Hechos de la guerra

Autor:

Ciro Bianchi Ross

Uno de los últimos combates de la Guerra Grande lo protagonizó el mayor general Antonio Maceo el 4 de febrero de 1878.

Eran los días en que el general Arsenio Martínez Campos concertaba con los jefes insurrectos el cese de las hostilidades y no escatimaba esfuerzos para el logro de sus propósitos. El día 8, en San Agustín del Brazo, Camagüey, se reunía la Cámara de Representantes de la República en Armas y tomaba el acuerdo de disolverse, lo que quedaba consignado en un documento oficial de Juan Bautista Spotorno, su último presidente. Y dos días después se concluía en El Zanjón, también en Camagüey, el pacto entre cubanos y españoles que ponía fin a la guerra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, no con la Cuba libre que soñaron los mambises y por la que tanto lucharon, sino con una Isla que seguiría sometida a la égida española.

Bajo el rubro de «olvido de lo pasado», como si tanta gloria y heroísmo pudieran tirarse por el agujero de la memoria, el pacto prometía la introducción en Cuba de condiciones políticas, orgánicas y administrativas semejantes a las de Puerto Rico y la libertad de los colonos chinos y negros esclavos que se hallasen en las filas insurrectas el día de la firma del acuerdo. Migajas…

El Pacto del Zanjón era resultado de la tenacidad del ya mencionado Martínez Campos, el hombre que había logrado en Sagunto la vuelta de los Borbones al trono de los Reyes Católicos en la persona del hijo de Isabel II, defenestrada años antes, y que se coronaría con el nombre de Alfonso XII.

El caudillo de la restauración borbónica se movía con diligencia y muchos cubanos en armas no tardaron en caer en las redes de sus propuestas liberales basadas en promesas de rectificación y reformas. No todos los jefes insurrectos tragaron la píldora. Entre ellos, Antonio Maceo. Si bien no fue el único, se alzó en Baraguá, el 15 de marzo, como el más notable.

Pero antes, el 4 de febrero, se encontraba Maceo acampado entre Palma Soriano y Floridablanca cuando decidió batir a la tropa española del coronel Ramón Cabezas.

Fue un combate encarnizado. A la columna enemiga de 300 hombres hizo frente Maceo con los 32 que constituían la guarnición de su vivaque en el momento de comenzar la lucha. El combate, con varios intervalos, se extendió durante la mayor parte del día y estuvo matizado por episodios emocionantes. El capitán mambí Valentín Consuegra mató, en duelo a machete, al coronel Cabezas. Al final quedaron sobre el campo de batalla 260 españoles muertos, y otros 27 fueron hechos prisioneros por los mambises. Cinco fueron las bajas cubanas, entre ellas el teniente coronel Teodoro Laffite.

Fusilamiento de Bermúdez

«El cubano verá en este proceso que el patriotismo debe estar hermanado con la virtud, que no basta con ser patriota y que hay que ser también buen ciudadano», afirmó Máximo Gómez al disponer que Roberto Bermúdez, general de brigada del Ejército Libertador, fuese sometido a consejo de guerra.

Era Bermúdez sin duda un hombre muy valiente y su cuerpo, constelado de balazos, era la prueba mejor de su arrojo en los combates. En los inicios de la guerra del 95 operó en la región de Sagua la Grande y, ya como coronel, se sumó a la columna invasora de Las Villas. Recibió de Maceo la orden de penetrar en los territorios de La Habana y Pinar del Río antes de que lo hiciera dicha columna y el primer combate de esa gesta en territorio pinareño se realizó bajo su mando. Llegó a Mantua en su avance hacia la porción más occidental, pero por dondequiera que pasó cometió tantas tropelías y crueldades como actos de heroísmo.

Luego de atacar e incendiar Los Palacios y Paso Real de San Diego, Maceo decidió sustituirlo en el mando de la Brigada Sur, pero era tanta su valentía que lo repuso en el cargo y recomendó su ascenso a general de brigada. Con ese grado peleó en Consolación del Sur, acompañó a su jefe en la búsqueda de la expedición del general Rius Rivera y se destacó en el combate del Pico Rubí. Un informe que calificaba de vandálica la actitud de Bermúdez impulsó a Maceo a destituirlo y remitirlo al Cuartel General, pero la grave herida que había sufrido en el pecho durante el combate de La Gobernadora impidió el traslado. Muerto Maceo, reclamó el mando del que fuera privado y luego de que los españoles hicieran prisionero a Rius Rivera pidió que se le confiara la jefatura del 6to. Cuerpo de Ejército, que recayó en definitiva en el general Pedro Díaz. Este no demoró en quitárselo de encima y lo remitió al Cuartel General.

De nuevo en Las Villas, su tierra natal, realizó algunas acciones combativas y Máximo Gómez lo mantuvo en observación hasta que supo que Bermúdez había ordenado asesinar a un antiguo amigo suyo, que fue macheteado en su presencia. Entonces no esperó más.

