Emociones

¿Cómo era Fidel de niño? ¿Qué le causaba tristeza, alegría…? Con muchas interrogantes me acerqué a las anécdotas que vivió en un pueblo «perdido» en el mapa, pero no en la historia

Autor:

Dailene Dovale de la Cruz

 

La casa de Birán donde Fidel nació y pasó su infancia. Foto: Juan Pablo Carreras/ACN

Los niños preguntan, lloran y cometen trastadas. Por eso cuando pensé en Fidel quise encontrarlo en Birán. Quería conocerlo en la edad en que la mayoría piensa en hacer travesuras, quizá para entender cómo de un lugar tan pequeño nació alguien tan grande.

Entré sin permiso al hogar de Don Ángel y Lina para observarlo. Lo vi con sus 12 libras en una pesa de la bodega del batey; con César Álvarez conversando sobre Demóstenes, el orador; o periódico en mano, junto al cocinero Manuel Antonio García, leyendo las noticias de la llamada Guerra civil española.

Lo imaginé en aquel terremoto que puso a bailar su casa de madera o ante la mesa, con berrinche y bajo amenaza de mandarlo a Guanajay (el antiguo reformatorio juvenil), al no querer comer por llenarse de maíz tostado en el barracón haitiano.

Tristeza

Por un caminito de tierra marcha una procesión enlutada; lloran y rezan. Un pequeño niño conocería la muerte por vez primera en ese velorio y sería uno de sus primeros recuerdos.

«Yo no sentía nada, observaba todo con mucha admiración, pero no sabía qué significaba. No comprendía la muerte ni tenía idea de ello, solo que había mucha tristeza, lágrimas, atmósfera de tragedia».

En ese instante vislumbró la tristeza, el 8 de junio de 1929 y solo tenía casi tres años. Su tía Antonia, hermana de Lina, había fallecido de fiebres puerperales tras entregar al mundo una niña. La pequeña se volvería parte de la familia Castro-Ruz.

¿Miedo?

Los muchachos corren a toda velocidad como si en verdad fueran velocistas profesionales. ¿El motivo? Una maldad y una madre enfurecida con cinto para amenazarlos. Fidel en plan maestro se quedaba en la retaguardia, la progenitora conmovida lo ignoraba y seguía el rastro de Ramón y Angelita.

En la casa había un pasillo donde colgaban correas, cintos y hasta una fusta, y aunque no se utilizaban para castigos físicos, sí formaban parte de la reprimenda moral, que en el campo dolía tanto como un golpe.

Con el tiempo los muchachos adoptaron medidas defensivas y «cualquier objeto similar lo tirábamos por el inodoro, en el río, en un pozo y lo desaparecíamos», según confesó a Katiuska Blanco.

Tenía entonces nueve o diez años y partía por caminos solitarios entre montañas, a un campamento forestal en Pinares de Mayarí. En ocasiones lo acompañaba Ramón, en otras tantas iba solo con un arma.

El muchacho ya sabía manejar la escopeta de su padre y tenía buena puntería, a base de cazar auras tiñosas que saqueaban el gallinero. De hecho algunas de las armas del padre protagonizarían luego el asalto al Cuartel Moncada.

Amor

En el potrero encontraba a uno de sus mejores compañeros: su caballo Careto o el de la cara blanca, por la mancha blanquecina en su piel casi dorada.

Cuando el niño quería desandar los montes aledaños, corría al pastizal con una soga muy larga para capturarlo y el animal tan inteligente suponía un largo camino por delante e intentaba escapar. Y aunque recibía cierta ayuda, el muchachito aprendió a manejarlo a su antojo.

«Yo quería bastante a aquel caballo». Él competía con sus hermanos, pero ojo, nadie utilizaba a Careto en sus tiempos de estudios en Santiago de Cuba. Le encantaba verlo gordo, grande, hermoso, descansado para llevarlo de excursión.

Con su acompañante preferido viajaba a un campamento maderero por senderos inclinados donde el caballo exprimía casi todas sus fuerzas. Una vez en la meseta de Pinares de Mayarí, a 700 metros de altura, ambos disfrutaban de la brisa.

Ira

En Birán dos muchachos preparan venganza contra la maestra del pueblo, Eufrasita. Enfrente del caminito hacia la escuela y la casa de la señora tiraron piedrecitas en ráfagas, como si fuera una metralleta, contra una gran estiba de leña para el horno que poseía techo de zinc. Ella se asustó. ¡Y mucho!

Aquella señora había convencido a los padres de mandar al niño para Santiago de Cuba a estudiar junto a Angelita, solo para hacerles conocer el hambre. Luego se les uniría Ramón.

Más tarde estudiaría en el colegio La Salle, de donde es expulsado a causa de una injusticia. Se veía otra vez sin aprender lo suficiente. En aquellas circunstancias le comentó a su progenitora que si no volvía a la escuela, incendiaba la casa.

«Y fue verdad que amenacé, aunque es un poco duro decirlo. Mi casa se afincaba en pilotes de madera y era de madera», relataría muchos años después.

Un sentimiento de justicia lo llenaba. Un castigo así, a un niño a quien no le disgustaba estudiar y hasta había sido eximido de un curso escolar por sus buenos resultados, era simplemente inadmisible.

Aunque él dudaba de si en verdad se hubiesen materializado aquellas palabras, impactaron lo suficiente como para que retornara el día 11 de enero de 1938, en este caso, al colegio Dolores.

¡Alegría!

Como los perritos y gatitos que entran en contacto con el agua y por instinto nadan, así lo hizo Fidel en una edad tan temprana que no la recordaría. Para él, conocer las frías aguas del río cercano sería un placer casi innato.

Pero no solo en el río se entretenía. Cámaras de automóviles, horquetas de guayaba y dispositivos para lanzar eran las piezas claves en la creación de los tirapiedras. Resulta fácil imaginarlo «mataperreando» con sus amigos.

También la curiosidad por la naturaleza lo acompañaría, incluso durante una operación de apendicitis en un hospital alejado de Birán. «No poca parte de mi tiempo lo empleé en hacer operaciones de lagartijas y de otras cosas en el hospital».

El campo era su libertad. Por ello quise encontrarlo en Birán. Casi al final de la guerra, con el grito de las armas muy cerca, visita a su añorada madre y termina precisamente degustando los frutos del naranjal.

Lo imaginé triste, alegre, enamorado, humano… Con sangre en el cuerpo tras soltar en carretilla palabras fuera de contexto a la profe, correr, saltar por una ventana, caer y enterrarse un clavo en la lengua.

Lo soñé en presencia de guerritas de dominó entre los partidarios y contrarios a la República española, entusiasmado con tarjeticas sobre la guerra de Etiopía, con películas del oeste y mientras recitaba versos sencillos de José Martí.

Más no lo encontré del todo. Quizá por no compartir tiempo ni espacio físico, o tal vez porque Fidel no pertenece solo a Birán. Es de Cuba toda.

Fuentes:

  • Guerrillero del tiempo, Katiuska Blanco Castiñeira, 2011. Casa Editora Abril, La Habana.
  • Todo el tiempo de los cedros, Katiuska Blanco Castiñeira, 2009. Casa Editora Abril, La Habana.
  • Cien horas con Fidel, Ignacio Ramonet, 2006. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado.

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