Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La luminosa aventura de la alfabetización

Innumerables son las historias de sacrificio y amor protagonizadas por los alfabetizadores cubanos. A 57 años de la declaración de Cuba como territorio libre de analfabetismo, JR comparte las de algunos holguineros

Autor:

Liudmila Peña Herrera

HOLGUÍN.— En La Habana, aquel 22 de diciembre de 1961, la Plaza ardía de emociones compartidas: las manos, una misma ovación; los labios, un mismo nombre, y las miradas se fundían en un solo ser. «¡Adelante, compañeros… a hacerse maestro, a hacerse técnico, a hacerse médico, a hacerse ingeniero, a hacerse intelectuales revolucionarios!»(1), conminaba Fidel en medio de los aplausos.

Entre la multitud que lo escuchaba, Mariana, Martha, María Julia, Orestes, Amalia y tantos otros adolescentes, jóvenes y adultos, veían ondear la bandera roja de franja blanca y letras azules que proclamaba el cumplimiento de un sueño y la esperanza de un futuro mejor para Cuba.

***

Una semana atrás los holguineros habían marchado jubilosos hasta el parque Calixto García para celebrar el fin del analfabetismo. Días antes, Martha Martínez se había despedido, con la promesa de volver, de los niños de la escuelita de Clara Diosa, en el mismo corazón de las montañas de La Lima, sitio ubicado en el límite entre Alto Songo y Mayarí Arriba.

La Campaña de Alfabetización había terminado, pero la muchacha de 17 años aún se sentía unida por raíces misteriosas a la tierra donde los cafetales son más altos y la gente más humilde.

No podía olvidar el día en el que el viejo haitiano del pueblo, con los ojos alumbrándole el rostro de ébano, le dijo por fin: «“Mayestra”, ya sé escribir mi nombre, ya no tengo que poner el dedo».

Durante un año, la joven maestra voluntaria había logrado fundar la primera escuela de Clara Diosa (un ranchito de guano y piso de tierra donado por un campesino); enseñar a leer y escribir a cerca de 20 niños; alfabetizar a jóvenes y adultos y asesorar a los diez brigadistas que llegaron al lugar tiempo después.

***

Aproximadamente cien kilómetros abajo, en dirección oeste, María Julia Guerra había recorrido de un lado a otro el reparto Harlem, de Holguín, junto a su hermana Idalmis «Mimí», de seis años (quien hacía las veces de damita de compañía), orientando a los alfabetizadores populares, verificando el avance de los alumnos, precisando hasta los últimos detalles de la Campaña en la zona bajo su responsabilidad, al tiempo que enseñaba un nuevo mundo de letras a Diego Cabrera. Y cuando era necesario, también impulsaba excursiones y repasaba a los niños de la escuelita de Güirabo, quienes, como el resto de los escolares de todo el país, continuaban asistiendo a los colegios —aun cuando se había suspendido el curso escolar— como parte de un plan vacacional apoyado por la Federación de Mujeres Cubanas.

Mientras tanto, en la casa, su madre, Victoria Ávila, recibía la carta de Adelma Urquiza, una de las alumnas de su hijo Orestes, quien alfabetizaba en el otro extremo de la Isla: «Señora, no se preocupe, yo no lo dejo montar a caballo, ni salir solo al pueblo, y donde está ese peligro él no va», decía refiriéndose a la zona donde había contrarrevolucionarios alzados.

El hogar, sin el vástago ausente, no era una cama vacía, un puesto menos a la mesa, un consejo quieto en los labios: la morada de los Guerra Ávila tenía un hijo brigadista en Remate de Guane, Cabo de San Antonio, pero le llegaban muchachos provenientes de varias partes de Cuba a almorzar, a prepararse para ser reubicados en otras zonas de Holguín, a pernoctar bajo su techo. Hasta allí transportaron cajas de espejuelos que posibilitarían mejorar la visión a quienes estudiaban.

***

«¿No quiere socialismo el imperialismo? ¡Pues bien, le   daremos tres tazas de socialismo!»(1), decía Fidel y el auditorio aplaudía entusiasmado. En la multitud de la Plaza de la Revolución, quizá Orestes Guerra recordara el inicio de aquella aventura humanista en su pueblo natal, cuando el holguinero teatro Infante —escogido para dar instrucciones sobre la Campaña en ciernes— era un local en ebullición, a punto de explotar en el instante justo en que el cura Santiago, al frente de la escuela de los maristas, ordenaba abandonar la sala a todos sus estudiantes, apoyado por los representantes del colegio de monjas Lestonnac.