A la acusación por sus crímenes se sumaron las de traición por firmar pases para los territorios enemigos, hurto de reses y caballos y deshonra a la Revolución. El consejo de guerra que lo juzgó no lo encontró culpable de los delitos de traición y hurto, pero lo condenó a la pena capital por sus crímenes y dispuso que el pelotón de fusilamiento lo conformaran los miembros de la escolta de Bermúdez, que lo adoraban. Gómez quiso que uno de los generales presentes en el Cuartel General mandara la ejecución. Todos se excusaron. Unos, por haber sido parte del tribunal; otros, con distintos motivos. «¡Cuánta flojera!», comentó el viejo mambí y decidió mandar el cuadro él mismo. Bermúdez apeló a un indulto. Se lo negó el Consejo de Gobierno.

El día de la ejecución, en la estrecha llanura cercana al campamento de Trilladeras, en Sancti Spíritus, se situaron en doble fila la caballería y la infantería mambisas. Gómez llegó solo, al galope de su caballo y se situó de cara a la caballería. Bermúdez entró poco después. Cabalgaba con desequilibrio su mulita habitual, poniendo en evidencia su cuerpo estropeado por las balas enemigas. Le seguían sus asistentes. En el lugar fijado se apeó con dificultad y acarició a la bestia. Luego saludó a sus hombres y escogió a los que debían conformar el pelotón.

Máximo Gómez, erguido sobre sus estribos, machete en mano, pronunció un bello discurso. Ponderó el heroísmo de Bermúdez, exaltó sus méritos y lo estigmatizó por sus actos feroces y sanguinarios. Enseguida, con voz abrupta, gritó: «¡Fuego!». Es decir, no dio antes las órdenes de «¡Preparen!» y «¡Apunten!», por lo que no hubo una descarga cerrada, sino que los tiros salieron con intervalos, lo que prolongó la agonía del condenado.

Asalto al tren de regla

En la noche del 16 de enero de 1897 ocurrió a las puertas de La Habana un hecho que sobresaltó a las autoridades españolas que se ufanaban de que el territorio habanero estaba libre de insurrectos.

Esa noche, Néstor Aranguren, uno de los jefes más jóvenes de la Revolución, al frente del segundo cuerpo del Regimiento de Caballería Habana, atacó y capturó el tren de pasajeros que hacía el trayecto entre Regla y Guanabacoa, que a las 10:30, hacía su último viaje entre ambas localidades.

La riesgosa operación se consumó tal como la planificó el animoso e intrépido coronel. Una vez descarrilado el tren, Aranguren detuvo a oficiales y soldados que allí viajaban y dio libertad de movimiento a los 60 paisanos que hacían el trayecto. Figuraban entre los apresados un bodeguero conocido como delator y el segundo teniente Bernardo Barrios, cubano al servicio de España. Luego de repeler el intento de una tropa española de detenerlo, Aranguren, con los suyos y los prisioneros, siguió rumbo hacia el demolido ingenio San Joaquín, muy cerca del paradero de Minas. Allí el bodeguero y el teniente fueron ahorcados. La Ley Penal de la República en Armas era tan dura como inflexible resultaba el carácter del coronel Aranguren.

El resto de los prisioneros fue puesto en libertad.

Arroyo blanco

Arroyo Blanco, en la actual provincia de Sancti Spíritus, fue el combate y la última operación importante de la Guerra de Independencia en la región central de la Isla.

El general José Miguel Gómez había recibido unos cañones que disparaban bombas de dinamita y con ellos atacó el poblado de Arroyo Blanco luego de derrotar al enemigo en El Jíbaro. José Estrampes mandaba la artillería cubana, pero los artilleros, poco prácticos con aquel medio de guerra, no lograban hacer blanco en el fuerte que con denuedo y entereza defendían los españoles. Sus disparos tampoco hacían explosión, pues caían en los fangales que precedían a las trincheras enemigas.

Ansioso de precisar la distancia que cubrían los proyectiles mambises y si era verdad que explotaban, el teniente coronel Orestes Ferrara salió de su refugio, trepó a un árbol y desde allí, ensordecido por las balas de los rifles enemigos que le pasaban cerca, orientó a Estrampes para que corrigiese el tiro. El próximo disparo, en efecto, impactó al fuerte español y luego de una explosión terrible, Ferrara dio la orden de asalto y a su grito respondieron todos los que estaban detrás del cañón.

Los mambises penetraron en el fuerte por el boquete que había abierto la bomba y el enemigo no tuvo cómo repelerlos. Al mismo tiempo caía en manos de las tropas cubanas la fortaleza desde donde los españoles operaban el heliógrafo. Pronto se izó una bandera blanca y José Miguel, en persona, pactó con el jefe adversario las cláusulas de la rendición.

Al día siguiente el Generalísimo Máximo Gómez entró en el poblado al frente de su Estado Mayor y seguido por su escolta. La tropa española, alineada y presentando armas, le rindió honores militares, gesto que el viejo caudillo reciprocó con un ¡Viva! a la valentía de los rivales y saludándoles con su machete en alto.

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