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Martianos hoy: defendamos el alma de la patria

No son muchos los pueblos que pueden encontrar su alma en la vida de un ser humano que con sus actos alcanzó una altura ética capaz de iluminar toda una nación

Autor:

Yusuam Palacios Ortega

No son muchos los pueblos que pueden encontrar su alma en la vida de un héroe, o mejor aún, en la de un ser humano que con sus actos alcanzó una altura ética capaz de iluminar toda una nación. No son muchos los pueblos que tienen como guía espiritual a un hombre como José Martí. Somos dichosos de vivir en la tierra que lo vio nacer, fraguar su carácter revolucionario, apropiarse de la justicia y realizarla, ascender a la inmortalidad.

Es Martí un misterio, decía Lezama Lima, pero no indescifrable o alejado de la vida material; es un misterio desafiante, que con una sencillez extraordinaria, te lleva de la mano por la inmensidad de la vida, por las cosas más puras y sensibles que definen a un ser humano: el amor, la justicia, la ética y la verdad. No en balde Gabriela Mistral lo definió como el hombre más puro de la raza.

Y es que Martí, como nos decía Cintio Vitier: «es de aquellos (hombres) que nos obligan a poner en tensión todas nuestras fuerzas intelectuales y afectivas. Estas últimas son desde luego las primeras en acudir, porque la persona de José Martí, excepcionalmente dotada del don de conmover y mejorar, se nos entra en el alma mucho antes de que hayamos podido comprender a cabalidad la trascendencia de su obra».1

Ahí también radica el misterio, en esa fuerza que hemos de llamar martianidad, en la asunción de los valores martianos que nos hacen ser mejores personas, hacer por los demás, vencer el egoísmo, salvaguardar aquello que es sagrado como la Patria y sus símbolos. Es como el propio Martí cuando expresó, refiriéndose al heroísmo ejemplar de los estudiantes de Medicina fusilados en 1871, en su discurso conocido como Los Pinos Nuevos: «… ¡así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!».

Cuidarla, llenarla de amor y salir al camino redentor cuando la vemos en peligro de ser mancillada, o cuando nos la vulneran; es nuestro deber. Lo ha sido históricamente para el pueblo cubano, está en sus entrañas, en sus raíces. ¿Qué define a Cuba, en medio de tanta podredumbre moral y existencia lastimada en que vive la humanidad? Su historia, su condición mambisa y rebelde, su fe inquebrantable en la victoria, su heroica resistencia ante el odio visceral del imperio cruel y mañoso, y su martianidad.

El alma de Cuba la encarna Martí, la eleva y apertrecha como ese sol del mundo moral. El alma de la patria cubana se ha tejido con sangre, la derramada por sus hijos en pos del decoro y la dignidad, con sacrificios porque la patria los necesita, ella, nos advierte el Apóstol, es ara y no pedestal, debemos servirle pero nunca tomarla para servirnos de ella.

Y pudiéramos preguntarnos, como hizo Roberto Fernández Retamar: «¿Quién es este hombre extraordinario a quien, al cumplirse el siglo de su nacimiento, el propio Fidel Castro atribuye la paternidad de la más creadora revolución del continente americano; a quien recitan de memoria los escolares de su tierra y los escritores más exigentes?».2

Ese es Martí, símbolo de lucha por un mundo mejor, por el mejoramiento humano, por la utilidad de la virtud; referente de muchas generaciones de cubanos, guía espiritual de la nación, un hombre cuya actualidad y universalidad son extraordinarias; porque a pesar de su siembra hace tantos años, florece ese espíritu que no nos abandona y continúa señalando el destino de la patria.

