El naufragio de los sueños - Cuba

El naufragio de los sueños

El dolor aún permanece en las familias de quienes, incitados por la ya eliminada política de «pies secos-pies mojados», cometieron delitos en pos de salir ilegalmente del país o perecieron intentándolo

Autores:

Roberto Díaz Martorell
Luis Raúl Vázquez Muñoz

Juana González Torres vive en Isla de la Juventud y todavía el dolor la consume: hace más de 20 años que no disfruta de la presencia de su sobrino.

«Es muy duro, mijito, y triste para toda la familia. Una no tiene vida y sufre todos los días», dice mientras en su rostro comienza a aparecer el dolor de la ausencia.

«Mi sobrino era un hombre bonito, alto, tenía buen trabajo y se llevaba bien con todo el mundo; pero la “juntamenta” y las falsas promesas que llenan la cabeza de los jóvenes, lo empujaron a irse del país».

Su sobrino fue el protagonista de uno de los dos casos de secuestro de avión que tuvieron lugar en el Municipio Especial a principios de la década de los 90.

«Al final no disfrutó nada, está preso desde entonces y su mamá, mi hermana, no ha podido engordar ni una onza. Esos “cantos de sirenas” no solo le quitaron el sueño al muchacho, sino también la alegría a la familia completa», comenta y seca sus lágrimas.

«¿Cuántas familias hoy en Cuba, padres, madres, abuelas, tías, lloran las ausencias? Unos presos, otros fallecidos, otros desaparecidos… todos por la misma causa: la incitación desde Estados Unidos a abandonar el país por la vía ilegal.

«Lo que más duele es que muchos piensan que la familia de quienes se lanzaban a una salida ilegal conocían de sus planes. Tal vez algunas sí, pero no imagino a una madre aceptando que su hijo se monte en una balsa con todos los peligros que eso entraña. La mayoría no se lo dice a nadie, solo a sus amigos, y las consecuencias las sufrimos todos.

«El acuerdo de estos días debió firmarse hace mucho tiempo. ¿Cuántas vidas de jóvenes se hubieran salvado?», se pregunta.

A la deriva

En Ciego de Ávila, ella pide el anonimato. «Yo cuento la historia de mi hermano, pero sin nombres —dice—. Tengo familia en Estados Unidos, en Miami, y no quiero que pase nada. Además, mis padres no quedaron bien después de la desgracia».

Por eso la llamamos Isabel. Todo ocurrió hace unos pocos años. Su hermano —un hombre alto, fuerte, de ojos claros y bien parecido— llegó a la casa todo sudado. Se lavó el pecho y la cara con agua de un cubo, mientras su madre le alcanzaba un pulóver. Luego él la llevó aparte y le dio la noticia: se iba ilegal con su mujer para Estados Unidos.

Sin muchos detalles el hermano le explicó a la madre cómo lo haría y, al final, dio la última instrucción: «Pase lo que pase, no se lo digas a nadie —insistió—. No lo digas ni aquí en la casa. Espera a que yo te llame». Le dio un beso y la calmó: «No te preocupes, todo va a salir bien».

Luego pasaron los días y por más que trató, la madre no pudo controlarse. Dejó de comer, andaba ansiosa y constantemente se pasaba las manos por la cabeza. A insistencia de Isabel lo dijo todo. Ya hacía más de tres días que no sabía nada del hijo. Isabel empezó a llamar a distintas embajadas y a la familia en Estados Unidos. Tampoco sabían. Hasta que una tarde, a los 15 días aproximadamente, sonó el teléfono con la noticia.

Los detalles de lo sucedido los conocieron al cabo de los meses. Por el relato de los sobrevivientes se supo que todo comenzó con un engaño. Era un grupo de 14 personas, en el que viajaban dos niñas de 14 y 17 años; entre los mayores habían comprado un barquito en 150 000 pesos con propela y un motor de repuesto, que el dueño aseguró que se encontraban en buen estado.

Salieron de noche por la costa norte de Artemisa. Al navegar unas 20 millas, el motor del barco dejó de funcionar y el de repuesto no quiso trabajar. Fue así que un viaje pensado para una noche, empezó a convertirse en una odisea.

