Nunca te irás

Consternados, miles de avileños dijeron adiós al Comandante en Jefe

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Sobre las 12:20 de la tarde, en Los Elevados de la ciudad de Ciego de Ávila aparecieron los primeros vehículos de la caravana que, por el camino de la libertad, transporta hacia Santiago de Cuba las cenizas del Comandante en Jefe. La multitud colmaba los dos lados de la Carretera Central.

La confirmación de que se acercaba, de que el paso era inminente, fue el helicóptero. «Ahí está, ahí está», repetían. Era la misma exclamación que lanzaban cuando él estaba cerca, cuando todos esperaban verlo aparecer con su uniforme verde olivo, sus grados de Comandante ganados por derecho propio, por ponerle el pecho a las balas para defender la dignidad de su pueblo.

Luego fueron las luces de las motorizadas, el camión de la prensa. Y entonces apareció. En silencio, rodeado de flores, arropado por la bandera que tanto defendió y que ahora protege sus cenizas. Y los gritos se transformaron en vivas y «yo soy Fidel», y esos gritos se trastocaron en el nudo que le apretó la garganta a muchos. Unos lo soportaron, otros no pudieron y las lágrimas tuvieron que aflorar.

Ahí ibas tú, Fidel; por toda la Carretera Central, la misma que viste en la noche del 5 de enero de 1959, llena de combatientes de la Sierra que llenaban de combustible sus camiones y tanquetas para avanzar hacia La Habana. Pero, como en aquel momento, no ibas solo. No estás solo, Fidel. Nunca podrás estarlo. Nunca te irás, Fidel.

Los niños avileños escriben cartas al Comandante.

Una multitud saludó el paso de las cenizas del Comandante en Jefe por la Carretera Central, entre las calles Simón Reyes y Maceo.

En estos días los rostros de Fidel se han multiplicado en la Isla.

La aurora de enero

Era todavía de madrugada y el Sol no había salido cuando hombres barbudos, de uniforme verde olivo y con las más diversas armas, comenzaron a llegar a la ciudad de Ciego de Ávila. Era el lunes 5 de enero de 1959.

De inmediato en la población se extendió la noticia del arribo de quienes conformaban la avanzada de la Caravana de la Libertad del Ejército Rebelde. En el transcurso del día y hasta entrada la noche, los avileños presenciaron el paso de decenas de vehículos y medios blindados, muchos de estos últimos montados sobre rastras y con numerosos combatientes encima.

En Ciego de Ávila los rebeldes aprovecharon para hacer un alto y descansar. Durante esas horas, el pueblo avileño les tributó muestras de cariño. Innumerables familias abrieron las puertas de sus casas para que durmieran, se bañaran o comieran. Numerosos testimonios recuerdan cómo los habitantes les pedían una bala de recuerdo, un collar o cualquier tipo de objeto, por muy pequeño que fuera.

Al oscurecer de ese día, Fidel llegó a la ciudad. Primero se detuvo ante el antiguo aeropuerto agrícola por unos minutos. Luego siguió camino hasta el bar Bahía. Al ver parqueadas varias tanquetas, descendió del vehículo y conversó con los combatientes del Ejército Rebelde. También indagó por el estado de los blindados.

Después siguió por la Carretera Central y a la altura de la calle Martí dobló a la derecha para dirigirse a la casa No. 108, en la calle Cuba, entre Martí y Narciso López.

El Comandante en Jefe viajaba acompañado de varios miembros del Ejército Rebelde. En ese domicilio permanecieron durante tres horas. Allí comieron y descansaron. Vieron la televisión, se informaron de la situación del país y en varios momentos Fidel indicó llamar por teléfono a otros lugares.

Luego de despedirse, el Comandante sale a la calle Narciso López para tomar la Carretera Central hacia Sancti Spíritus. Una jornada había concluido. La historia de un pueblo y su líder estaba comenzando.

A la entrada de la ciudad, el pueblo le dio la bienvenida a los rebeldes triunfantes.

La Caravana de la Libertad en Ciego de Ávila.

«Mientras avanzábamos por los pueblos y veía con el cariño

que nos recibían y aclamaban, iba ganando en conciencia

de la responsabilidad que tenía de cuidar a Fidel. Estaba pendiente de cada detalle de la carretera, al más mínimo movimiento

de la multitud. Iba con los ojos fijos al timón. Tenía su vida en mis manos y no podía fallarle al pueblo y mucho menos a Raúl,

la persona que con mayor devoción y consagración se ha dedicado a proteger al líder de la Revolución. Sin embargo, cuando menos

lo esperaba, me sorprendía entusiasmado escuchando a Fidel hablar de proyectos, de compromisos, de cosas por hacer.

Fidel nos iluminaba con su proverbial vocación de tender puentes

de amor entre la gente, entre los pueblos».

Testimonio de Alberto Vázquez (Vazquecito),

chofer de Fidel durante la Caravana, citado en el libro

Caravana de La Libertad, de Luis Báez y Pedro de la Hoz

Toda la provincia mostró su agradecimiento por la obra de Fidel.

Las lágrimas fueron inevitables.

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