Sangre joven que abonó la libertad

La masacre de O’Farrill y Goicuría, perpetrada en la madrugada del 8 de noviembre de 1958 en la barriada habanera de la Víbora, hace ahora 60 años, ha sido de las más dolorosas vividas en Cuba

Autor:

Monica Lezcano Lavandera

Bajo fuego cruzado, cuatro combatientes de la lucha clandestina se enfrentaron a la tiranía batistiana en la madrugada del 8 de noviembre de 1958. La barriada habanera de la Víbora, escenario del brutal crimen, recuerda este jueves a aquellos jóvenes que hace hoy  medio siglo dieron muestra de gran valentía y resistencia.

Conocido como la masacre de O’Farrill y Goicuría, este fue el combate urbano de mayor duración en la etapa insurreccional.

Ángel Ameijeiras, «Machaco», de 33 años, jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio en la capital; así como Pedro Gutiérrez, «Pedrito», de 30, y Rogelio Perea, «Rogito», de 21, ambos combatientes clandestinos, resultaron víctimas fatales de tal hecho, en el cual más de 400 policías y miembros del Servicio de Inteligencia Militar atacaron el apartamento en que se encontraban los jóvenes revolucionarios.

Norma Porras Reyes, de 19 años, única mujer del grupo —embarazada en ese momento— tuvo la suerte de sobrevivir para dar testimonio del cruel ensañamiento, que se extendió hasta el amanecer. Pero ella también fue capturada en la azotea de uno de los inmuebles aledaños. Después de resultar herida por cuatro balas fue hecha prisionera y llevada directamente al Hospital Militar, pero fue en el de Emergencias donde primero atendieron sus heridas. Después la llevaron al Hospital de la Policía. Recuperó su libertad (y la de su pequeño hijo) con el derrocamiento de la tiranía.

En el momento en que ocurrieron los hechos de O’Farrill y Goicuría faltaban pocas semanas para el derrocamiento de la tiranía. Por eso, un día como hoy, el pueblo cubano se reúne para rendir homenaje a esos valerosos combatientes que quedaron en la historia como fiel testimonio de la crueldad de la tiranía que gobernaba Cuba en esos años, pero sobre todo de la inclaudicable entrega de los revolucionarios clandestinos.

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