Che, expresión viva de la herejía

Uno de los más consecuentes estudiosos de la obra revolucionaria del Che fue Fernando Martínez Heredia, quien acaba de partir adonde el Guerrillero inmenso. Leer de nuevo al Maestro de juventudes reflexionando, como hace diez años, sobre el guevarismo y la Cuba actual, es un modo honrado de honrarlos

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Las ideas de rebelión y cultura del profesor Fernando Martínez Heredia proponen siempre más interrogantes que certezas. El proceso histórico cubano es su «campo central de actividad intelectual». Autor de libros imprescindibles para nuestro pensamiento político como Desafíos del socialismo cubano (1988), Che, el socialismo y el comunismo (Premio Casa de las Américas, 1989) o En el horno de los 90 (2005), por estos días dicta clases en Brasil; haciendo guevarismo al andar. Desde allá nos respondió este cuestionario.

—Muchos definen al Che como el teórico por antonomasia de nuestro proceso revolucionario. ¿Qué aportó a un hombre de acción esta pasión por teorizar?

—El Che, como Fidel y un número creciente de sus compañeros, se vieron en la necesidad de pensar la revolución que estaban haciendo, y proyectar su estrategia hacia el futuro. Desde el Moncada, la acción de ellos fue «un asalto contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios». Después del triunfo hubo que pensar una y otra vez frente a cada uno de los desafíos y las tareas, porque no había fórmulas ni recetas válidas para llevar adelante una revolución verdadera. Siempre unido a Fidel en el desarrollo de las ideas más revolucionarias, el Che pronto se destacó por su enorme capacidad de análisis, de combinar la concreción con el vuelo y audacia de ideas que la Revolución necesitaba, de extraer núcleos teóricos de las experiencias vividas y los problemas planteados, y también por su capacidad reflexiva e intuitiva para teorizar e ir mucho más lejos que el pensar sobre lo contingente. (…).

—Según Ud. «el marxismo del Che es un fruto de la Revolución Cubana». ¿Cuánto de ese marxismo le falta por incorporar en la vida práctica a la propia Revolución?

—Soy cuidadoso en cuanto a las relaciones que existen entre el desarrollo de un proceso histórico determinado y el de las ideas que existen dentro de él, porque no se trata de relaciones simples. Después de los primeros años 70, el marxismo sufrió graves deformaciones en nuestro país, y aunque comenzó a recuperarse desde que Fidel lanzó la campaña de rectificación de errores y tendencias negativas, hace 20 años, todavía le falta mucho para salir de los efectos de aquellas caídas y volverse capaz de influir en el presente y el proyecto socialista cubano. Entonces hay cierta distancia entre la vida práctica de la Revolución y el marxismo existente. Es una de las tareas que tenemos por delante (…).

—¿Por qué Ud. afirma que la rebeldía «comunista» y «organizada» del Che nos conduce a un proyecto «tan ambicioso que resulte viable»?

—Existe una enorme distancia entre un socialismo formulado como resultado del desarrollo de las fuerzas económicas y la riqueza material, y las realidades de los países en los cuales se han llevado a cabo todas las revoluciones socialistas. He sostenido y creo que, sin embargo, la posición revolucionaria practicada y defendida por Cuba, expuesta en las ideas del Che y de Fidel, es a la vez muy ambiciosa y viable. Es decir, no pretende conducirse por «etapas», porque así no se sobrevive a enemigos tan poderosos y ubicuos, o se estanca el proceso, sino movilizar siempre las fuerzas que sí se poseen, las capacidades y la conciencia que se hagan cada vez más masivas y organizadas. Como sintetizó tan bien el Che al decir que debemos salir para el comunismo desde el primer día, aunque nos pasemos toda la vida tratando de construir el socialismo.

—¿A qué se debe que, como Ud. sostiene, «nadie asocie al Che al pasado del socialismo, sino a su futuro»?

—El Che es una expresión viva de la herejía cubana: una revolución comunista de liberación nacional, internacionalista de verdad —no como un ropaje de la razón de Estado—, ejemplo de universalización real de los ideales de Marx, Engels y Lenin, al mismo tiempo que del pensamiento y los ideales de José Martí, vanguardia insurrecta del llamado Tercer Mundo. Está claro que nada de eso puede ser confundido con lo que llegó a llamarse «socialismo realmente existente», como pidiendo disculpas por no parecerse o haber abandonado los ideales y el camino de la gran Revolución de Octubre. Pero más allá de las críticas tan profundas que pueden encontrarse en el pensamiento del Che a lo que hoy llamamos pasado del socialismo, está en pie el venero extraordinario de sus ideas acerca de la creación de personas nuevas, del proceso de transición socialista, de los cómo para lograr tantas transformaciones y creaciones, del proyecto como guía y rector del poder revolucionario. Y la fuerza de su ejemplo.

—Ernesto Guevara es visto como un ídolo de la cultura revolucionaria del debate. Esa faceta suya, ¿cómo se imbricaría en los procesos socialistas por venir?

