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A Roberto la ataxia le quita el sueño

Historia de vida de un joven microbiólogo tunero-holguinero que asumió el reto de incursionar en la neurofisiología, con tanto éxito, que hoy ostenta la Orden Carlos J. Finlay, máxima distinción que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba a los científicos cubanos

Autor:

Liudmila Morales Alfonso

HOLGUÍN.— No imaginó, durante su adolescencia, el rumbo que tomaría su vida. Para él, hasta entonces, la maravilla se concentraba en las cabinas de sonido de la emisora puertopadrense Radio Libertad, donde su padre era el director.

Todos creyeron que se convertiría en realizador radial. Incluso él mismo llegó a pensar que su futuro apuntaba hacia el periodismo, pero no sospechaba que su verdadera vocación vendría a germinar pocos años después, entre microscopios y tubos de ensayo, en el laboratorio de Biología del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Luis Urquiza Jorge, de Las Tunas.

«Allí conocí a un gran pedagogo, el profesor Vargas, quien nos adentró en el mundo de la biología. En esa escuela, determinante en mi vida, participé en los concursos a nivel nacional, incursioné en experimentos y, gracias a los libros que leía, me fui enamorando de esa ciencia, hasta que encontré el texto ¿Son los virus amigos o enemigos?, de una editorial rusa, que fue lo que definitivamente cambió mi interés».

Así lo rememora Roberto Rodríguez Labrada, quien ha firmado sus más de 60 artículos científicos uniendo mediante una pleca los apellidos de sus progenitores, para que, en las referencias bibliográficas, el de su madre no quede excluido cuando alguien lo cite.

«Mañas de científico», dice el investigador de 38 años que recibiera recientemente la Orden Carlos J. Finlay, que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba. Lo dice y sonríe, natural y sencillo, como si acumular en su currículum más lauros, reconocimientos y publicaciones que los años que ha vivido, fuese algo sumamente normal. Entre los más trascendentales destacan 12 premios de Salud, ocho de la Academia de Ciencias de Cuba, dos de la Organización Internacional de Investigaciones del Cerebro, y uno de la Sociedad Mundial de Trastornos del Movimiento.

Mas, para el Jefe del área de investigaciones del Centro para la Investigación y Rehabilitación de las Ataxias Hereditarias, de Holguín, este reconocimiento, entre todos, resulta extraordinariamente especial:

«Ha sido un honor recibir la Orden Carlos J. Finlay, porque en nuestro país hay muchos investigadores con una gran trayectoria. Representa otra fuente de motivación, porque no es muy usual que los jóvenes la reciban. Además, todos estos resultados que hoy exhibo son consecuencia de un colectivo de trabajo, en el cual muchos —la mayoría— somos jóvenes. Tampoco es un secreto que hacer ciencia en Cuba es mucho más difícil que en cualquier otra parte del mundo, y aun más porque lo hemos logrado a 800 kilómetros de La Habana».

—Hablando de la capital, ¿qué le debes como científico y como ser humano a la Universidad de La Habana?

—Como científico marcó mi vida el haberme incorporado desde tercer año a hacer prácticas laborales en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), del polo científico de La Habana. En tercer año logré entrar a un laboratorio donde se investiga sobre el dengue y comencé a ver cómo era el trabajo allí, apliqué las técnicas que solo conocía por libros y me sentí en un ambiente donde casi todo lo que se hablaba era científico. Allí supe que lo mío iba a ser investigar.

«En lo social, la beca fue ese espacio de independencia para crecer como ser humano y para vencer obstáculos. Allí conocí a mi esposa, Yaimeé, con la cual inicié una relación desde segundo año de la Universidad. También me marcaron mucho los profesores, a quienes agradezco las herramientas que me ofrecieron para hoy poder concretar cada logro».

—¿Cómo un Licenciado en Microbiología de la Universidad de La Habana y residente en Puerto Padre, viene a trabajar a Holguín?

—En 2005, después de graduado, no pude comenzar a trabajar en el CIGB porque no había posibilidad de hospedaje y decidí regresar a Puerto Padre. Entonces conocí sobre el centro holguinero. Vine y me presenté, me dieron la bienvenida y me dijeron: «Aquí tenemos capacidad, pero no hacemos nada de microbiología. Lo que tenemos es neurofisiología clínica». O sea, no tenía nada que ver con el estudio de bacterias, virus, hongos y microorganismos, que era de lo que yo sabía, porque la neurofisiología se centra en el estudio del cerebro.

