Tiempo de meditar

La palabra de Fidel alcanzaba, a la vez, a los interlocutores de fuera y de dentro. Ahora, estudiar, pensar y hacer son las grandes tareas que corresponden a las generaciones en activo

Autor:

Graziella Pogolotti

La muerte de Fidel produjo un estremecimiento mundial. Se abatió un gran silencio. Era la expresión de un dolor compartido en forma de recogimiento. Jóvenes y ancianos pudimos palpar el tránsito de la historia. Al repasar el ayer en la multitudinaria intimidad de la hora, al mirar hacia atrás, nuestras vidas estaban entroncando con el curso general de la historia. Así lo demostraron millares de personas entrevistadas por la prensa. Evocaban los orígenes, la trayectoria personal. En esa memoria restaurada, muchos pensaron en lo hecho y en lo dejado de hacer, en la enorme responsabilidad que entraña asumir, como lo hemos hecho, su legado.

A punto de cerrar el año, reviso el transcurso de los meses con espíritu autocrítico. Me empeño en evitar las valoraciones abstractas con el propósito bien intencionado de seguir «trabajando sobre los problemas». En mi ámbito relativamente reducido, procuro examinar área por área, precisar las causas de las deficiencias e intentar la rectificación necesaria en la proyección de futuro. Porque se trata, ante todo, de echar adelante el país. Para lograrlo, habrá que empujar la carreta con un impulso de todos, sabiendo que el camino está lleno de obstáculos, algunos objetivos y tangibles, derivados del bloqueo y de sus consecuencias económicas. Otros son de naturaleza subjetiva, resultado del resquebrajamiento de valores, de desidia, de conformismo con lo mal hecho, de pérdida de compromiso con la responsabilidad que incumbe a cada cual, de pequeñas cobardías cotidianas que paralizan el ejercicio eficiente de la crítica, tan concreta y precisa como el gesto del arquero que coloca la flecha en el centro del blanco. Haber compartido las hazañas de un trozo de historia que agigantó el tamaño de la Isla exige combatir la mala yerba que crece al abrigo de espíritus mezquinos y de la corrosiva mediocridad del alma.

En ese trayecto histórico aprendimos muchas cosas. Protagonistas de un planeta que se achicaba con el desarrollo de las comunicaciones, entendimos la creciente interdependencia entre los acontecimientos que suceden en cualquier parte del mundo, en vínculo entre el resultado de elecciones en un país lejano, las sacudidas de la bolsa de valores, el movimiento financiero internacional y las perspectivas de la inversión extranjera en nuestro país. Hemos aprendido a leer los fenómenos de la realidad, pero ese entrenamiento padece todavía de numerosas insuficiencias.

La insularidad con la añadidura de una geografía que nos sitúa en cruce de caminos han consolidado una tradición cultural caracterizada por el intenso diálogo entre el adentro y el afuera. En la medida en que los criollos fueron cobrando conciencia de sí, se plantearon definir los rasgos de nuestro entorno y de nuestras posibilidades de desarrollo. Ese propósito influye en la temprana aparición de los historiadores. Con la influencia de la Ilustración, las ideas se orientaron al desmontaje del dogmatismo y la apertura hacia la modernidad. El triunfo de la Revolución Cubana profundizó el díalogo entre el adentro y el afuera, acrecentó la conciencia de la interdependencia y modificó cualitativamente la relación. Habíamos sido objeto de deseo de las potencias. Nos convertimos en partícipes activos y en referente obligados para una extensa área del pensamiento.

Hoy estamos involucrados en un panorama mucho más complejo. La configuración del planeta es otra. Las noticias ya no se transmiten al ritmo pausado de los veleros, vuelan, se adelantan a los acontecimientos, los prefiguran y los inventan. El impacto en nuestras vidas de la aceleración del ritmo paraliza la capacidad reflexiva. Universalizar el uso del alfabeto significó una auténtica revolución cultural. Ahora, no basta con descifrar la letra impresa. En la era de Gutenberg escogíamos cuándo, cómo y qué íbamos a leer. En la actualidad, el mundo audiovisual se nos impone, nos envuelve, condiciona nuestros gustos y necesidades, adormece la independencia del pensar. La respuesta no puede conducirnos a buscar refugio en el fondo de la caverna. Corresponde a los más jóvenes, a las generaciones más requeridas de autoafirmación, más rebeldes, más afirmativas la búsqueda de una independencia de criterio, cambiar las reglas del juego, les toca domesticar los códigos que se les imponen y entrenarse en la lectura de mensajes que aparecen en las pantallas y se manifiestan en el comportamiento de las gentes en la vida cotidiana. De otro modo, obnubilados por la sobreabundancia de estímulos, perderíamos la capacidad de distinguir lo real de lo ilusorio.

Fidel interpretó como nadie la naturaleza del díalogo entre el adentro y el afuera. Volver a sus discursos desde la perspectiva actual es una lección de historia, pero también una lección de método. Su pueblo nunca estuvo al margen de las contradicciones fundamentales que dominaban cada etapa. La descolonización presidió los 60 y los 70, en sus vertientes políticas, económicas, militares y culturales. Mientras tanto, se consolidaba el dogma neoliberal, doctrina al servicio de las transnacionales y del capital financiero. En los 80, Fidel libró una verdadera batalla sobre el tema de la impagable deuda externa. Los países latinoamericanos fueron las primeras víctimas de las políticas de ajuste. El fenómeno se vuelve ahora contra Europa con su periferia gravemente endeudada, las consecuentes crisis políticas, el hundimiento de un idílico modelo de bienestar y las amenazas a la supervivencia de la Unión. Poco después, anunciaba el derrumbe del socialismo europeo y los peligros de un mundo unipolar. Al mismo tiempo, alertaba sobre el cambio climático, potencialmente letal para nuestra especie. Leyó los grandes problemas de la época. Su palabra alcanzaba, a la vez, a los interlocutores de fuera y de dentro. Ahora estudiar, pensar y hacer son las grandes tareas que corresponden a las generaciones en activo.

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