¿El pavo nos aniquilará el cerdo asado?

Cuando se marcha «el viejo», en Cuba surgen platos, gestos, ritos. Algunos nos vienen de otros lugares, pero se han convertido en nuestros; otros siguen teniendo la «marca» foránea

Autores:

Marianela Martín González
Osviel Castro Medel
Luis Raúl Vázquez Muñoz
Lisandra Gómez Guerra

La última comida de Alexander y los suyos en 2016: un pavo asado. Hay en su mesa otros productos culinarios, sidra, manzana; pero el rey de la mesa es el pavo.

«Ya el año pasado lo celebramos así y fue bueno. Este tipo de comida te da categoría y te diferencia porque no repites lo que hace la mayoría», dice este hombre, quien a sus 38 años ya es cabeza de familia.

¿Cuántos otros piensan como él a lo largo de la nación? Tal vez no sean tantos, pero hace un tiempo era casi excéntrico pensar en «pavos y manzanas» en un país ligado al cerdo asado, el congrí, la yuca con mojo y la ensalada cada fin de año.

Algunos creen que esa ave y otras comidas no comunes seguirán creciendo en nuestras celebraciones. Y que ciertos elementos foráneos llegarán inevitablemente a los «cierres» festivos anuales.

Hay quienes hasta se preocupan por que dicen que esos nuevos componentes van en detrimento de la cubanía. Sin embargo, se puede discrepar de ese criterio.

¿Menos cubanos?

Tal como expone el sociólogo bayamés Noel Lara Sarmiento, el arte culinario no resulta el único ingrediente de lo que llamamos cubanía. «Tampoco quiere decir que consumir un pavo el fin de año te haga menos cubano, porque esa comida muchas veces experimenta una adaptación a lo nacional y lo principal es qué significado tienen para los participantes esa cena y lo que la rodea», comenta.

Para él, la celebración en familia y en el hogar, más allá del plato de ocasión, sigue siendo el aspecto distintivo de la espera del año nuevo en Cuba.

«El intercambio, el reencuentro, el ambiente de compartir lo que se tiene... marcan esa fecha desde hace mucho y forman parte de esa cubanía abarcadora y en constante evolución. Lo que ha aparecido últimamente viene a enriquecer nuestros modos de manifestarnos y proyectarnos ante una coyuntura cultural», dice.

Ese criterio se enlaza de algún modo con el del doctor avileño Dagoberto Álvarez Aldana, quien considera: «El fin de año en el país es una expresión de familiaridad. Es el apego a la familia, no solo la de sangre, también las personas afectivas que uno incorpora en la vida cotidiana».

Este endocrinólogo reconoce que antaño existía la costumbre de celebrar la Nochebuena y a partir de esa fecha se encadenaban las celebraciones. «Ahora no es tanto así, por un problema de recursos, entre otras cosas. Lo que hacemos muchos es reunirnos entre amigos y familiares, y turnarnos de casa».

No obstante, el sociólogo Lara Sarmiento advierte que no se deben descuidar las costumbres, ni darles demasiado protagonismo a los elementos introducidos espontánea o intencionalmente porque puede caerse en nocivas copias.

Disfrutar en familia del cerdo asado y botar «lo malo» con un cubo de agua son tradiciones de fin de año a las que se suman otras viejas y nuevas, pero que aseguran siempre el espíritu de unidad y alegría. Fotos: Tomada de Radio Reloj

De «afuera» y de Cuba

El cerdo asado, con todo lo que lleva para «redondearlo», no es, literalmente, un plato originario. Ese preparado, del que existen algunos referentes similares en la antigua Grecia, llegó a nosotros por el influjo español, aunque en Cuba ha tenido añadidos que lo han convertido en algo «típico y tradicional».

Tanto Ludín Fonseca García como Miguel Antonio Muñoz López, ambos historiadores de Bayamo, recalcan que en los primeros siglos de la colonia no se consumía demasiado el cerdo y que este fue ganando poco a poco adeptos en el campo cubano.