Casi todos los estudiantes de ambos colegios se habían ido levantando poco a poco, al mandato de sus maestros, aunque muchos querían ayudar a la Revolución (luego algunos formarían parte de la Campaña).

Jorge Treto estaba entre ellos y también se levantó, como impulsado por algún resorte de su pensamiento; pero en lugar de continuar puertas afuera, subió a la tribuna y dio su disposición para alfabetizar. El hecho mostraba la presión ideológica y las pugnas entre acomodados y pobres que todavía se desarrollaban dentro de la sociedad holguinera.

Poco tiempo después, Jorge Treto y su novia, Mariana Pupo, de 11 y 12 años de edad, respectivamente, marchaban, cartilla, manual y farol en mano, a llevar el conocimiento hasta el cuartón de La Cuaba, en la zona de Mayabe.

Allí comprobarían la pobreza y la desigualdad heredadas de los gobiernos anteriores, conocerían el sudor del trabajo bajo el sol, aprenderían a ahorrar prestándose los faroles, a caminar sobre tierra recién arada y a correr delante de un toro furioso, que no creía ni en niños alfabetizadores.

***

En el barrio de Rey, municipio de San Germán, Amalia Ricardo guiaba las manos de la anciana María Gomila, en combate abierto contra la ignorancia. Mientras, a poca distancia de allí, elementos desafectos a la Campaña llenaban la escuela de letreros. «Aquí no te queremos, brigadista», escribían, pero Amalia no desistió, ni siquiera cuando se enteró del asesinato de Manuel Ascunce.

Para el joven campesino Ariel Riverón también llegó su oportunidad. El cuartón La Demajagua, en Gibara, fue testigo de su empeño por enseñar a leer, en las tardes, a su tía Celia, porque las noches estaban dedicadas al matrimonio conformado por Isael y Juana, en el barrio de Los Lazos, donde él vivía.

«Compay, léame estos rezos pa’ yo aprendérmelos», pedía Isael para asistir mejor preparado al templo. Y Ariel leía, aunque no comprendiera la carga semántica que guardaban aquellas oraciones para el guajiro. Si era la motivación del campesino, Ariel no tenía derecho a negarse.

En Holguín la Campaña avanzaba. El pueblo se unía al mayor proyecto de masas conocido hasta entonces: algunos donaban joyas, útiles escolares; varios estomatólogos prestaban servicios gratuitos a los alfabetizadores; otros convertían sus casas en aulas y salones de baile, y centros espirituales mutaron a escuelas temporales… La luz del conocimiento se abría paso y dejaba su estela.

***

Faltaban cuatro meses para que finalizara el año y aún quedaba mucho por hacer. Fue así que Fidel, en la clausura de la Plenaria Nacional Obrera de Alfabetización, anunció: «Movilizando a la clase obrera, le damos ya a la Campaña el aporte final que necesita».(2)

Entonces cerraron filas los obreros y se organizaron como brigadistas Patria o Muerte, oportunidad que aprovechó Ezequiel Hernández para, desde su centro laboral, aportar a la Revolución. Cinco trabajadores de la Empresa de Carga por Carretera serían sus alumnos, hombres que durante toda una jornada se echaban los sacos a la espalda, pero después de las cinco de la tarde convertían el cansancio en entusiasmo para desterrar el analfabetismo de sus vidas.

***

«¡Fidel, Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer!», salían las palabras del pueblo reunido en la Plaza de la Revolución de La Habana, a donde muchos habían ido por primera vez. Y mientras levantaban lápices, banderas, cartillas y manuales, en los hogares cubanos había una luz diferente brillando entre las familias más humildes. Era la luz del conocimiento. 

«Estudiar, estudiar y estudiar», contestaba Fidel abriendo, desde el justo final de aquella historia, otro nuevo camino hacia la superación de las potencialidades humanas. En aquel momento, solo había que abrir los ojos, contar con Cuba y los sueños se hacían realidad.

FUENTES:

(1) Discurso pronunciado por Fidel Castro Ruz en la concentración para proclamar a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo, el 22 de diciembre de 1961.

(2) Discurso pronunciado por Fidel Castro en el resumen de la Plenaria Obrera de Alfabetización, el 16 de agosto de 1961.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.