Un mortal extraordinario

Testimonio del expedicionario del Granma Arsenio García Dávila sobre Ernesto Guevara, a quien conoció cuando aún no firmaba como Che

Autor:

Luis Hernández Serrano

En la sala de su casa, en Miramar, municipio de Playa, nos recibe afablemente uno de los pocos expedicionarios del yate Granma que aún vive. Antes de que saliera a nuestro encuentro, su esposa Yamilé nos mostró tres gruesos tomos de la tesis de grado, y el libro hecho a partir de esa tesis, escrito por el joven español de Palma de Mallorca, Nicolás J. Moraguez González, bajo el título de La Revolución Cubana a través del Comandante Arsenio García Dávila, publicado por Ediciones Quijote.

Ese es el héroe que nos ha dado la bienvenida con una espontánea sonrisa. Sabe que somos del diario Juventud Rebelde —¡y como si nos conociera de toda la vida!—, nos da la mano y nos dice con una humildad impresionante: «A ver, periodistas, ¿qué ustedes quieren saber del Che? A lo mejor es algo que yo no sé».

Algunas anécdotas

Le decimos que nos cuente algunas anécdotas o vivencias junto al comandante Guevara. Se sienta en un sofá (a la vista de un cuadro encristalado con una foto en que Fidel le pone en el pecho una condecoración) y comienza a desgranar sus memorias, mientras que Roberto Suárez hace funcionar su cámara.

«Conocí al joven médico argentino antes de ser el Guerrillero Heroico y cuando aún no firmaba  como Che. Conservo un documento donde un grupo de los que quedamos dispersos tras el desastre de Alegría de Pío pusimos nuestros nombres, y que él firmó como lo hacía antes: Ernesto Guevara Serna. Están las firmas de Camilo, de Almeida, de Ramiro, de Reinaldo Benítez y del italiano Gino Donné».

García Dávila nació hace 79 años en el territorio habanero de Güines, el 1ro. de abril de 1936, pero no aparenta esa edad, por su buena salud y gran lucidez. Con 20 años fue, entre los 82 hombres del Granma, el segundo más joven. El primero resultó ser Enrique Cueles, de 19 años, quien luego de 1959 se apartó de la Revolución y abandonó el país.

«Mi primer encuentro con el Che fue en los días de los entrenamientos para la expedición del Granma, cuando nos impartió unas instrucciones o clases sobre primeros auxilios, siempre necesarios para una tarea de combate como habíamos previsto. Él pidió un voluntario para enseñarnos, por ejemplo, a poner un torniquete, a coger una vena e inyectarla, pero ninguno de los cuatro o cinco quiso poner su brazo con ese fin. Yo, por ejemplo, en esa época le tenía terror a inyectarme. En el reducido grupo, de cuatro o cinco, estaba Ciro Redondo, después célebre por su heroísmo y su entrega, muy cercano al Che en la Sierra. Entonces él mismo puso su brazo para explicarnos el procedimiento, y se lo acribillamos a pinchazos. Esa fue mi primera impresión positiva de aquel joven argentino».

«En el Rancho Santa Rosa, donde nos entrenamos como en condiciones reales de guerrilla, era el que impartía también instrucciones. Y cuando la policía mexicana logró apresar a un numeroso grupo de futuros expedicionarios, un alto oficial criticó al Che por tener en su mochila libros marxistas, diciéndole que “los sarrapastrosos como nosotros no podíamos entender esas lecturas”; a lo que con dignidad él contestó: “Se equivoca completamente. Yo, por ejemplo, soy médico y poseo una cultura universitaria”. Lo dijo con tanta firmeza que el militar aquel se fue enseguida de allí. Con el tiempo aquel oficial se hizo amigo de Cuba».

En un edificio de varios pisos donde se albergaban  clandestinamente, cuando Arsenio García —como jefe del apartamento donde estaban— quiso leerle el reglamento al Che, dijo que él sabía cómo era todo, pero nuestro entrevistado insistió y se lo leyó, como orientaba Fidel. Y, además, le dijo: «Mañana te toca la cocina».

Como al parecer el joven médico no era ducho en esos menesteres, hizo una especie de sopa que nadie pudo comerse, entre otras cuestiones por el exceso de sal que tenía. Entonces Arsenio, para ayudarlo, le propuso: «Yo cocino dos veces, cuando nos toque a ti y a mí. Y tú vas a fregar dos veces, cuando nos corresponda a ti y a mí». Y se pusieron de acuerdo. De ese modo sencillo comenzó a consolidarse la amistad entre ambos.

«Durante la travesía del yate Granma, el joven Guevara estaba sentado en el piso, pegado a una puerta, acurrucado, cerca de la cabina donde estaban el timón y la brújula. A su lado tenía el nebulizador para mitigar su asma. Siempre lo vi en ese lugar, tosiendo bastante, haciendo mucho esfuerzo para respirar y, por el hacinamiento, alguien con el pie se lo rompió. A partir de ahí no sé cómo pudo sobrepasar esas duras crisis».

