Sin «poses de mármol»

Es indispensable mantener a los héroes en la libertad del viento y en el frescor de las hojas. Fidel no tenía tiempo libre, no como nosotros lo entendemos, pero sí como lo entienden aquellos venerables que asumen los dolores de los pueblos como cicatrices en sus entrañas

Autor:

Raúl Escalona Abella

¿Cómo estrechar las manos de un hombre que a todos nos deja pequeños? ¿Cómo acercarnos a descubrir los ratos libres de un caminante de la utopía, que anduvo sin cansarse durante toda su vida? No sabía cómo, aunque sí que era necesario hacerlo, porque es indispensable mantener a los héroes en la libertad del viento y en el frescor de las hojas y apartarlos de lo que Roque Dalton llamaba «monstruoso mármol».

Así, cargado de futuras luces, entré a la búsqueda; pero todo pareció irse abajo cuando Katiuska Blanco, quien pasó mucho tiempo junto a él y devino una de sus biógrafas, me expresara con una calurosa y condescendiente sonrisa: «¡Ay, muchacho!, si Fidel no tenía tiempo libre». Y fue cierto, no lo tenía; no como nosotros lo entendemos, pero sí como lo entienden aquellos venerables que asumen los dolores del pueblo como cicatrices en sus entrañas.

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El tiempo es un gran patriarca sentado en la puerta de la existencia; un inmenso soldado color de otoño que ofrece a los hombres que asisten ante su presencia una cuota de vida. Al atravesar los portones, cada cual emplea lo recibido en lo que la luz interna los guía a hacer.

Hay hombres que son todo claridad, soles de la vida de los pueblos, y nunca descansan. En ellos vive el espíritu de salvación y se alza la semilla redentora que impulsa a quienes los rodean, y hacen fundar y crecer a las naciones. Fidel fue uno de esos; llevaba en sí la llama intensa que con paso incendiario colma la tierra y abraza los corazones.

Chaplin y Cantinflas

En la infancia se trazan caminos, experiencias que no nos abandonan nunca más, que van construyéndonos la realidad y en momentos regresan como una tormenta de hojas para señalarnos la vía correcta.

Como todo niño de la época, cuando descubre el cine se apasiona por las películas de vaqueros y las de precaria ciencia ficción, pero las que lo marcaron para toda la vida fueron las de Charles Chaplin y Cantinflas, por quienes sintió especial predilección desde que tuvo la oportunidad de verlos por vez primera.

«Las películas del Oeste me gustaron siempre, con diferencia que de niño las tomaba en serio, pero de joven, sobre todo de adulto, las veo como películas humorísticas, me río mucho viendo aquellas barbaridades, y las cosas que de muchacho consideraba serias», dice en Guerrillero del tiempo.

Juventud, deporte y pasión

Los deportes fueron savia motora de una juventud activa, llena de adrenalina, en los que empleó mucho de su tiempo libre, sobre todo en los colegios, primero en Dolores y luego, y más, en Belén.

Llama muchísimo la atención la anécdota del boxeador imbatible. Le relata a Katiuska en el libro de marras que en unas vacaciones de verano compraron Ramón y él unos guantes de boxeo con no se sabe qué ignoto dinero, y levantaron un rústico coliseo.

No tenía ni idea del boxeo, pero aun así estuvo mañanas enteras peleando con todo tipo de contrincantes: grandes, chiquitos, flacos, gordos, y claro, sin protectores. Ramón era el mánager, y él, «boxeador profesional», sin ganar un centavo, solo golpes y diversión. Únicamente una vez estuvo a punto de ser noqueado, pero no cayó. Como púgil también fue invicto.

En las vacaciones que conceden los jesuitas del Colegio de Belén lleva a Birán los deportes. Cuando estaba en boga el fútbol, llevó una pelota y allá hacían la portería. Cuenta a Katiuska que hasta en el corredor de la casa se emplazó una vez la canasta de baloncesto, ¡tanta era la pasión!

Ante el candil: Las letras

Me habla el Doctor en Ciencias Históricas Rolando Rodríguez García, quien fuera su amigo personal, de un Fidel lector incansable, voraz e incuestionablemente acucioso. Me recalca el también Premio Nacional de Historia que cuando ejerció como presidente del Instituto Cubano del Libro, cada publicación tenía que tener un ejemplar reservado para Fidel, quien leía con rapidez inaudita, tanto una novela histórica como un libro de técnicas agrícolas.

Leer se volvió no ya un pasatiempo, sino una inspiración, un liberar la mente de las tensiones que imponían sus cargos dentro del Estado.

Viaja en el imaginario popular el mito de un Fidel que, cursando el bachillerato, aprendía de memoria las páginas de los libros de leerlas una sola vez y, automáticamente, las arrancaba. Lo sucedido, más allá de la leyenda construida por nuestro pueblo, el Comandante lo explica en las conversaciones con Katiuska Blanco.