—Che advertía a todos, al final de su primer texto del famoso debate económico de 1963-1964, que existían posiciones e ideas diferentes acerca de la construcción del socialismo en el seno de la dirección revolucionaria, y que estaban muy bien discutirlas públicamente, siempre que fuera de manera fraternal y se mantuvieran las reglas del debate. Si entonces nos fortaleció mucho profundizar y concientizar mediante el debate —cuando nuestras fuerzas y nuestros conocimientos eran mucho menores que los actuales—, está clara la importancia de asumir hoy el debate como un recurso indispensable para la revolución socialista, como es el oxígeno para la vida. Hay quienes subestiman la expresión «socialismo del siglo XXI», porque no les parece suficientemente fundamentada y «seria». No se dan cuenta de que nunca puede ser el socialismo calco ni copia, como reclamaba Mariátegui. Para lograr esa creación heroica no se puede partir de una donación, hecha por unos pocos iluminados, sino de la participación calificada y creciente de millones. (…).

—En El Socialismo y el hombre en Cuba (1965) se advertía sobre «la necesidad de una serie de mecanismos, las instituciones revolucionarias». Sin embargo, en las experiencias socialistas la burocracia y el inmovilismo han minado estas instituciones. ¿Cómo el legado guevariano podría contribuir a combatir estos males?

—Depende de cada país, del momento de su proceso liberador en que se encuentre y de las circunstancias que lo favorezcan o amenacen. De todos modos, rescato la advertencia del Che, que alaba la relación carismática que multiplica las fuerzas populares y permite avanzar con celeridad, pero pide que se vaya avanzando en una institucionalidad revolucionaria, garantía de los avances del proceso y de los derechos individuales y sociales, y enemiga jurada de la burocratización. El pensamiento y las prácticas del Che contienen una enorme cantidad de abordajes concretos e ideas más generales acerca de estas cuestiones. (…).

—Ud. alertaba en 1989 sobre la necesidad de que los socialistas elaboráramos «una guía más creíble y vivible cotidianamente, un espíritu, una cultura propia, que crezca y ocupe cada vez más el lugar que tan completamente ocupó la cultura del capitalismo». Hoy los aparatos ideológico-culturales del capitalismo amenazan con tragarse todos los espacios; ¿cuánto del Che coadyuvaría a crear aquella «cultura propia»?

—La mayor tragedia del socialismo hasta hoy es que no ha podido acumular fuerzas culturales suficientes a su favor, eficaces y atractivas en la lucha contra el capitalismo, y sobre todo en el combate por las transformaciones liberadoras de las personas, de las relaciones interpersonales y sociales y de la naturaleza y las funciones de sus propias instituciones socialistas. Mientras, el capitalismo ha llegado a un callejón sin salida por su propia naturaleza actual, excluyente para las mayorías, parasitaria en economía, depredadora del medio, antidemocrática y militarista agresiva. Pero saca un inmenso provecho al modelo cultural a escala mundial que desarrolló y a las enormes fuerzas y conocimientos con los que cuenta; con ellos les hace a todos los pueblos —incluido el nuestro— una formidable guerra cultural que aspira a que todo horizonte de vida cotidiana, de realización personal y de convivencia sea controlado por el capitalismo.

«Debemos darnos cuenta a fondo de esa guerra cultural, y enfrentarnos a ella, porque es una necesidad vital. (…) Está claro que el Che será una fuerza muy importante a nuestro favor, pero no dándole el lugar de un ser abstracto, ajeno y superior, sino utilizando sus colosales valores de símbolo y de ejemplo, y su concepción de la liberación social y humana».

—En opinión de Guevara, «los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarios para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales». ¿Cuáles serían, en clave guevariana, los métodos no convencionales para intentar formar el hombre nuevo del siglo XXI?

—Tenía mucha razón el Che (…). No se trata solamente de deficiencias en cuanto a los instrumentos o los comportamientos de los encargados de las instituciones y las tareas de la Revolución. Su reclamo de conocimientos y audacia intelectual sigue en pie. (…) En 1997, planteé homenajear al Che cambiando la expresión de «hombre nuevo» a «persona nueva»; entonces me aplaudieron, pero hasta hoy no se ha cambiado.

«Creo que existe una acumulación cultural extraordinaria a favor del desarrollo de personas nuevas, lograda con las vidas, heroísmos y sacrificios de cientos de millones de personas durante el siglo pasado y lo que va de este. El gran desafío es ser conscientes de esa acumulación y utilizarla, sin amedrentarnos por la fuerza y la fascinación que ejerce la cultura del capitalismo; es asumir que la rebeldía es la adultez de la cultura; es pelear contra todas las formas de dominación; es no tener miedo a examinarnos a fondo y criticar nuestros errores y debilidades; es partir de lo que existe, pero no para someternos a lo que existe; es trabajar y crear, con método y entusiasmo, consolidar y arriesgarse a la vez, atreverse a vencer».

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