El amor incurable de Morejón

Murió el fotorreportero Roberto Morejón, quien acompañó las páginas de este periódico desde 1976 hasta que la diabetes lo obligó a jubilarse en 2015

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

A todos nos parece que el teléfono sonará en cualquier instante, pero sobre todo cuando la tensión productiva en Juventud Rebelde se torna tan inflamable que encender un cigarro puede ser un peligro. Y eso lo sabía Roberto Morejón. De hecho era el momento preferido de ese fotógrafo siempre sagaz, pero bromista como el más típico de los cubanos, que nos acompañó desde 1976 hasta que la diabetes y otros no pocos achaques lo obligaron, no con escaso esfuerzo, a jubilarse en 2015.

Porque Morejón amaba las bromas (y retratar las caderas más cubanas que provocaran a su cámara pícara) casi tanto como a JR, que es mucho decir. De hecho no me hubiera extrañado que su última ocurrencia —tal vez pensando que podría ocurrir que lo olvidaríamos—, fuera decidir irse de este mundo, como lo acaba de hacer para llenarnos de dolor, aguantando hasta el último respiro en sus manos ya inertes el periódico que le pedía a su hijo, también extraordinario fotorreportero, que le llevara hasta el hospital.

Fundador de Prensa Latina, donde se acercó al gremio primero como empleado de servicio, su mayor huella dentro del periodismo cubano la dejó plasmada, sin embargo, en las páginas de nuestro diario: en los Juegos Olímpicos de 1976; desde el buque-escuela Carlos Manuel de Céspedes, de la Academia Naval (Tuxco); durante la visita de Juan Pablo II o dándole cobertura a hechos trascendentales de la Revolución.

Poseedor de la Medalla Raúl Gómez García y de la Distinción Félix Elmuza, nos regaló no solo su presencia y buen humor, sino esa pasión y sentido de pertenencia con que nos contagió en este amor incurable por un periódico que ahora le hace reverencia por su total entrega.

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