De Mariana, Antonio...

En el ejemplo de virtud de su madre, Mariana Grajales Coello, encontró el Titán de Bronce muchas de las claves que lo llevaron a empinarse como hombre y tocar las cumbres más altasde nuestra historia

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

El Titán de Bronce, Antonio Maceo.

SANTIAGO DE CUBA.— «De la madre, más que del padre, viene el hijo, y es gran desdicha deber el cuerpo a gente floja o nula, a quien no se puede deber el alma; pero Maceo fue feliz, porque vino de león y leona (…)», escribiría con la sagacidad que le caracterizó nuestro Héroe Nacional José Martí, al hurgar en las raíces que sustentaban al Mayor General Antonio Maceo Grajales.

Y es que aquel andar pegado a las esencias, más que al accidente de la vida, que definió el bregar del mayor de los Maceo Grajales, además de la influencia del medio que le circundaba, del aporte de su padrino, maestros y amigos, se afinca en las lecciones de un hogar de rigor y virtud, humilde pero lleno de amor, y en el que particularmente su madre era horcón, aliento, acicate... ternura, rasgos que incorporaría Antonio a su personalidad.

Su padre, Marcos Maceo, lo guió en las labores del campo y le transmitió el valor del trabajo honrado, lo adiestró en la caza, el manejo de las armas, el dominio del machete, los secretos de un buen jinete...

Sin embargo, cualquier mirada exhaustiva a las historias de vida de hijo y madre deja ver que mucho había de Mariana  en aquel mulato disciplinado, responsable, de hablar pausado, siempre correcto y ecuánime, que se elevó a las cumbres más altas de la historia de Cuba, impulsado por su valor personal,  talento natural y el perenne esfuerzo por vivir con arreglo a la integridad e imponerse a cualquier obstáculo.

En la resolución y voluntad de sobreponerse, lo mismo a un adverso entorno social diseñado para aplastar la personalidad del hombre de color, que a imperfecciones personales como aquella tartamudez que le aquejaba y que corrigió a fuerza de paciencia, perseverancia y hablar pausado, habita la misma fuerza de aquella mujer, que consecuente con el camino escogido, debió una y otra vez, apretar las lágrimas, recoger los trozos de su corazón deshecho y seguir, sin el esposo que dejó de respirar entre sus brazos, perdido el hijo de solo 16 años y una vida por delante, sin sus nietos, muertos en plena manigua.

Aunque investigaciones recientes han probado que tanto Marcos como Mariana eran iletrados, sí se preocuparon porque sus hijos varones, según los cánones de la época, estudiaran. Antonio, ya adolescente, se fue a Santiago, donde recibió el equivalente a una educación primaria con los maestros Mariano Rizo y Francisco Juan Fernández.

Desde el hogar que a fuerza de firmeza y cariño supo forjar, o desde la manigua redentora, en la que, con amor de madre y orgullo de patriota, consagró su vida a la lucha por la independencia de Cuba, defendía Mariana el anhelo de que sus hijos conquistaran la cultura negada, las oportunidades que la sociedad le escamoteaba y a cuya conquista se entregó.

Aquella temprana decisión del joven Antonio, quien con solo 23 años y una hija recién nacida, ensilló su mejor caballo, con el que realizaba los viajes a Santiago, se puso al cinto su mejor machete y se fue a la guerra, era el germinar de la semilla sembrada por Mariana, quien enseñó a sus hijos a sentir que por encima del hecho mismo de la vida estaban la justicia, la libertad, la Patria...

Tal vez en aquellos momentos en que, toda alborozada, Mariana era la primera en preparar los cheles de los hijos que irían a la guerra, venía a la mente de Antonio aquella tonada ingenua y peligrosa, con la que muchos años antes su madre lo acunaba, allá en la casona de horcones de Caguairán y techo de guano de Majaguabo o en la casita de Providencia 16, en la barriada de Los Hoyos, y en la que depositaba ella su herencia de joven que sufrió una época de hiriente hostilidad a su raza, de inhumana represión esclavista: Si nace libre la hormiga,/la bibijagua y el grillo/sin cuestiones de bolsillos/ni español que los persiga/a ir a la escribanía/a comprar su libertad/y yo, con mi dignidad/ ¿No seré libre algún día?

