Retrato Amado

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Autor:

Enrique Milanés León

Se busca un hombre, va amado y no está solo, dispuesto a dar batalla.

Miremos bien: es el discípulo antorcha que con el puño alumbra, pasado un centenario y en camino de otro, la andadura serena de su Apóstol tan nuestro.

Un jefe que empezó en el Moncada a liberar el país con balas que a la larga se convirtieron en lápices para escribir el bien.

Tiene estampa de yate y aprendió muy temprano a traspasar con otros las encrespadas olas de la Historia que hacemos.

Sus dedos parecen picos de una Sierra que oscila entre sus manos coronada de nubes. Cuando va de pelea, los adversarios tiemblan: porta en la diestra un poderoso índice que barre las mentiras y ha marcado la altura de nuestra dignidad.

Ahí reside, en la raíz de Cuba, el hombre cuartilla, farol en sí mismo, que asumió que llegar a la Z era solo el comienzo de lo que todos los suyos debíamos saber.

El país está lleno de su imagen: soldado de innata mira telescópica que —a la inversa de lo que suele creerse— le dio puntería a su fusil. Mil batallas después, es aún el terror de mercenarios.

No es otro que el que llegó y mandó a parar lo que había que parar. Y lo mantuvo a raya. El que nos devolvió una Isla de la que apenas nos quedaban cayos.

El que chapeó con leyes y con actos la mala hierba de los terratenientes y le entregó la tierra a los campesinos.

Con él se juntaron otra vez industrias e ingenio popular y los «míster» tuvieron —como en los muñequitos— que llevarse el central para su casa.

Es la aguja que, con punto mambí, teje la unidad y hace irrompible un lienzo de plena cubanía. Y en el ovillo patriótico ha resultado hilo, mitad de barba recia, mitad de caguairán.

El paladín que, guiando a su Patria, llegó hasta la humanidad y conquistó en ella, a fuerza de una oratoria de ejemplo, un sitio para los pobres del mundo.

Para celebrarlo y celebrarnos, se busca al hombre ciclón que jamás temió a los temporales, al torbellino de bien que gira en esta tierra a una sola, una misma Revolución por un minuto —que ya dura, de Céspedes a él, 148 años—, siempre a favor de las manecillas de los humildes.

Se sigue al líder árbol, al tronco de 90 nudos que orbitan el agosto del año 1926.

Hay alta recompensa: quien le ve, quien le escucha, aprecia los anclajes de esta isla inmune a los vaivenes. Quien va a su lado halla un camino seguro al mejor horizonte con una brújula llamada simplemente Fidel.

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