«Ni el cerdo, ni el congrí, ni siquiera la yuca que conocemos hoy, son oriundos de Cuba. Los aborígenes consumían otra variedad de yuca, amarga, y de la que obtenían el casabe. Y el cubano llano, el llamado de a pie, en el siglo XIX comía res antes que cerdo, pero a medida que fue pasando el tiempo este llegó a convertirse en algo que nos identificó en el mundo», sostiene Muñoz López.

Fonseca García asegura que el casabe, en algunas partes del oriente y en otras regiones, devino acompañante del lechón asado, algo que «cubanizó» nuestra mesa en la espera del año nuevo.

Por todo eso no hay que temer al pavo, a las manzanas y uvas, aunque, como reconocen las sicólogas granmenses Yamigle González Escalona y Elizabeth Fernández Cordero, hay otros detalles que identificaban al cubano que han ido quedando a la zaga e, incluso, convirtiéndose en aspectos «muy ocasionales», como la guayabera y el sombrero de yarey, prendas no empleadas para esperar el año.

«Es imposible obviar los procesos de globalización cultural y la influencia de los medios de comunicación; existen imitaciones que nacen por esos fenómenos; pero lo ideal es que se mantengan las raíces», afirma Fernández        Cordero.

Mientras, González Escalona considera que el crecimiento de objetos como los árboles de Navidad, menos vistos hace unas décadas, se debe a la «admisión de costumbres de otras culturas porque antes estábamos más cerrados».

Por su parte, el doctor Dagoberto Álvarez señala: «Al cubano le gusta arreglar su casa para el fin de año y adornarla para la ocasión. Eso se ve, pero en ocasiones hay carencias que conspiran contra esos deseos».

Disfrutar en familia del cerdo asado y botar «lo malo» con un cubo de agua son tradiciones de fin de año a las que se suman otras viejas y nuevas, pero que aseguran siempre el espíritu de unidad y alegría. Fotos: Kaloian

Un muñeco en el fuego y una magia

La espirituana de 28 años Katia Valdivia Acosta habla de los diferentes ritos para esperar el año, como «la quema de un muñeco para que se lleve lo malo o tirar un cubo de agua a la medianoche del 31 de diciembre». Pero hay muchos más: salir a dar vueltas con una maleta, colocarse un billete en la mano, escribir deseos en un papel, encender velas, usar una prenda nueva —incluye ropa interior—, deshacerse de objetos viejos...

Muchos de estos rituales provienen de otros lares. Así lo explica el historiador Miguel Antonio Muñoz, quien expresa, por ejemplo, que los celtas quemaban el muñeco como ejercicio purificador pero también para propiciar buenas cosechas, «por eso las cenizas se esparcían por los campos».

Esos ceremoniales que algunos emparentan con la cubanía develan las pretensiones sanas de las personas, necesitadas de triunfos, paz, salud y alegría. Se han ido quedando y es fácil pronosticar que prevalecerán por mucho tiempo.

Pero también existen otros elementos intangibles, como apunta el capitalino Rafael Ernesto Nocedo González, estudiante de piano, que se ponen de manifiesto a finales de cada diciembre, como «la capacidad de soñar, de asombrarnos; también apropiarnos de los géneros musicales traídos de otros confines y bailar con los nuestros, varios de ellos íconos de una cultura que es referencia en el mundo».

En esas magias cubanas de cada nuevo año, habitan, como dice Gabriela Molina Calvo, estudiante del Tecnológico de Química Industrial Mártires de Girón, la tranquilidad ciudadana, el compromiso con el futuro, la esperanza, el verbo de Fidel.

Hay, también, en cada enlace de diciembre con enero, en esta Cuba que late, crece, respira y sueña, un ¡Felicidades! salido del corazón, un apretón de manos, un beso y un abrazo del tamaño del cosmos.

 

Disfrutar en familia del cerdo asado y botar «lo malo» con un cubo de agua son tradiciones de fin de año a las que se suman otras viejas y nuevas, pero que aseguran siempre el espíritu de unidad y alegría. Fotos: Tomada de Radio Reloj y Kaloian

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