Pedaleando por las nubes (+ Fotos)

La persona que más tiempo lleva en el mundo montando bicicletas altas, el cubano Félix Ramón Guirola Cepero, ahora prepara otra de sus ingeniosidades, pero de diez metros, con lo cual pretende inscribirse en el Libro Guinness de los récords

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Aunque se ha hecho cotidiano por las calles de La Habana, muchos transeúntes y visitantes no dejan de sorprenderse cada vez que lo ven andar en su insólito medio de transporte, con la maestría de un artista de circo. Sin embargo, para Félix Ramón Guirola Cepero, el cubano que se dedica a construir y montar bicicletas gigantes —superiores a los dos metros de altura—, es algo normal.

Foto: Roberto Suárez

Quizá por ello no sorprende la noticia de que ahora prepara otras de sus ingeniosidades, pero de diez metros, con lo cual pretende inscribirse en el Libro Guinness de los récords, y ser reconocido también como la persona que más tiempo lleva montando bicicletas altas, pues lo «hago hace más de 30 años y parece que soy el abuelo de quienes se dedican a esta faena», confiesa.

En el taller de un amigo unas veces y otras en uno pequeño que armó en su propia casa de La Habana Vieja, este hombre, nacido el 25 de marzo de 1964, en Ciego de Ávila, labora con piezas en desuso para cumplir su sueño a fines del próximo mes. Por ello al conocer la buena nueva Juventud Rebelde llegó hasta el sitio donde ha echado a volar su inteligencia.

«En estos momentos estoy preparando una nueva bicicleta para pasearla frente al Capitolio de La Habana, que tendrá 32 pies de altura. Quise tenerla lista para diciembre pasado, pero por problemas de salud de mi papá no pudo ser. Está bastante avanzada, con la conexión de los cuadros que empato de algunas bicicletas de procedencia china, con tubos desechados, cabillas y angulares de hierro.

«Estas bicicletas son mis medios de transporte para ir a todas partes, incluso, llevo a mi mujer al trabajo en ellas», asegura Félix, quien durante más de 15 años tuvo el récord de tener la más alta del mundo, incluso, más allá de la del canadiense Terry Goertzen que, desde el 26 de junio de 2004, ostenta el récord Guinness con una de 5,5 metros, nada comparable a las ingeniosidades del intrépido cubano.

«Tuve la plusmarca mundial desde 1987 hasta 2004, aunque las autoridades no lo confirmen, pues solo familiares y vecinos de Ciego de Ávila, donde vivía y comencé con estos “inventos”, conocían de mis pedaleadas en las alturas. Hasta ahora nadie ha venido a ver los metros de mi bicicleta para un Guinness. La más pequeña es de casi dos metros».

Miedo no, relajado

A Félix suele vérsele pasear tranquilamente por el Paseo del Prado u otras de las calles más concurridas de nuestra capital, como la avenida 51 o Carlos III, donde lo encontró este reportero a fines del pasado año. Según cuenta, armó su primer proyecto de casi dos metros en 1983, cuando vio en ese año una bicicleta tándem, pero luego la idea se volvió un hobby.

Tenía 19 años de edad en ese entonces y pensó: «Voy a inventar una bicicleta muy alta, que llame la atención de todos». Eran los días previos a los carnavales en su pueblo natal y le aseguró a su mamá que se iba a sorprender con lo que iba a sacar para esa fecha.

«Me fui al taller de un tío mecánico, compré dos cuadros de bicicleta y los monté uno sobre otro. Con ese “artefacto” de dos pisos comencé a salir entonces en los carnavales y causé sensación entre quienes estaban en ellos. En la calle fueron muchos los que se quedaron boquiabiertos y también los que me paraban en cada esquina para contemplar aquello o ver cómo yo me subía y bajaba».

Foto: Roberto Suárez

Así, este exboxeador desde los 14 años de edad y exsoldador elaboró una de 1,60 metros, cuatro años después hizo la de 3,45 y, en 1987, la de 5,5 metros, con la que causó aun mayor sensación en los carnavales avileños. «A partir de entonces construyo bicicletas enormes, incluso para mis amigos; pero la mía es la más alta de Cuba», afirma con orgullo Félix, quien nunca había sido ciclista.

«Lo que me gusta es montar bicicletas en altura. Me siento bien así y no me dan náuseas ni mareos. Tampoco uso casco ni otro aditamento que me ayude a atenuar los golpes si me caigo, aunque hasta ahora eso no ha sucedido.

«Desde esa elevación diviso mejor el paisaje y me siento relajado. Hay mucho aire y lo respiro. En el caso de La Habana, desde esa posición se ve más espléndida de lo habitual, con sus edificios, instituciones… que tienen una belleza infinita».

Guirola Cepero cuenta que sus cuadros se componen todos de bicicletas chinas, pues en Cuba no existe tecnología más moderna que le sea accesible. «Quisiera tener la posibilidad de un contacto con alguien que me proporcione materiales como fibra de carbón o duraluminio, para construir una más alta aún y con menos peso.

