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Nocheplena con Fidel

El 24 de diciembre de 1959, el Comandante estuvo en la Laguna del Tesoro y, cuando las horas empezaron a oscurecer sus bocetos del programa turístico y más de uno le preguntó adónde ir, soltó una de las suyas: «¡Con los carboneros... a cenar con ellos!»

Autor:

Enrique Milanés León

Fue como si el sol hubiera olvidado algo y de pronto regresara. En Soplillar, los patios de los bohíos de las familias de Rogelio y Pilar y de Carlos y Francisca volvieron a llenarse de luz. Los muchachos, incontables,  parecían cocuyos felices. Aquel helicóptero del 24 de diciembre de 1959 llevaba dos reflectores: uno, el que encendió el piloto; el otro, el más poderoso, era Fidel.

Juan Candela, que seguro viviría algún tiempo por allí, no conoció milagro más auténtico. El Comandante estuvo en la Laguna del Tesoro y, cuando las horas empezaron a oscurecer sus bocetos del programa turístico y más de uno le preguntó adónde ir, soltó una de las suyas: «¡Con los carboneros... a cenar con ellos!».

Ese fue el origen de la Cena carbonera o la Nochebuena con los carboneros. «Aquello fue el empezóse», hubiera podido decir otro personaje de Onelio Jorge Cardoso. Celia misma —que acompañaba a Fidel junto a Núñez Jiménez y otros dirigentes— ayudó a preparar la comida y sirvió a todos, incluidos los campesinos anfitriones.

Así era: los cambios no hacían más que empezar. Mucha honra después, los cenagueros que este sábado reeditarán la cena son diferentes: tienen paz y salud, millones de letras en la cabeza, corriente y luz, que no es lo mismo ni se logra igual.

Hace 57 años, con la placidez de un vecino, el guía de Cuba escuchó al viejo Pablo Bonachea cantar estos versos:

Ya tenemos carretera

Gracias a Dios y a Fidel,

Ya no muere la mujer

De parto por dondequiera.

Con tu valor sin igual

Gracias, Fidel Comandante,

Tú fuiste quien nos libraste

De aquel látigo infernal.

Este sábado, la décima guajira entonará tibios versos en el mismo escenario y, por la noche, los carboneros rememorarán, en platos e historias, la cena inolvidable. Somos muchos a comer: la Isla entera está presta a celebrar la vida incesante del más grande invitado que ha tenido Soplillar. Cenando junto al horno de la Patria, ningún cubano descuida el fuego ni abandona aquella mesa.

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