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La solidaridad es un puente de muchas vías

Lista la nueva calzada sobre el Toa, una construcción donada al pueblo de Baracoa por el Gobierno de la hermana República Bolivariana de Venezuela. Se trata de una de las obras más complejas del largo camino de la recuperación de este municipio guantanamero tras el paso del huracán Matthew en octubre de 2016

Autores:

Haydee León Moya
Lilibeth Alfonso Martínez

BARACOA, Guantánamo.— Entre quienes vivieron el antes y el después, algunos dicen que ahora sí hay puente sobre el Toa, que las balsas para cruzar víveres y personas son historia, y no habrá crecida ni represa que lo arrastre.

Otros, empero, apuestan por el río. Por algo es el más caudaloso de la Isla, con mucho tramo navegable en sus 130 kilómetros de longitud, desde su nacimiento en las entrañas de la reserva de la biosfera Cuchillas del Toa, hasta su desembocadura al norte de la provincia de Guantánamo.

Menuda porfía en la que solo el tiempo dirá la última palabra. O de la que darán sus testimonios las gentes que habitan en las comunidades baracoenses La y griega y La otra banda del Toa, las más cercanas al puente.

En las medianías, mientras llegan la crecida y el nuevo temporal que lo pongan a prueba, el mayor Germain Enrique Veloz Camacaro, comandante de la misión del Puente, construido con fuerzas y medios de la brigada internacional cívico-militar de rescate y asistencia humanitaria Simón Bolívar, asegura que la obra ingeniera tiene un tiempo de vida útil de un siglo y que, para quebrarlo, sería necesario un evento muy superior al huracán Matthew —ese diablo que mandó a aquel puente veinteañero a las profundidades del mar— y a los recuerdos.

Todo «lo escucha» la nueva pasarela. Imponente desde sus casi 12 metros (m) de altura sobre el nivel del mar, y extendida por 224,83 m que se afincan en 65 pilotes hincados bien a lo profundo del cauce del río, suficientes para sustentar casi mil toneladas de estructura mixta, entre acero y concreto.

A prueba de temporal…

Dice el guajiro, que no miente, aunque fantasea —hijo natural de paisajes asombrosos y dados a lo extremo—, que trabajaban desde bien temprano hasta entrada la noche aquellos venezolanos —como acuñó el baracoeso a los 54 integrantes de la Brigada que desembarcó un día de febrero de 2017, con la promesa inverosímil de erigir un puente en apenas ocho meses.

Y hablan de días bajo lluvia en los que los «muchachos» desoían sus consejos para que salieran de aquella corriente que les daba al pecho y que podía crecer, y en efecto creció, azuzándolos con un torrente que tronaba justo a tiempo para dejarlos salir, sobándoles los talones.

Tampoco, aseguran, había sol que los hiciera desistir del trabajo del que solo se apartaban para beberse el agua y los jugos de frutas que les alargaban los vecinos. O un café puro colado en empinado —esa típica pieza de madera con un colador de tela donde se vierte el aromático polvo y, luego, agua azucarada hirviendo, y del que resulta un brebaje cuyo sabor no se parece al que borbotea en las cafeteras a presión.

A la disciplina del trabajo consustancial a los entornos militares, dice el Mayor de las Fuerzas Armadas de la República Bolivariana de Venezuela, se sumó el impulso por devolverle a aquel pueblo que encontraron herido, pero no derrotado, lo que había perdido en esa noche eterna del 5 de octubre de 2016.

Lo primero, asegura Veloz Camacaro, fue validar con el Ministerio de la Construcción en Cuba, el proyecto que trajimos de Venezuela, y negociar la responsabilidad de las partes en la ejecución de la obra, donada por el Gobierno de Nicolás Maduro. El movimiento de tierra, los terraplenes de aproximación y el suministro de concreto correspondió a nuestro país.

Las labores a pie de obra, comenzaron en abril de 2017. Desde entonces, y hasta ahora, lo más difícil fue construir los cimientos, «con un sistema de pilotaje que consta de 65 pilotes que están a una profundidad de entre 20 y 30 metros por debajo del cauce, empotrados en la roca, con resistencia suficiente para soportar la carga de la estructura», explica Armando Lugo, ingeniero principal en la construcción.

