Los últimos 37 días de un joven mártir

La historia de por qué Rolando Pérez Quintosa se halla ahora entre sueros, oxígeno e incertidumbre se repite todos los días en las casas y en las calles de la Isla. Los cubanos hablan de él, se han aprendido para siempre su nombre y el de otros tres jóvenes que cuidaban la frontera marítima de la costa este de la capital

Autores:

Wilmer Rodríguez Fernández
Yunet López Ricardo

El pueblo entero está pendiente de él. Cuba, indignada y dolida, sigue las noticias para saber cómo amanece, si tiene alguna mejoría… y se aferra a la esperanza de que el muchacho de 23 años vaya a vencer a la muerte.

Es enero de 1992, y desde la madrugada del 9, él libra en una sala del Hospital Naval de La Habana la batalla más dura. Cerca, muy cerca, está su madre Juana, su esposa, su hijo Rolandito, que aún no cumple el primer año, y el país, todos a la espera de los partes médicos.

La historia de por qué Rolando Pérez Quintosa se halla ahora entre sueros, oxígeno e incertidumbre se repite todos los días en las casas y en las calles de la Isla. Los cubanos hablan de él, se han aprendido para siempre su nombre y el de otros tres jóvenes que cuidaban la frontera marítima de la costa este de la capital.

La respuesta es una ráfaga

A la Base Náutica de Tarará llegan aquella noche siete hombres sin respeto a la vida en busca de una embarcación para salir ilegalmente hacia Estados Unidos. Uno de ellos, Luis Miguel Almeida Pérez, había trabajado allí y por eso sabe cómo burlar la seguridad.

Entran, sorprenden y desarman al custodio Rafael Guevara Borges y al soldado Orosmán Dueñas Valero, de Tropas Guardafronteras. Van dispuestos a matar si es necesario para conseguir llegar al Norte. Logran abordar una nave, pero el motor se niega a arrancar.

Corren algunas noticias de que hay problemas en la Base de Tarará. Rolando, sargento de primera, y el sargento de tercera Yuri Gómez Reinoso, de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), están cerca y llegan hasta la garita donde encuentran al soldado y el custodio acostados y amarrados.

Tratan de liberarlos, pero al parecer se dan cuenta de que alguien se acerca. Luis Miguel Almeida, el jefe de la banda, se dirige hacia el lugar con la misma AK que les había arrebatado a los combatientes.

Rolando intenta convencerlo para que se entregue y la respuesta es una ráfaga a muy poca distancia que le quita la vida a Yuri y a él lo hiere en el tórax y el abdomen. Entonces el asesino entra a la garita y, a boca de jarro, dispara contra Rafael y Orosmán.

Ya se retiran los asesinos, pero se percatan de que hay un herido quejándose y otro del grupo regresa y le dispara en el corazón, por miedo a ser reconocidos y delatados. Rolando lo observa todo. Está gravemente herido, pero consciente, y minutos después, cuando lo suben a una ambulancia, logra decir que Luis Miguel era uno de los homicidas. «Fue el violador, el violador», repite, pues el asaltante estaba siendo investigado entonces por ese crimen.

Gracias a eso, en menos de 48 horas los culpables son capturados por oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y del Ministerio del Interior (Minint); tres en La Boca, en Mariel, y los otros cuatro posteriormente.

Una batalla por la vida

Ahora el pueblo entero está pendiente del joven mártir que pelea por su vida desde hace más de 30 días en una sala del Hospital Naval. El Comandante en Jefe Fidel Castro, preocupado por su salud, lo ha visitado ya varias veces.

En una de esas ocasiones se interesó por cuántas personas estaban trabajando directamente con el paciente. Le respondieron: 70. Todos los recursos de la ciencia fueron aplicados, no solo los adelantos cubanos, sino también extranjeros.

En otro de los momentos en que estuvo en el Naval, Fidel preguntó si Rolando estaba despierto. Y sí, estaba consciente y pudo verlo, saludarlo.

Días después, el Comandante explicaría que en cierto momento los antibióticos controlaban las bacterias, pero el nivel de toxinas era muy elevado, y una transnacional norteamericana que desarrolló un anticuerpo monoclonal necesario para Rolando, se negó a vender el producto a Cuba porque violaba las normas establecidas.

De todas formas, a través de amigos el medicamento llega; pero las toxinas no son el único problema. Había recibido cuatro impactos de bala, uno de los cuales le hizo estallar prácticamente el colon.

Ante la pérdida de sangre, hemorragias, infección, peritonitis y los órganos vitales que comienzan a fallar, poco pueden hacer los médicos.

Aunque su espíritu, resistencia física y juventud, como dijo Fidel, no dejaban perder la esperanza, el 16 de febrero, luego de 37 días de intensa lucha para ver crecer a su hijo, cuidar de su madre y amar a su esposa, el joven murió.

Hoy, luego de 25 años, el crimen, aunque recibió justicia, no se ha olvidado. Los médicos que lo atendieron, su familia y millones de cubanos recuerdan aquellas semanas de lucha por salvar la vida de un hombre.

Rolando tendría ahora 48 años. Sus victimarios no lo dejaron ver a su hijo graduado de ingeniero, pero quien hoy ya tiene más edad que la que tenía su padre cuando murió, mira las fotos y siente orgullo de la resistencia del joven que le dio hasta el nombre y luchó bravamente.

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