En las filas del Ejército Rebelde, García Dávila alcanzó el grado de Comandante. combatió en la Sierra Maestra a las órdenes directas de Guevara en los combates de Las Vegas de Jibacoa y Las Mercedes. Recuerda que un día lo vio atendiendo al compañero Ángel Verdecia, un balazo le había dado en la cara, mientras que cerca de nosotros picaban las ráfagas largas que disparaba la aviación enemiga.

«Le sugerí que se tirara en el suelo, que se protegiera y se quitara de allí. Me miró y se echó a reír de una forma temeraria, típica de su seguridad en sí mismo, de su valor intrépido. Aún no habíamos visto que los aviones no le tiraban ni a él, ni a Verdecia, ni a mí, sino a una tanqueta del ejército que se atascó en las piedras del río y querían inutilizarla».

Le gané una pipa

Algo curioso. En la Sierra muy pocos sabían jugar ajedrez. Nuestro entrevistado había aprendido en México. Y una noche, antes de la ofensiva enemiga, en mayo de 1958, el Che, en una casita rústica donde guardaba cierto material para la tropa, entre la casa de Los Altos de Mompié y Minas del Frío, le pidió echar unas partidas a la luz de un candil, mientras llovía.

«Le dije que si él ganaba, yo le daba una lata de leche condensada que tenía. Y si perdía, que él me diera 15 proyectiles calibre nueve milímetros, pero se puso bravo. “¡Con las balas para el combate no se juega!”, me dijo. Entonces le pedí que si yo ganaba, que me diera la pipa que tenía en el bolsillo de su camisa. Se la había tallado a mano un campesino amigo. Él me ganó casi todas las partidas, pero cuando le gané una, me dio la pipa, esta que ustedes ven».

Le solicitamos una definición sobre el Che, y nos dice: «Su grandeza mayor era la disposición de combatir, aun a riesgo de perder la vida en el empeño. Fue fiel a sus ideas; en síntesis: ¡un mortal extraordinario!».

Un privilegio

«Hay —dice— cifras casuales, coincidentes: de los 82 expedicionarios del yate Granma, 21 habían participado en las acciones del 26 de julio de 1953; 21 logramos subir a las montañas luego del desembarco. Y también 21 murieron en los días del 5 al 15 de diciembre de 1956, poco después de la sorpresa de Alegría de Pío».

Y confiesa: «Tengo el doloroso privilegio de estar entre los cinco que quedamos vivos de los 21 del Granma que pudimos subir a las montañas para reiniciar la lucha contra la tiranía de Batista: Fidel, Raúl, Ramiro, Efigenio y yo».

Una bala no puede terminar el infinito

Sobre el Comandante Guevara hablaron otros grandes que lo quisieron sin mamparas ni orillas. Haydée Santamaría, en Carta abierta a él por el 80 cumpleaños de su nacimiento, dudó de su muerte, «porque una bala no puede terminar el infinito (…) Después de la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos (…) hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo». (1)

«¿Cuántos no criticaron al Che, cuántos no lo criticaron porque ellos no pueden ser Che (...) lo que no saben los pequeños es que él no le pedía nada a la vida, lo que deseaba era darle todo lo que dio y todo lo que dejó». (2)

Frei Betto escribiría sobre Guevara: Otros intentaron todo para condenarlo al olvido; cortaron su cuerpo y escondieron sus miembros en diferentes lugares; inventaron sobre él toda suerte de mentiras; prohibieron que su literatura circulase en muchos países (…) pero las cadenas no aprisionan los símbolos, ni las balas matan los ejemplos (…) inventaron falsas biografías para intentar difamarlo (…) La mejor manera de recordarlo es luchar por otro mundo posible, donde la Solidaridad sea hábito, no virtud; donde la práctica de la justicia sea una exigencia ética y el Socialismo el nombre político del Amor». (3)

Y el poeta Mario Benedetti escribiría: «Los ojos/ incerrables del Che/ miran como si pudieran/ no mirar (…)». (4)

En el hospital Señor de Malta, en Vallegrande, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, le oímos decir a un vallegrandino: «Che no es solo la sílaba más pronunciada del idioma argentino, es infinitamente más». Y a un niño pobre, harapiento, vecino de la Quebrada del Yuro, le preguntamos qué pensaba del hallazgo de los restos del Comandante Guevara, y respondió lo insólito: «Yo no sé por qué tanto lío buscando un vivo entre los muertos».

(1) «Hasta la victoria siempre, Che querido», Haydée Santamaría, Granma, sábado, 7 de junio de  2008.

(2) «Pequeños, fijos, penetrantes ojos», Haydée Santamaría, Granma, 7 de junio de 2008.

(3) «Che Guevara; mensaje de aniversario», Frei Betto, Granma, 10 de junio de 2008.

(4) «Dulce y tenaz: vive», Mario Benedetti, Juventud Rebelde, 14 de junio de  2003.

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