Todo sucede luego de que tuviera una calificación mínima en una prueba de la asignatura llamada Cívica, examen que él consideraba más o menos bueno. Entonces, para la comprobación final decidió aprenderse el libro del profesor, texto de unas 300 páginas, de memoria. Tras leerlo cerca de cinco veces y ya un poco molesto con la materia, decidió arrancarle cada hoja al cuaderno como si estuviera protagonizando un ritual de dignidad frente a la tan aborrecida disciplina y los métodos dogmáticos empleados en su enseñanza. Quizá alguien lo vio en medio de la faena y corrió la voz que llegó a nuestros días con matiz de leyenda.

Al llegar el examen, las respuestas fueron literales del libro, no existía margen de error, no había manera de malas interpretaciones; era la respuesta y el combate al dogmatismo, pero la nota no varió: ¡otra vez 60 puntos! Parece que aquel profesor no leía las pruebas.

Fue su pasión por la lectura la que guio al genio en ciernes a través de los textos martianos, a las crónicas de las guerras independentistas y al conocimiento más extraordinario de nuestra historia, base de toda su ideología en ciernes.

La palabra hablada: Eterna compañera

Para Fidel, la oralidad no constituyó solo vehículo de expresión de ideas; esta fue por sí sola creadora de vínculos y ardores cercanos al alma. Me cuenta Katiuska Blanco que tenía en alta estima el diálogo directo, conocer hasta los detalles que aparentemente pudieran parecer insignificantes para el resto, aunque para él tenían una gran importancia. Conversar con todos, tomar sus opiniones y consideraciones, significaba la piedra angular de la formación de su criterio.

En el documental Comandante, de Oliver Stone, declara su afición por dedicar «el máximo tiempo a conversar con los compañeros, a comentar sobre distintos temas. Sobre problemas, porque hay que buscarles soluciones».

Y cómo no ver que conversar era una de las grandes pasiones que tenía, si sus memorias radican en extensos y profundos diálogos con el periodista Ignacio Ramonet y con la ya citada Katiuska Blanco.

Regreso a la naturaleza

El paso de los años ha dejado su huella en el cuerpo robusto, alto y esbelto de antaño. Ya la espalda ha ido cediendo..., pero la mente mantiene la lucidez de los primeros años, solo que ahora la memoria posee grandes cantidades de información y experiencia.

El tiempo es distribuido metódicamente, muchas horas a la lectura, otras tantas a la reflexión, escribe frecuentemente y siempre visita las plantaciones cercanas.

Acercarnos a los gigantes puede causar miedo, pavor quizá, pero si queremos entender los latidos de nuestros días resulta indispensable sumirnos en la sombra de los grandes cubanos que habitan el bosque de la Patria.

Mientras más nos acerquemos a los protagonistas de nuestra historia, seremos capaces, en mayor medida, de entender su heroicidad. Solo encarnando sus circunstancias y su vida, conoceremos el porqué de las acciones que emprendieron. Nunca debe hablarse del martirologio sin antes decirse con propiedad las causas que lo impulsaron. Así se aprende con fruición y hasta con deleite la historia: sintiendo el calor de quien la construye y rozando las balas de aquellos a quienes les dieron muerte.

«Los que no creen en la inmortalidad creen en la historia», dijo una vez nuestro Apóstol José Martí. Yo no creo en la inmortalidad de los hombres; confío en el engrandecimiento de la historia, contada, no como la oda de un Aquiles o un Áyax, sino como la voluntad consagrada de un pueblo que, guiado por algunos de sus más singulares miembros, ha decidido construir la utopía del nuevo mundo, del diferente, aquel que sería solo nuestro.

Ahora sostengo las manos del héroe benevolente, del hombre consagrado a su Patria, cargado de virtudes, aunque no exento de defectos. Y me mira a los ojos, siento en las profundidades de su mirada un llamado a seguir, a continuar construyendo, a ser como él, pero en mis propias circunstancias. Dignidad, pura dignidad constituyeron aquellos tiempos en que tuvo que levantarse a la libertad. Sacrificio y entrega fueron las horas cargadas de luz. Fue un hombre unido al destino de su pueblo. Su voz atronadora y sus ideas sin fin apenas comienzan a expandirse por el mundo.

Bobó a la cubana

 Decía el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín que la fuerza expresiva de Fidel estaba en sus manos, la proyección de sus discursos se hallaba allí, entre las falanges, pero aquellas manos no solo eran dedicadas al señalamiento y a la expresión oral, sino que eran también hacedoras de múltiples delicias culinarias. Porque el Comandante era un chef excepcional, un amante de los buenos sabores, un conocedor de los misterios de la cocina.

En el libro Fidel y la religión, del intelectual brasileño Frei Betto, el autor relata cómo le mostró a Fidel una receta de bobó de camarones, y el Comandante, a falta de un ingrediente esencial innovó el plato «a la cubana». Tampoco el mundo de las especias y los sabrosos olores pudo escapar de su alma de hidalgo creador.

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