El soldado que «cuidó» el Granma

La necesidad económica lo obligó a entrar muy joven en el ejército de la dictadura, y la casualidad lo llevó a cuidar por cinco días la mítica embarcación. Juan Rafael Boligán González fue descubriendo a retazos la grandeza de la hazaña que comenzó en lo que, en 1956, no le parecía más que un «bote en lo hondo del mar»

Autor:

Luis Hernández Serrano

«Solo, con un fusil, varios magazines de balas, siendo un guajirito del campo, analfabeto y marinero raso, a 11 días de cumplir 18 años, tuve que cuidar un yate, sin saber la importancia que tenía, y mucho menos que la orden la había dado en La Habana el propio dictador Fulgencio Batista».

Está en la casa de su hermano Ángel, en San Antonio de los Baños, provincia de Artemisa, y este hombre de 78 años aún se sobrecoge cuando habla de la misión que le fue encomendada.

Juan Rafael Boligán González había nacido en la finca La Tinaja, en Ceiba del Agua, entonces tierra habanera, hoy artemiseña, el 27 de enero de 1938 y se alistó en la Marina de Guerra el 1ro. de septiembre de 1956.

«Al principio solo sabía poner mi nombre y mis apellidos. Tomé aquella decisión no porque simpatizara con el Gobierno de entonces, sino para amainar la dura situación de pobreza de mi familia. Éramos 14 hermanos, siete hembras y siete varones.

«Me enviaron para el Castillo del Morro a pasar un curso militar de seis meses, pero no pude recibirlo, pues el 30 de noviembre de 1956 Frank País dirigió el alzamiento en Santiago de Cuba y se suspendió todo. El 2 de diciembre sacaron urgentemente a 20 marineros, entre los que yo estaba, para reforzar el puesto naval de Manzanillo, en Oriente.

«Salimos del entonces cuartel Columbia, en Marianao, en un avión. Poco después de despegar se me ocurrió preguntarle al capitán que iba al frente de nosotros para dónde nos llevaban y con qué objetivo. Muy serio, sin mirarnos las caras, nos dijo: “Limpien las armas, aseguren los proyectiles, que cuando aterricemos probablemente tengamos el primer combate”.

«Al escuchar aquello no pude evitar replicarle: “Capitán, yo por lo menos no me alisté en la Marina para matar a nadie ni tampoco para que me maten”. Y como para que no hubiera dudas, dispuso ya enfurecido: “Ustedes son militares y las órdenes se cumplen y no se discuten”.

«Llegamos al puesto naval de Manzanillo y, afortunadamente, no sonó ni un tiro. Lo que hicimos fue reforzar a los cuatro o cinco marineros que, con cara de susto, estaban allí solitos.

«Esa noche del 2 de diciembre salimos a patrullar la costa, a pie, por los arrecifes. Éramos solamente dos marineros. Recuerdo que pasamos la fábrica de velas y los molinos arroceros de aquella zona. A las 12 de la noche entramos en Cayo Confite a merendar algo y seguimos patrullando hasta cerca de las cinco y 50 de la madrugada, que regresamos al puesto.

Cómo cuidé el yate desconocido

«La noche del 5 de enero de 1957 el capitán que estaba al mando nuestro nos comenta: “Hay que atrincherarse que viene una embarcación a atacar el puesto naval”. Pero pronto llegó la contraorden de que traían “un yate muy importante que había que cuidar por orden de arriba”. Nos dejaron el yate allí y el remolcador se fue enseguida».

El capitán, de apellido Iglesias, se paró delante de Boligán, detuvo la vista en él y le dijo:

—Usted, marinero.

Lo interrumpí y pregunté sorprendido.

—¿Yo?

—Sí, usted mismo. Venga conmigo.

A Boligán lo llevaron hasta el yate. «Al abordarlo, el capitán me comentó que en aquella embarcación había venido “un montón de locos para tumbar al general Batista”. Que la misión que yo tenía era cuidarlo, porque “era la prueba del delito de un burujón de forajidos”.

«El capitán me insistió: “Usted se queda solo en este barco. Le traerán alimento y agua”. Y alguien me aclaró para que tuviera claridad de la misión que estaba asumiendo: “Si le pasa algo a este yate le puede costar el cuello”.

«A la mañana siguiente, el 6 de enero, pude verlo bien. Empecé a descubrir cómo era. Estaba intacto. No lo habían barrido aún. Supongo que dieron la orden de mantenerlo tal y como lo habían dejado. En la proa había numerosas naranjas dulces dispersas por el suelo que estaban sin probar.