Entre los bultos llevaban unos diez pomos de agua, que se agotaron en las primeras jornadas. Entonces comenzaron a orinar en las vasijas y a intentar hidratarse con sus desechos o con el agua de mar. Los vómitos no tardaron en aparecer y para mayor calamidad, el que llamaban el capitán, un pescador del puerto de Júcaro, fue el segundo en morir. Cuando lanzaron el cadáver al mar y lo vieron hundirse, sintieron que con él se iba la última esperanza de hacer un viaje feliz.

Con una brújula y la posición del sol intentaron mantener el rumbo de día; por la noche, se guiaban por las estrellas para descubrir al amanecer que no sabían a ciencia cierta dónde estaban.

Durante esos días en los que no vieron barco alguno, lanzaron al mar seis cadáveres; estaban, sin saberlo, en una zona escasamente navegada, por los arrecifes y bancos de arena.

En las jornadas finales quedaron varados en medio del océano, castigados por el sol. Cuando nadie pensaba sobrevivir, divisaron un barco. Desesperados, dos muchachos del grupo —uno de 17 años y otro cercano a los 30— se lanzaron al mar en medio de los gritos del resto. Salieron a la superficie y apenas pudieron dar brazadas en dirección al buque. Se hundieron en el mar.

El buque dio el aviso, y un helicóptero evacuó a los más graves. El hermano de Isabel murió de un infarto durante el vuelo. Cuando les presentaron los restos a los familiares, ellos no pudieron reconocer de inmediato el cadáver. Había quedado tan deteriorado que se negaban a aceptar la identificación, a pesar de que los sobrevivientes aseguraban que era él. Finalmente, la dentadura frontal, distintiva en la familia, les ofreció la prueba definitiva.

«Todavía no entiendo por qué tomó la decisión de irse, explica Isabel. Nunca dijo que quería hacerlo. Aquí vivía bien, tenía dinero. Pensamos que sus últimas relaciones lo embullaron, no sabemos bien. Lo único que sé es que ese viaje fue un infierno».

 

La vida vale mucho más

Luego de que se dio a conocer el acuerdo migratorio entre Cuba y Estados Unidos, que el 12 de enero último eliminó la política «pies secos-pies mojados» y el Programa de Admisión Provisional (Parole) para profesionales cubanos de la salud, Juventud Rebelde ha publicado varios trabajos sobre el tema.

En nuestra web, muchísimos lectores han compartido sus criterios, y varios coincidieron en que de este modo se defiende la vida humana ante los peligros que supone la emigración ilegal, la que por muchos años fue abiertamente incitada desde Estados Unidos.

El lector que se identifica como Rigoberto califica a este como un muy buen paso del Gobierno de Estados Unidos, que concuerda con el carácter humanista de la Revolución socialista cubana y evita muertes innecesarias en el mar o en una travesía peligrosa por Centroamérica.

Regla Teresa dice que ve muy bien que se derogue dicha política, porque «la vida de los seres humanos vale mucho más». Con lo que coincide el usuario que se identifica como Hola: «…así habrá menos personas muriendo en ese inmenso mar», quienes según él «piensan más en otras cosas que en sus propias vidas y muchas veces no respetan la de sus hijos, por lo que creyendo que les harán un bien, les hacen mal».

TaniaMtaz también se sensibiliza con las situaciones que vivieron los más pequeños con respecto a las salidas ilegales: «Me alegra saber que tres de mis familiares, entre ellos un niño que ha sido arrastrado a semejante travesía, no perderán la vida en ese horrible intento. Sus padres, a pesar de que los han regresado, juraban intentarlo una y otra vez.

«Recuerdo con dolor la entrevista por la TV a una madre que intentó irse por una zona de Villa Clara y, al naufragar, le dijo a su niña que se sujetara a su cuello. Comenzó a nadar y cuando paró se dio cuenta de que ya su hija no estaba con ella... Es solo uno de los tantos y tantos ejemplos de los que han quedado en medio de las dos orillas, en ese fatal intento por llegar al llamado sueño americano».

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