Demostró Mariana como nadie cuánto se entrega  cuando se ama una causa: el esposo, los hijos, la propia vida. Solo alguien excepcional, cuando un hijo cae prepara al que le sigue para que no haya vacío en los puestos de lucha. Y esa increíble lección de fe tuvo también que acompañar al Titán, cuando debió abandonar a su esposa e hija: «El deber me manda a sacudir el yugo que la oprime y la veja (a la patria). (...) Sabes mejor que nadie cuánto vale el sacrificio de abandonarte por ella (...)»; en los días aciagos del Pacto del Zanjón o cuando tuvo que enfrentar las múltiples calumnias contra su figura, aún entre sus compañeros de lucha.

José Antonio de la Caridad Maceo y Grajales no fue solamente un gran talento militar, sino, ante todo, fue definido por quienes lo conocieron como un hombre de honor, intransigente en la defensa de sus principios, cuya alta espiritualidad, insaciable curiosidad por la cultura y amplísima visión humanista, acabaron por convertirlo en el excelso guerrero de modales cultivados al que hasta sus enemigos se vieron obligados a reconocer como un caballero.

En la vida de pólvora y machete que escogió siempre hubo lugar para la cortesía, el trato afable, los modales correctos y el sentido del respeto que recibiría de las lecciones maternas y que lo llevarían hasta a prohibir las palabras obscenas en el campamento.

En tiempos en que las tropas peleaban con la indumentaria que tuvieran, el General Antonio gustaba de andar siempre limpio, bien vestido y discretamente perfumado y exigía la misma pulcritud a sus soldados. «Es el hombre más pundonoroso y limpio que he conocido», diría de él el español Martínez Campos, y aludía así no solo a sus valores éticos. Ahí estaba también la huella de Mariana, la mujer venerable, que anciana, en medio de la pobreza y el exilio, asediada por las vicisitudes, nunca dejó de tener el vestido limpio.

El hombre que dejaba clara su catadura moral cuando escribía al general español Camilo Polavieja: «(...) jamás vacilaré porque mis actos son el resultado, el hecho vivo de mi pensamiento, y yo tengo el valor de lo que pienso, si lo que pienso forma parte de la doctrina moral de mi vida. (...) La conformidad de la obra con el pensamiento: he ahí la base de mi conducta, la norma de mi pensamiento, el cumplimiento de mi deber», era el hijo de aquella cubana que, a pesar de tener más de 50 años, recogió toda su prole y se fue al monte.

La misma que de campamento en campamento atendió a heridos y enfermos, cubanos y españoles, aseguró la retaguardia de la tropa y aún ni después del triste fin de la guerra grande su casa en el exilio dejó de ser centro de reunión de los cubanos dignos, incluso tuvo fuerzas para con sus hijas y nueras contribuir a la fundación de asociaciones patrióticas organizadas en Jamaica.

Aquella madre ejemplo inculcó asimismo la unión y el amor entre sus hijos, que tuvo altas expresiones en los campos de batalla.

Recoge la historia que durante el combate contra fuerzas españolas fortificadas en el cafetal guantanamero La Indiana, José Maceo cae en medio del fuego intenso que obliga al General Gómez a tocar retirada.

Con los reflejos del amor aprendidos en casa, reaccionó entonces su hermano Antonio: «General, tengo allí a mi hermano, muerto o herido grave, y no lo abandono en poder del enemigo». Enseguida tomó el mando, atacó al frente de sus soldados y tomó la casa donde el León de Oriente, gravemente herido, corría el riesgo de ser rematado.

«Retiré, curé y salvé uno de los hombres más valientes que ha dado la Revolución cubana», expresaría después.

De su madre, cuya pérdida sufrió en pleno exilio, el 27 de noviembre de 1893, el General Antonio llegaría a confesarle en carta de respuesta a Martí:

«Tres veces en mi angustiada vida de revolucionario cubano, he sufrido las más fuertes y tempestuosas emociones del dolor y tristeza que producen las desapariciones de seres tan amados como el que acabo de perder ahora en tierra extraña, sometiendo a prueba una vez más mi corazón de patriota, que es todo entero de su causa, y de hijo agradecido. Ella, la madre que acabo de perder me honra con su memoria de virtuosa matrona, y confirma y aumenta mi deber de combatir por el ideal que era el altar de su consagración divina en este mundo […]»

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