En camino, el otro «golpe» de Villa Clara

Tras sacudirse de los momentos difíciles, ahora está en marcha el resurgir

Autor:

Nelson García Santos

SANTA CLARA, Villa Clara.— Vengo de la costa norte villaclareña, desde donde se desprende un olor a salitre revuelto, con erizos, corales y algas esparcidas en tierra, mientras su gente borra esas imágenes estremecedoras que le apretujan el corazón, pero sin caer en la desesperación.

Lo que nos aguardaba del pretérito fresquecito empezó a aflorar en el paisaje a ambos lados de la carretera: tendidos eléctricos en el suelo, campos inundados, cañas encamadas, platanales arrasados, casas destechadas o derrumbadas, inundaciones, techos de centrales azucareros, industrias y escuelas... que volaron como misiles.

La costa norte villaclareña muestra un panorama desolador. Foto: Tomada de Facebook

Esa es la huella recurrente del terrible viernes-sábado en esta provincia y especialmente en los asentamientos costeros de los municipios de Corralillo, Quemado de Güines, Sagua la Grande, Encrucijada, Camajuaní, Remedios y Caibarién, donde viven poco más de 7 700 personas. Allí la fuerza de los vientos y el mar penetró bien adentro tumbando casas total o parcialmente, como en Carahatas, Juan Francisco, Nazabal… en fin, en todos esos lugares en los que la comunidad acaricia las aguas.

Nadie vivió allí el coletazo, pero luego, como resulta comprensible entender, estaban ansiosos por volver para descubrir qué les había quedado de sus viviendas y, como siempre, de las más endebles ni rastro.

José Ribalda confiesa que al escuchar el impresionante zumbido del viento, pensó que no iba a quedar nada. «Oiga, se lo digo yo que he sorteado unos cuantos ciclones: ¡como este ninguno!».

Del qué a la realidad

El domingo, pasadas las seis de la tarde, en la Nueva Isabela, un reparto construido hace años para damnificados de un ciclón, un grupo de evacuados estaba expectante por ir a revisar sus viviendas.

A todos los movía transitar del qué pudo pasar a palpar la realidad, pero estaban conscientes de la necesaria espera, porque todavía estaba vigente la alarma ciclónica.

Tampoco hacía falta hacer preguntas. El diálogo en alta voz entre ellos revelaba, nítidamente, su impaciencia: «Si aquí, a más de tres kilómetros de allá, los vientos fueron terribles, qué pasaría donde el mar se desbocó».

Volvió la vida

La víspera el Sol animó a intervalos a Villa Clara. Ahora en los asentamientos de la costa la existencia vuelve a imperar con su gente, que tantísimo quiere a ese pedazo de mar y su deliciosa brisa.

Luego imperó la imagen nítida de una comunidad entera enfrascada en ese bregar para recuperar dentro de los escombros lo más posible, a recoger tablas, tejas, arreglar aquí y allá, en fin, ir despejando lo inservible para volverse a levantar y andar.

Si bien el impacto más sobrecogedor llegó de un solo tajo en aquella geografía, también hubo otros territorios donde los daños fueron considerables.

El polo turístico de la cayería nordeste resultó perjudicado, aunque se puede restablecer en un tiempo breve; el pedraplén que une a Caibarién con aquella zona soportó los embates de Irma, y se dañaron tres de sus 45 puentes.

Según datos preliminares, el 70 por ciento de las plantaciones cañeras fueron estropeadas, están devastadas 7 000 hectáreas de plátano, más de mil de yuca y 500 de maíz seco, que se encontraban listas para cosechar.

Los molinos de arroz de El Purio, de Encrucijada y Sagua la Grande, tuvieron afectaciones en los techos y en la infraestructura técnica; 84 naves de porcino fueron destruidas totalmente, y otras 110 de la Empresa Avícola.

Cuestión de tiempo

La recuperación está en marcha y, como afirmó Julio Lima Corzo, jefe del Consejo de Defensa Provincial, el tiempo para resarcir los daños será más breve en la medida en que hagamos las cosas bien, con eficiencia, disciplinada y organizadamente.

Enfatizó que ahora corresponde tener confianza y seguridad para restablecerlo todo y que quede mejor.

El que golpea primero da dos veces, dice el refrán. Y a Villa Clara la alienta, adicionalmente, que el huracán Irma no se llevó acá ninguna vida.

Entonces hay seguridad de que el otro golpe, el resurgir de lo desbaratado, resulta solo cuestión de tiempo y empeño.

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