«No imaginas todo lo que puedo hacer con la tecnología qu

e utilizan los recordistas… Pero no me queda otra que conseguir mi sueño con lo que tengo», asegura, y añade que solo puede andar en la bicicleta de cinco y seis metros en las grandes avenidas de la capital, pues «las calles están atravesadas por una infinidad de cables eléctricos que me impiden pedalear en altura».

—¿Cómo es posible que subas y bajes tan rápido de esas bicicletas?

—Para montarla hay que escalar primero. Así en instantes soy más alto que las guaguas o toco la de los turistas de dos pisos, y un poquito más alcanzo edificios y hasta el Capitolio. Para subir o bajar siempre trato de recostarla a algo, o si no, apoyarme en algún poste de electricidad o aguantarme de algún carro alto, y ya está. (Se ríe).

—¿Y qué pasa cuando llegas a un semáforo?

—En La Habana hay muchos semáforos y los respeto al dedillo, pues no me gusta tener problemas con el Tránsito. Siempre trato de velar las luces y de cazar la verde, como decimos en buen cubano. Cuando esto no ocurre, trato de apoyarme de algo como dije; de lo contrario, bajo lo más rápido posible y luego me incorporo, pues es fácil.

«Nunca trato de pasarme de mi senda y respeto mucho las leyes de la vía. Ese es uno de los consejos que doy a quienes se dedican a pedalear en la calle, sobre todo a los más jóvenes, como también que paren donde están las señales y tengan mucha protección. Mis bicicletas, por ejemplo, tienen pegatinas donde se indica su altura y las distancias a que deben estar los vehículos de ella».

Adicto a las alturas

Fue en noviembre de 2011 cuando Félix llegó a La Habana para seguir ganando terreno con sus invenciones gigantescas. Aquí encontró a Francisca Acosta López, su esposa, quien también ha vivido la experiencia de su creatividad. No obstante, piensa que él tiene una obsesión con las bicicletas enormes, pues cada día que pasa aumenta más su tamaño y fortaleza.

Foto: Roberto Suárez

«Cuando llegué aquí le comenté a la familia de mi esposa que las mías eran las más grandes del mundo. Me decían que eso era imposible, que era un guajiro mentiroso. En cierto modo, ello me indignó y me fui a Ciego a buscarlas. En tres días estuve de regreso con ellas.

«Se asombraron los familiares de Francisca cuando toqué la puerta y les dije: “Salgan y miren lo que hay allá afuera”. Cuando vieron las bicicletas no querían creer que yo las montara. Acto seguido salí para La Lisa donde vive el resto de la familia y aquello fue tremendo», narra.

Advierte Francisca que siempre le dice a Félix que se cuide y más ahora que alista la de diez metros. «Le deseo suerte en su empeño», asegura esta mujer, directora de Gastronomía en el Cerro, quien no pocas veces llega a su centro de trabajo transportada por el fruto del ingenio de su esposo. «Al principio sentía miedo y estaba extraña allá arriba, pues no me acostumbraba, hasta que poco a poco él me convenció y fui ganando en seguridad», confiesa.

Al indagar en la historia de este intrépido y resuelto cubano, vemos que es un adicto a las alturas. Se inició en ellas escalando palmas durante su adolescencia, agilidad que lo inspiró a construir y montar bicicletas altas, así como adquirir la destreza de trepar y descender de ellas con facilidad.

«Cuando subía matas de coco, algo que aprendí de mi padre, picaba dos pencas y bajaba con ellas como algo normal, sin sogas ni nada por el estilo. Pasó el tiempo, y en la bicicleta cogí la misma habilidad… Yo me tiro y parezco una pluma en el aire», recuerda Félix.

Foto: Roberto Suárez

Así, al transitar por La Habana, llama la atención de cientos de transeúntes, y hasta de quienes integran la policía de Tránsito, quienes en varias ocasiones lo han parado, solo en forma de broma. «Muchos de los agentes, como hacen con otros choferes, me han silbado para que me estacione en el lugar.

«Freno, me tiro, caigo parado, aguanto la bicicleta y después que estoy abajo me dicen: “Lo que quería ver es cómo usted se sube y baja de ese vehículo”. Entonces vuelvo sobre la bici y me voy», dice Félix, quien asegura que «ellos no pueden imaginar cómo respeto las señales de tránsito, me bajo donde me indiquen, paro en los semáforos…»

Y como este es un hombre al que le gusta escalar, estar en movimiento y ser fanático a los objetos grandes, alega que se emocionó cuando estuvo en La Habana el francés Alain Robert, el llamado hombre araña, con quien se tomó fotos y conversó sobre su historia. Además, tuvo la oportunidad de conocer al turco Sultán Kosen, reconocido como el hombre más alto del mundo, quien también nos visitó.

De algo está convencido Félix —quien igualmente ha construido una moto de gran tamaño (dos metros) y un papalote gigante—, dejaría de ser él si no estuviera montado en este gigante de dos ruedas. «Para lograr esto hay que mantener eso que los cubanos llamamos “mente positiva” y una alta capacidad de concentración, pero nada más importante que la energía y el entusiasmo que transmite el público, especialmente los niños»

Foto: Roberto Suárez

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