«Al caminarlo por dentro me encontré unos pomitos de penicilina y unos lápices. Todo estaba revolcado y regado por el piso. Encontré también una especie de revólver, gordo, de boca ancha, de tirar luces de bengala.

«El día 7 de enero, como a las dos de la tarde, vi que se me acercaba algo. Me preparé para no dejarme matar fácilmente, estuve listo para disparar todo el tiempo, pues pensé que iban a quitarme el yate. Pero no, era un aparato anfibio de la propia Marina del que se bajaron dos militares en un bote pequeño y todo para tirarme fotos a mí, en la proa y en la popa, y al barco. Estuve cerca de cinco días cuidando aquel barco insurrecto.

«Posteriormente, un capitán de apellido Brook se lo llevó una tarde para el muelle de Manzanillo, donde lo repararon y lo mandaron después para La Habana».

Tras dejar la custodia del Granma el joven soldado logró trasladarse para el buque P-Caribe, en la bahía de Santiago de Cuba. La fecha en que lo hizo no puede olvidarla porque fue el 13 de marzo de 1957. Ese día fue al bar con uno de sus compañeros, y desde allí escucharon en la radio que «Batista había sido ajusticiado». Después supieron que era la voz del líder estudiantil José Antonio Echeverría, caído tras los históricos sucesos protagonizados por el Directorio Revolucionario.

«Se tiró el pueblo para la calle. El marinero que fue conmigo me dijo: “¡Hay que ir para el barco!”. Corrimos los dos, pero él, que era viejo, no podía alcanzarme y yo me detenía y lo esperaba. Llegamos. Salimos en patrullaje de Santiago a Pilón, por el sur, hasta la Ensenada o la Bahía de Mora.

«Con frecuencia navegamos hacia La Habana. Entre los diez oficiales del barco, seis estaban en contra de Batista. El 5 de septiembre de 1957 desde el P-Caribe se intentó disparar contra el Palacio Presidencial, pero no llegó a hacerse…

Boligán también fue testigo de la enorme manifestación en que se convirtió el entierro de Frank País, tras su asesinato el 30 de julio. «En el cementerio pregunté dónde estaba la tumba de Martí. Yo iba vestido con el uniforme de marinero. Cuando regresé al barco solo dije que había estado de casualidad entre el pueblo y que había mucha gente.

«En el P-Caribe estuve de camarero junto a un orientalito llamado Reinaldo Torres Rey. No lo he visto más. Él me dijo que cuando llegara a Pilón se alzaba con los rebeldes. Y yo le dije: “Y yo me licencio”. A principios de 1958 lo hice y trabajé en La Habana, primero frente al Mercado Único, de estibador. Luego en el almacén de víveres de San Antonio. De allí pasé a Acopio, también estibando. En 1972 empecé a trabajar en la secundaria José Artigas, donde conocí a mi esposa actual, profesora de Español y Literatura jubilada, Coralia Deltodo Espinosa, hija del guerrillero de la Columna del Che Juan Ramón Deltodo Mendoza, ya fallecido y sepultado en Santa Clara».

Estuvo tres años de plomero en esa escuela, convertida después en la Internacional de Cine y Televisión. Allí aprendió a manejar, y en 1975 ya estaba al timón de una de las guaguas del centro. Se retiró con 73 años, en 2011.

—¿Qué sintió cuando tuvo conciencia del valor real de aquella embarcación y sus expedicionarios?

—Cuando supe que aquella embarcación era el yate Granma, donde vinieron los expedicionarios, pensé que había sido un heroísmo tremendo, pues me parecía un bote fondeado en lo hondo del mar. Sentí que estuve parado donde antes estuvieron los héroes como Fidel, Raúl, Camilo, el Che, Almeida, Ramiro y tantos otros valientes. A los pocos días de terminar mi custodia del Granma oí decir a un oficial que el propio Batista dio la orden de cuidar como oro ese barco, porque en él se cometió el delito de desembarcar en una costa cubana en son de guerra. ¡Y, por casualidad me escogieron a mí para cuidar el yate durante varios días!

—¿Qué sintió tras la muerte de Fidel?

—La muerte de Fidel está entre las caídas más grandes que nos han ocurrido. Fue el hombre que hizo salir a flote en nuestra tierra al campesino, al trabajador, al joven, al estudiante, al niño, a todos. Al conocer la noticia recordé que él visitó como tres veces la Escuela de Cine donde yo era chofer, y casi le di la mano en una de esas visitas... Hubiera podido decirle: “Comandante, yo cuidé su Granma como cinco días...”».

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