Habanera

Autor:

Graziella Pogolotti

El panorama informativo comienza a dar señales de los preparativos con vistas a la ya cercana conmemoración del quinto centenario de la fundación de La Habana. Muchos esperábamos con impaciencia ese anuncio promisorio, porque el andar del tiempo ha dejado cicatrices en una ciudad dotada de valores singulares y el deterioro del ambiente se refleja, de manera inevitable, en la conducta de los ciudadanos que la habitan.

En ese contexto, me parece acertado iniciar la apremiante operación de rescate con la restauración del orden y la limpieza y ofrecer respuestas concretas a las demandas más apremiantes del vivir cotidiano en el barrio. Así, desde la base, se puede apelar a la acción comprometida y participativa de los pobladores.

Impostergable y no menos importante resulta trasladar a la conciencia colectiva el redescubrimiento de los valores urbanos que han cualificado, a través de una incesante acumulación secular, el perfil que singulariza a la capital. La prédica empecinada de Eusebio Leal ha contribuido a situar en el lugar que merece el legado patrimonial forjado en los tiempos de la colonia.

En los remotos días fundacionales, La Habana fue una desordenada aglomeración de casuchas de adobe y madera, situadas junto al puerto, sujetas a devastadores incendios y a la amenaza de los filibusteros. Con el paso de las flotas y la edificación del sistema defensivo, se trazaron calles y las casas adquirieron mayor porte. La imagen de la ciudad se configuró con sus palacios en diálogo con las plazas. Moderadamente barroca, la fachada de la catedral contempla un espacio de proporciones perfectas, abierto e íntimo, como una sala de teatro. Al cabo, la necesidad de preservar el ordenamiento urbano impuso el requisito de delinear regulaciones mediante las ordenanzas municipales. Orientadas en varias direcciones, las calzadas, todavía vigentes, comunicaban el centro de la urbe con los territorios aledaños.

La ciudad en expansión fue creciendo hacia el oeste en etapas sucesivas. En busca de un clima más favorable, los pudientes edificaron mansiones junto a la Calzada del Cerro. Pasarían luego al Vedado, a Miramar, a Cubanacán. En el ininterrumpido desplazarse en el espacio y el tiempo cristalizaron marcas estilísticas y epocales. Conforman un tratado de la arquitectura y el urbanismo, una vocación de modernidad atemperada al contexto local.

La primera Revolución Industrial desencadenó, en el siglo XIX, el crecimiento desmesurado de las ciudades. Ante el peligro de una proletarización contaminante, el barón Haussmann hizo de París la escenografía espectacular que hoy conocemos. Se estaban sentando las nociones iniciales del diseño urbano, devenido en la actualidad complejo saber transdisciplinario, orientado a devolver al hábitat su dimensión humana con participación de conocimientos técnicos para el manejo de la construcción, de las redes de la infraestructura hidráulica y la eliminación de desechos, de la adecuada circulación vial y de las ciencias sociales, la sociología en particular.

Con voluntad modernizadora, el Vedado nació presidido por una clara noción de diseño urbano integral. El trazado de las avenidas principales favorecía la rápida comunicación con la ciudad. Las normativas de obligatorio cumplimiento determinaban los límites en altura de las edificaciones y el área de césped que separaba las casas de las aceras, propicios a favorecer un estilo de vida y una singular visualidad característica de la zona.

A mediados del pasado siglo, la especulación financiera en torno al valor del suelo amenazó con subvertir la armoniosa coherencia del conjunto. La Revolución pudo preservar durante muchos años su carácter original, a contrapelo de lo ocurrido en otros países donde un gigantismo depredador arrasó con significativos legados históricos.

Los efectos de las dificultades económicas, a partir del período especial, laceraron en parte los bienes que habíamos logrado conservar. Al margen de lo legislado, intervenciones improvisadas aparecieron por doquier. Con todo, en lo esencial, subsiste la impronta original de la zona. Estamos todavía en condiciones de salvaguardarla si tomamos conciencia de su valor, porque el riquísimo patrimonio edificado de La Habana se extiende más allá  de la zona colonial. Así lo percibieron los escritores en algunas de las mejores páginas de nuestra literatura, y se manifiesta también en la memoria latente y soterrada de nuestra música popular.

El medio milenio que se aproxima impone un inmenso desafío. Asumirlo con sabiduría y convertirlo en voluntad colectiva es un modo de ir creciendo. No podrá hacerse todo de inmediato. Habrá que atemperarse a lo posible, de acuerdo con los recursos disponibles. Lo fundamental, sin embargo, consiste en atender lo inminente considerando, a la vez, la perspectiva de futuro a partir de las claves que singularizan los valores de nuestra ciudad, detener la inconciencia depredatoria y aplicar la legislación respecto a las regulaciones urbanas para preservar ese frágil tejido que nos identifica.

Para conciliar criterios de sostenibilidad con la preservación de un legado, conviene reflexionar acerca de las consecuencias derivadas de la erección de edificios de alturas desmesuradas en contextos inadecuados, en perjuicio de la armonía de los conjuntos y de una circulación vial adecuada. Restauremos lo heredado, sin dejar por ello de seguir haciendo la hermosa capital que merecemos.

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