«Ahí me vi en una encrucijada, pero asumí el reto de dar un giro a mi especialidad, porque creo que la Universidad, más que darnos una preparación técnica específica en cada temática, nos brinda muchas herramientas para aplicar el método científico y afrontar cualquier problema.

«Tuve que estudiar muchísimo, casi una carrera nueva, pero siempre conté con el apoyo de mis compañeros y de la institución, al punto de poder prepararme en centros en La Habana y participar en eventos en Argentina, Colombia y México. Así, en 2013 terminé el Doctorado en Neurofisiología, con el tema: “Caracterización de las alteraciones de los movimientos oculares en los pacientes con ataxia en Cuba”».

—¿Cómo enfrentas las limitaciones materiales para hacer ciencia de Primer Mundo?

—Apostamos por potenciar la colaboración internacional como una alternativa viable. Para eso debemos mantener el prestigio internacional como una institución confiable, organizada y seria. Hoy el centro tiene colaboraciones con Alemania, México, Estados Unidos, Canadá, entre otras naciones. Esto permite que recibamos donaciones en equipamiento y en reactivos que son muy costosos. Posibilita, además, que podamos asistir a eventos, cursos y entrenamientos fuera del país. Eso contribuye a que la ciencia cubana se valore más allá de nuestras fronteras.

—Después de 14 años dedicados a estas investigaciones, ¿qué representan para ti las ataxias hereditarias?

—Estudiarlas es un reto. Estamos hablando de una de las enfermedades neurológicas más severas que se conocen, sobre todo por su carácter progresivo e invalidante, y con una repercusión mayor cuando aparece en la niñez y en la juventud. Cuba tiene el mayor número de pacientes e índice de prevalencia de esta enfermedad a nivel internacional. En nuestro país existen casi 200 familias con este tipo de enfermedad y todas se atienden en nuestro centro. Los pacientes han depositado en nosotros su confianza y eso nos compromete mucho más, porque sabemos que hay que seguir enfocados en buscar la cura».

—¿Qué es lo más difícil que has enfrentado aquí?

—En la clínica tenemos una relación médico-paciente especial, porque hay muchas personas que pasan la mayor parte de su vida en nuestro centro. Eso genera una empatía, una relación muy fuerte con ellos y, lamentablemente, hemos visto la progresión de la enfermedad y la muerte. Eso es lo más doloroso.

—Tu esposa trabaja contigo. ¿Cómo es la vida de un matrimonio joven que se dedica a la ciencia y afronta los mismos desafíos sociales que cualquier otro cubano?

—Somos dos jóvenes científicos con múltiples proyectos de investigación que desarrollamos en el trabajo, pero cuando volvemos a la casa asumimos también las responsabilidades del hogar. Es difícil porque la ciencia lleva mucho de estudio, y a veces las horas de trabajo no son suficientes. Por eso continuamos el trabajo por las noches en la casa. Si la prioridad en la parte científica es la de ella, entonces me encargo de tomar mayores responsabilidades hogareñas, para que ella pueda avanzar.

«Ocurre lo mismo cuando el que está más enredado soy yo. Pero cuando nos enredamos los dos, ahí sí es el caos; pero de eso salimos, sobrevivimos —dice y se ríe—. Y Diego, nuestro niño de tres años, no nos ayuda mucho, porque se acuesta muy tarde. A las diez de la noche todavía está despierto, porque quiere encender la computadora para trabajar también».

—¿Qué te quita el sueño como científico?

—Lograr encontrar la cura para las ataxias hereditarias. O sea, de qué manera podemos, desde Cuba, investigar y  colaborar a nivel internacional, para finalmente concretar una alternativa terapéutica que cure esta enfermedad. Ese es el sueño mayor que quisiera concretar. 

Para saber también

Las ataxias son enfermedades degenerativas hereditarias que afectan el sistema nervioso central y periférico, y conllevan a la muerte de neuronas, con una expresión amplia que se considera multisistémica.

Fundado en el año 2002, el Centro para la Investigación y Rehabilitación de las Ataxias Hereditarias —único de su tipo en Cuba y en el área de América Latina—, posee una visión integral para la atención a esta enfermedad e, incluso, a otras de tipo neurodegenerativas como Parkinson y Corea de Huntington.

Este enfoque integrador, exclusivo de su tipo concebido así, posiblemente en el mundo,  incluye la intervención de neurofisiólogos, neurólogos, siquiatras, sicólogos, especialistas en rehabilitación física y en medicina interna, así como bioquímicos, biólogos, microbiólogos, entre otros.

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