Todos vivos, que es lo que vale

La Melba, una comunidad casi escondida en el Parque Nacional Alejandro de Humboldt, es un vaivén de piedras y puentes metálicos y orquídeas rosadas y árboles derribados por el huracán Matthew cuando se ensañó con la geografía moense

Autor:

Abdiel Bermúdez

Aquí hay un helecho del tiempo de los dinosaurios, dice Nílcer, embutido en su uniforme verde olivo de Presidente del Consejo de Defensa en Moa, y todos a la vez miramos afuera, pero nadie ve nada. Él conoce hasta el nombre científico, pero no logro copiarlo en la agenda porque aparecen los saltos de agua conocidos como Las Comadres y Los Compadres, y todo el mundo desvía la atención hacia las supuestas —y benditas— cualidades que ofrece el agua para los hombres que beban de ella. Bebimos, claro, y seguimos…

La ruta hacia La Melba, una comunidad casi escondida en el Parque Nacional Alejandro de Humboldt, es un vaivén de piedras y puentes metálicos y orquídeas rosadas y árboles derribados por el huracán Matthew cuando se ensañó con la geografía moense. Vamos en camionetas de las empresas productoras de níquel, que han hecho suya la tarea de transportar «todo cuanto haga falta para recuperarnos rápido de este ciclón», eso dice uno de los choferes, que conoce al dedillo estos rincones.

A ambos lados de la vía duele ver la quemadura que el viento dejó en los arbustos, y hay troncos que llevan tatuada la huella de motosierras de las fuerzas forestales que, por suerte, días antes desatascaron el camino.

Tres horas y 31 kilómetros después llegamos a La Melba, otrora territorio agraciado por la mina Merceditas, la cual hace años cerró sus fauces a la extracción y desde entonces es otro —más agrícola— el rumbo del montañés. Si hubiera que designar una capital para el Plan Turquino en Holguín, yo votaría por La Melba, que es algo así como el fin del mundo. Uno lo mira desde lo alto y parece un mosaico de casitas atascado en un valle intramontano al que un río parte en dos, pero «cara a cara» es la morada de poco más de 300 personas, donde el único sonido antinatural es el ronquido de un grupo electrógeno que da luz y vida a las noches.

«Aquí se situó una brigada quirúrgica, lista, por si acaso, desde que se anunció el huracán. Y las embarazadas bajaron días antes para el hogar materno de Moa», dice Yanelis Londres, la delegada de la circunscripción 54. «Todo el mundo se evacuó, lo mismo en la bodega, que en el refugio, el consultorio o las casas de placa». Andrés Londres la mira y apunta que en su hogar hubo 58 personas: «Lo compartimos todo, hasta el miedo, pero nuestra gente es de ley. En la bodega no se perdió ni un fósforo con tantos que se refugiaron allí».

Las viviendas no sufrieron mucho. Veinticuatro tuvieron afectaciones estructurales y otras dos fueron destruidas por completo. «Pero pudo ser peor», advierte Raúl Morales Arencibia. «Suerte que aseguramos los techos con cujes de árboles y bambú, atados con alambres —ejemplo tangible de lo que es aplicar la ciencia campesina cuando embate un huracán».

Para atizar el anecdotario colectivo, un grupo de pobladores improvisa un coro alrededor de Luis Antonio Torres Iríbar y Julio César Estupiñán Rodríguez, las máximas autoridades del Consejo de Defensa Provincial, que lideran el andar de nuestra caravana por estos parajes. Quienes no lo sabían se enteran, por boca del propio Iríbar, de que el radioaficionado, ubicado estratégicamente aquí, estableció comunicación con un colega de Freyre, y este, a su vez, con el equipo base en Holguín. Por ese medio se supo en Moa cómo se había portado Matthew con La Melba.

«Ahora lo que necesitamos es que nos dejen aprovechar los árboles caídos para utilizar la madera en la reparación de las viviendas que se afectaron. Con que nos autoricen y nos presten un aserrío móvil por 15 días, nosotros tenemos». La propuesta viene de Jorge Luis Delgado Labañino, presidente del Consejo de Defensa de Zona, otro de los protagonistas de la recuperación inmediata que sobrevino en el poblado.

«Estamos avanzando en la electricidad con esa brigada de linieros que ustedes ven. Ya la escuela y la farmacia tienen sus techos, falta el de la casa de la cultura, los equipos pesados del níquel despejan los caminos y tenemos pan del bueno en la panadería». Los montañeses no se dan brillo injustificado en el ombligo, y lo compruebo más tarde de manos de Yudelsi Cobas, el administrador que guareció a toda su familia en la estufa de la panadería. «Hacía un calor tremendo, periodista, pero estábamos seguros».

En 15 horas cayeron más de 470 milímetros de lluvia. Los más viejos, apelando a una memoria prodigiosa, enfatizan que el río subió cuatro metros más que cuando el Flora. Isacc Daniel, a su corta edad, solo sabe que el viento soplaba durísimo; pero Aida Jústiz, una veterana en estas lides anticiclónicas, se lleva las manos a la cabeza para decir en voz alta que hay que agradecerle «a Rubiera y a esta Revolución que nos ha dado tanto, porque el huracán fue tremendo, pero todos estamos vivos, que es lo que vale».

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