En esa etapa, recuerda por su lado Camacaro, se trabajó por días enteros dentro del río, en condiciones muy difíciles. «El resto, confiesa el también ingeniero civil, fue bastante fácil. Incluso logramos mover el cronograma para aprovechar, adelantando en otras labores, los 58 días en los que la lluvia no nos dejó incidir directamente en la obra».

Los atrasos, que los hubo y provocaron que los ocho meses de ejecución se convirtieran en 14, fueron causados por la guerra económica de Estados Unidos a Venezuela, un engendro muy parecido al bloqueo que puja por someter a Cuba hace más de medio siglo, el cual ralentizó la compra de los aceros en México.

«El pago de ese material debía hacerse en dólares norteamericanos, pero el dinero fue bloqueado. Finalmente, resolvimos hacer la transacción en euros a través de bancos europeos. Eso, hizo que las estructuras metálicas que debían estar en Baracoa en agosto de 2017, comenzaran a llegar en diciembre y terminaran de arribar en abril de este año. El bloqueo es algo así como invisible, pero se siente», añade el Mayor.

El Mayor Veloz Camacaro y la «señora Elvia», según el oficial venezolano, la personificación del amor y la humildad del baracoense.

Pero lo que resintió el cronograma de tiempo, no melló la calidad, a juicio de Francisco Hernández Guibert, subdirector del Centro Provincial de Vialidad, quien elogió el empleo de materiales de calidad —especialmente el uso de acero de la norma A709 de la ASTM (Sociedad Americana de Ensayos y Materiales) con características anticorrosivas y de resistencia ideales para puentes—, y la formulación de los concretos.

El resultado, resume el ingeniero venezolano Armando Lugo, «es un puente diseñado para eliminar las causales que originaron el derribo del que existía. Por ejemplo, la nueva estructura tiene una altura que supera en 4,5 metros a la precedente, por lo que el nivel máximo que puede alcanzar el río estará siempre por debajo de las vigas».

Por otro lado, continúa, «teniendo en cuenta que en la vegetación aguas arriba abundan palmas de hasta 40 metros de largo, la distancia entre los apoyos o luces se incrementó de 25 a 50 metros, lo que reduce las posibilidades de que se formen represas como las que finaron la obra anterior.

Aseguran los constructores venezolanos que esta pasarela recién terminada formará parte del paisaje baracoeso por lo menos durante cien años.

«Los apoyos, incluidos cimientos y columnas, poseen cualidades hidrodinámicas, y los cabezales tienen aristas que facilitan el desplazamiento de la vegetación en las crecidas».

De modo que el resultante es un puente parecido, que respetó el eje vial del anterior, con longitud similar, dos carriles, aceras peatonales, una calzada o ancho de 11 metros, barandas…, pero que no es el mismo.

La «señora Elvia»

Dice Elvia Juana Garrido Árcea que antes el Toa se podía pasar caminando, por esas mismas zonas por donde ahora un hombre grande podría ser sobrepasado dos veces por la corriente, y arrastrado río abajo.

Pide que no le preguntemos qué hará cuando se vayan los muchachos. Se lleva las manos al corazón en un gesto que en otros contextos podría parecer teatral, pero que aquí y ahora tiene la marca de la fraternidad genuina en la que no tienen que mediar necesariamente los lazos sanguíneos.

Sucede que para la vieja Elvia esos hombres, jóvenes casi todos y a quienes la mayoría del lugareño conoce genéricamente como los venezolanos, son como hijos o nietos, que ella, a sus 74 años de edad, identifica por sus nombres y apellidos, y cuyas madres y padres la solicitaban para hablar con esa madrina bondadosa que cuida a sus muchachos en la distancia.

Y así lo hacía. Para ellos preparaba, con hojas y frutos del monte, brebajes de limón y granada para la gripe, manzanilla para el estómago malo, y «pepinos» enteros con té de raíces para la infección en los riñones, «que era de lo más común entre los venezolanos, y también entre los holguineros que trabajaron aquí».

