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El sol que no cabe en Dos Ríos

Crecí no tan lejos de Dos Ríos. Sin embargo, por azares del destino, fue a mis 27 cuando estuve por primera vez en ese sitio sagrado, donde José Martí Pérez se lanzó contra un torrencial de balas

Autor:

Osviel Castro Medel

Crecí no tan lejos de Dos Ríos. Sin embargo, por azares del destino, fue a mis 27 cuando estuve por primera vez en ese sitio sagrado, donde José Martí Pérez se lanzó contra un torrencial de balas.

A la sazón, llevo 18 años pisando los terrenos en los que ocurrió la tragedia; y siempre, al mirar el obelisco de unos diez metros de alto, no dejo de cerrar los ojos y preguntarme cómo habrán sido los sucesos de aquella tarde de domingo del 19 de mayo.

Tal vez ningún otro acontecimiento de la historia nuestra tenga tantas versiones. Incluso, Gonzalo de Quesada y Miranda, martiano hasta la médula, llegó a escribir: «Probablemente nunca se sabrá con certeza cómo se produjeron realmente los acontecimientos».

¿Qué pensamientos habrán relampagueado en la mente del Apóstol cuando decidió irse al combate acompañado solamente del jovencito Ángel de la Guardia? Ese enigma nunca lo sabremos; en cualquier caso tendríamos que respondernos que quiso dar el ejemplo después de haber lanzado, en la mañana, en Vuelta Grande, su último discurso.

Cada vez que cruzo el río Contramaestre y llego al lugar del holocausto, me digo: qué pena no tener hoy esas palabras que pronunció ante unos 300 hombres, quienes hasta lo llamaron Presidente y lo vitorearon con frenesí. Debe haber sido una joya de la oratoria, una arenga suprema que estremeció a todos, expresada desde el corazón de quien se había consagrado a juntar esfuerzos, no sin haber sentido las espinas.

Siempre que paso por Dos Ríos pienso en la famosa carta inconclusa a Manuel Mercado, escrita en los ranchos de Rafael Pacheco. No por mencionada, podemos creer que nuevos o viejos la conocen; en esas líneas Martí testa para la posteridad que la guerra tan meticulosamente organizada tenía el propósito de impedir con la independencia de Cuba que el poderío de Goliat se extendiera por las tierras de América.

Por cierto, esos ranchos, al igual que el campamento cercano de La Jatía, ahora no están, algo que resulta doloroso porque así a la ruta martiana le faltan toques y elementos imperiosos.

Cada vez que camino por Dos Ríos, repaso la hermosa leyenda que dibuja cómo parte de la sangre del Maestro fue recogida dentro de una botella por Emilia Sánchez y José Pacheco, adoradores de Martí. ¡Con qué temblor en las manos esos dos pobladores debieron tomar aquel recipiente para señalizar el punto exacto donde fue abatido por tres proyectiles el Héroe!

Siempre que surco la llanura de Dos Ríos adivino la emoción de Máximo Gómez y sus hombres cuando en 1896 bajaron hasta el río y todos tomaron piedras para colocarlas alrededor del punto donde el Héroe Nacional echó su vida. Allí, desde el 10 de octubre de 1895, ya había sido levantada una cruz de caguairán.

Cada vez que voy a Dos Ríos pienso en que un mayor número de cubanos debería ir hasta ese modesto monumento para inflamarse de sentimiento y Patria. De cualquier manera, lo más importante sería comprender, en cualquier punto del mundo, que aquella caída no fue derrumbe, cesación o eclipse. Fue llama perdurable, Sol que no cabe entre dos aguas.

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