Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El que tenga, me los paga; y el que no, no importa (+ Video)

La sensibilidad no tiene que ir, necesariamente, sobre ruedas, también está en los labios del agradecido

Autor:

Liudmila Peña Herrera

Ella no lo sabía; él, supongo, tampoco. Ambos estaban del lado allá de la ventanilla, con la posibilidad de brindar ayuda o negarla. Quedaba a su libre y espontánea libertad. Él al volante de un auto estatal que se detenía para dejar a alguna conocida suya en las cercanías de la parada del P 16; ella, en el asiento contiguo al del conductor. Él me miró con cara de «no me jodas, que estoy apurado», y cerró la puerta bruscamente. Ella, también desde un auto del Estado, me instó a apurarme, a abrir y acomodarme: «Vamos solo hasta Primelles y Calzada del Cerro, pero te adelantamos», dijo, y esbozó una sonrisa.

Ninguno de los dos lo sabía, supongo; pero media hora después, el 11 de septiembre último, el Presidente cubano hablaba en el espacio radiotelevisivo de la Mesa Redonda sobre la situación estrecha del país con respecto al diésel y orientaba hacer de la solidaridad un acto consciente, constante, cotidiano.

Dicho y cumpliéndose. Y ahí está el pueblo «de a pie», sacando como nunca la mano hacia la calle para «hacer la botella», movilizando el pensamiento en medio de las aglomeraciones, comentando y tomando fotos que postea en las diferentes redes sociales para saludar los gestos buenos o denunciar al que no entiende o no quiere entender.

Como el conductor del ómnibus Yutong con matrícula B 105619 —que no quiso entender o no le habrán hablado claro—, que este lunes paró en Calzada del Cerro y Primelles, rumbo a la Calzada de Vento, en un supuesto gesto solidario y, luego de que todo el que quiso montar lo hizo, intentando darle la moneda de un peso, respondía así, muy chévere: «Cobro a la salida». Mas cuando todos estuvimos sentados, lanzó el grito que le delató la inconsciencia: «¡Son cinco pesos por persona!».

Los pasajeros quedamos en silencio, sorprendidos. Nadie protestó, aunque alguno volvió a preguntar, como para confirmar lo que había escuchado: «¿Cuánto?». Por el tono de voz y por el gesto de no mirar hacia atrás cada vez que alguien pretendía entregarle el billete, supuse que el hombre estaba reaccionando o se le había activado alguna alarma en su cerebro. Tuvo que haber sido, porque la respuesta me sonó a «déjame limpiarme la “pata” que he metido»: «Son cinco pesos, caballero. El que tenga, me los paga; y el que no, no importa. Lo único que quiero es que me cuiden los asientos». Ah, de haber comenzado por los asientos… Pero no, lo que él quería eran los cinco pesos.

Tampoco entiende —y es comprensible— la muchacha que cada atardecer ve pasar en el auto casi vacío a uno de sus jefes, sin atreverse a girar el rostro hacia ella para acercarla a su lugar de residencia, aunque ambos saben que se dirigen hacia el mismo destino. Ella lo ve y piensa cómo actuaría él si llevara de la mano a su hija pequeña que ahora lleva en la parte trasera del carro, o la tuviera llorando en medio de una parada repleta.

Sí comprendió bien el mensaje el chofer de Cupet que, ya anocheciendo, paró en Santa Catalina sin conocer a nadie, montó a aquella familia completa y hasta desvió su ruta por Vento —porque igual le servía y «el carro no se cansa, pero ustedes sí»— para ayudar sin demasiado esfuerzo, y por pura conciencia y sensibilidad, a quien precisaba de su gesto humano. Días antes, esa actitud pudo parecer extraña, pero hoy es la de un cubano que entiende, y como entiende, actúa. Estos son los gestos que nos hacen, en tiempos difíciles, invencibles.

Una colega escribió en redes sociales que «se ha puesto de moda la sensibilidad por estos días»; pero aunque la frase suene bien, creo que no es totalmente verdad. A veces uno cree que no, que la gente ha perdido la conciencia, el sentir y actuar desinteresadamente por el otro. Aun cuando muchos ejemplos cotidianos hablen de inconsciencia, hay mucha gente en el país al frente de un timón que ha hecho lo que debe hacer durante años.

Hay otros muchos más que no. También es cierto. No debería depender de un contexto, una indicación gubernamental, una llamada de denuncia del pueblo o del control de un inspector. No hay que esperar a que lo mande el Presidente. La sensibilidad se educa, se alimenta, se promueve; pero también se gana y se merece. Es una cuestión de civismo que nos incluye a todos, a quienes manejan y a los que esperamos ser recogidos.

No olvide que la sensibilidad no tiene que ir, necesariamente, sobre ruedas. También está en los labios del agradecido, en las manos de quien cuida la puerta al salir del auto, en el detalle de quien se sabe menos necesitado que la embarazada de al lado que también espera y la deja montar en el único puesto que queda, en el cuidado de no ensuciar los asientos con la bolsa del pollo descongelado, en el «Muchas gracias» y en el «Tenga buen día».

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