La noble mujer fue alfabetizadora y maestra, y tiene historias para contar durante días enteros sobre esos tiempos en que los balseros y sus palancas eran el único modo de cruzar al otro lado del Toa; y dice haber visto de lejos a Fidel con su uniforme verdeolivo y gafas de cristal grueso sobre una de aquellas embarcaciones de manigua en uno de esos recorridos que solía emprender monte adentro, a la misma semilla del alma cubana.

Hasta ella nos llevó el comandante de la misión, Veloz Camacaro, tras estas palabras: «Allá arriba, en el estribo más cercano a Moa, hay una casita azul, donde vive una señora llamada Elvia que nos llevaba café, nos invitaba a comer. En general, la gente nos recibió con amor, y nos dio lo que tenía, incluso en esos momentos duros en los que cualquiera diría que no tenía absolutamente nada que ofrecer».

La última es una muestra de los cayuqueros del Toa.

La solidaridad es un puente de dos vías, como ese recién erigido. Cuando se den los últimos adioses —ahora mismo de la Brigada solo queda una docena de hombres esperando por la inminente inauguración del coloso—, a Baracoa le habrá nacido un puente que enlaza sin esfuerzo aparente la Ciudad Primada de Cuba.

Y a los miembros de la Brigada Simón Bolívar, familias por vías del afecto, impresiones de naturaleza y calor humano que nunca olvidarán, incluyendo las muestras de cariño por el Comandante Chávez, cuya imagen encontraron incluso en las paredes de casas, junto a las fotos familiares y los cuadros de paisajes de ensueños.

Se les pegó a los sudamericanos también el gusto por el bacán, el tetí y la masa de cangrejo, comidas típicas de Baracoa y la zona del Toar, —como llamaban al río antaño «aludiendo a la onomatopeya que en voz india significa rana o dios de las aguas», tal cual reseña el investigador Miguel Ángel Castro Machado en su libro Un viaje por la lengua del Toar.

Y hasta algunos dejes de la típica manera de hablar del baracoeso de pura cepa, al punto de que ante un asomo de nostalgia de Elvia, el Comandante de la misión quiso animarla: «Usted verá que vamo a volvé, vamo a comé y nos vamo a bañá en el río».

«Pero así no hablan los venezolanos» —le espetamos al alto jefe militar venezolano, de impertinentes que somos. «Los venezolanos no, pero los baracoesos sí», respondió entonces de una sola vez, ocupado en darle el último abrazo de ese día a la «señora Elvia».

Otras historias de la Brigada

 La Brigada Internacional Cívico Militar de Rescate y Asistencia Humanitaria Simón Bolívar fue fundada en el año 2004 por el Comandante Eterno de la Revolución Bolivariana, Hugo Rafael Chávez Frías.

Su objetivo es ayudar a los pueblos de los países de América Latina y el Caribe que sufren los embates de la naturaleza, y a otras naciones que por vía diplomática la soliciten. También construye obras dentro de la propia nación bolivariana.

Han prestado ayuda en la construcción y reconstrucción de casas, viales y aeropuertos, en naciones como Bolivia, San Vicente y las Granadinas, Haití (tras el potente terremoto de 2010), en países africanos, y en Cuba, adonde llegaron por primera vez en 2004, luego del paso de los huracanes Gustav y Ike, y por segunda ocasión a Santiago de Cuba, tras el destructor Sandy.

El puente en cifras

—Longitud: 224,83 metros.

—Altura: 11,80 metros sobre nivel del mar.

—11 metros de calzada.

—2 sendas.

—50 metros de luces o espacio entre los apoyos.

—1,5 metros de ancho en aceras peatonales de ambos lados.

—65 pilotes enterrados a una profundidad promedio entre 20 y 30 metros.

—564 «losas de tablero», de concreto reforzadas con acero, que se sostienen sobre vigas metálicas entrelazadas por un sistema de arriostramientos.

—533,4 toneladas pesan las vigas metálicas, más otras 340 toneladas de acero de refuerzo.

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