y ellos me trataban como si yo fuera de su familia y los ayudé de alguna manera en sus trabajos agrícolas.

«Mi tía y mi prima vivían cerca de Galope. Las tres alfabetizamos juntas. Y a cada rato un tal Félix Barredo iba a inspeccionar nuestro trabajo. Nos preguntaba qué necesitábamos y estaba al tanto de nuestra labor allí».

Tuvo, según dice, que convencer a varios campesinos para que asistieran a sus clases. Y expresa: «Lo que más me gustaba como maestra era examinar a mis alumnos y ver cómo iban progresando, y la alegría que se veía en sus caras… como en los casos de Roberto Trujillo y Rosa Dámaso, por ejemplo. No, no me tiré fotos, para mí era muy normal lo que yo estaba haciendo y no pensé en dejar constancia de mi labor ni en Galope ni en la Laguna».

Después Mary, en 1964, se mudó para el reparto Mantilla, en La Habana, y estudió Enfermería en el hospital Calixto García, pero por no tener una verdadera vocación ejerció solo un año. Luego se casó y fue a trabajar a la fábrica de medias Casino, donde estuvo poco tiempo, y pasó después a una cafetería cercana al hospital Hermanos Ameijeiras.

Su primer esposo había sido también alfabetizador y acababa de venir de la Unión Soviética. Después se divorció. Con él tuvo una niña, Tatiana Judith, que hoy es colaboradora en Venezuela como licenciada en Laboratorio Clínico. «Tatiana era delegada de nuestra circunscripción, la número 80, y ahora ese cargo lo tiene su esposo.

«Vivo orgullosa de lo que hice como niña estudiante, que me convertí en maestra en unos días duros del país, cuando los mercenarios nos atacaron por Playa Girón. Cumplí con la Revolución y con mi padre, que me impulsó a que lo hiciera. Él siempre me habló de los tiempos de la dictadura batistiana y del sufrimiento del pueblo en esa época. Recuerdo que para mí no había ni lluvia, ni sol, ni mosquitos ni sapos que me detuvieran en mi empeño. Y aprendí con mis analfabetos muchas cosas más de lo que yo les enseñé, estoy segura de eso».

Después Mary se casó con  un destacado dulcero que le enseñó esa especialidad gastronómica.

Mary tiene dos nietos: Ernest Eusmeydi y Ernesto Julián Castro González.

«Recuerdo que para mí ser maestra alfabetizadora fue como tener en mis manos mi última muñeca. Y con el tiempo, luego de convertirme en dulcera, sigo pensando que lo más dulce de mi vida fue que unos maestros me enseñaran a enseñar y poder alfabetizar a 18 personas en 1961».

Nota: Agradecemos a Tubal Páez Hernández, ex presidente de la UPEC y jefe de Comunicaciones y Divulgación de la Asamblea Nacional del Poder Popular, por darnos la pista para este trabajo.

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