Luego, ¿qué significa Martí para los cubanos?; pregunta que se hizo el Comandante en Jefe en el aniversario 150 del natalicio del Apóstol, y cuya respuesta él mismo dejó para la posteridad: «Para nosotros los cubanos, Martí es la idea del bien que él describió». Es tal la grandeza de Martí que cuando su carácter se intenta denigrar por seres de alma baja, su pensamiento se manipula y tergiversa por intereses mezquinos, su vida se quiere ridiculizar, o su imagen marmórea se ultraja, sea en busto, estatua o monumento; se hinchan los corazones de los hijos de la patria y la sangre se inflama y estalla el amor por quien representa lo más sagrado de una nación.

Como el cuerpo humano es el de las naciones, lo aprendimos del Maestro, tienen el corazón donde no se les ve; pero cuando lo lastima la imprudencia o lo levanta la indignación; el corazón sigue ahí, presidiendo y guiando. Es lo que ha ocurrido estos días ante el ultraje cometido contra la imagen de nuestro Héroe Nacional por seres vandálicos que no vacilaron en hacerles el juego a la peor lacra imperialista, a la mafia miamense y al Gobierno fascista de Estados Unidos, símbolo de la maldad, que a toda costa pretende derrocar la Revolución Cubana.

A Martí no se le ofende, no se le mancilla; hacerlo es como despojarse de las raíces, es como quedar sin alma. Cubano que no sienta su corazón estremecerse ante José Martí, y peor aún; ejecute, conciba, induzca o financie actos tan execrables, no debería ser llamado cubano; le falta un ingrediente indispensable: el orgullo de serlo, la cubanía que se refleja en el amor a los símbolos patrios, en el respeto y veneración a los héroes y mártires, en la defensa de la porción de humanidad en que les tocó nacer y que ven más de cerca.

Es preciso ir donde Mella, quien quería escribir un libro sobre Martí; así lo expresó en sus glosas al pensamiento martiano, anhelo que no pudo alcanzar porque, como él mismo refiriera: «(…) Bien lejos de todo patriotismo, cuando hablo de José Martí, siento la misma emoción, el mismo temor, que se siente ante las cosas sobrenaturales…».3

Y no es que lo fuera (sobrenatural), pero así se sienten las cosas sagradas. La grandeza de Martí está ahí, en que sin ser sobrenatural, porque no es un dios, devino esencia, raíz, osamenta; en que sin necesidad de nombrarlo él está presente, vivo como sostuvo el Che en un discurso trascendental, en el que nos pide que nos acerquemos a Martí, «…sin pena, sin pensar que se acercan a un dios, sino a un hombre más grande que los demás hombres, más sabio y más sacrificado que los demás hombres, y pensar que lo reviven un poco cada vez que piensan en él y lo reviven mucho cada vez que actúan como él quería que actuaran…».4

Cuando nos acercamos al aniversario 167 del natalicio de José Martí, y con el mismo espíritu con que él escribió Vindicación de Cuba; hoy podemos decir que Martí no ha muerto ni morirá. No permitamos jamás que su legado se cubra de polvo, no descuidemos en la vorágine de la cotidianidad los espacios ni las formas más diversas de honrarlo, seamos enteramente martianos: de pensamiento y acción. Como hace un tiempo expusimos: ser martianos es ser buenos, justos, patriotas.

La pregunta de todos los días, ¿qué es ser martiano hoy?, convida a los jóvenes a luchar, a crecer con las ganas tremendas de la juventud de revolucionar la realidad, de cambiar con la motivación permanente de ser conscientes del momento histórico, de lo que hay que hacer, de cuál es el camino, de que somos hijos de Martí y Fidel, y por eso antimperialistas, arriesgados e inconformes eternos con lo que está mal, con lo que nos debilita. Hay que seguir albergando la unidad revolucionaria, porque la clave continúa siendo: unir para vencer; y no divide y vencerás.

 

 

1 Cintio Vitier: Vida y obra del Apóstol José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, Cuba, 2010, p.7.

2 Roberto Fernández Retamar: Martí en su (tercer) mundo; en Introducción a José Martí, Tomo I, UNAM. Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, 2018, p.18-19.

3 Julio Antonio Mella: Glosas al pensamiento martiano, edición digital.

4 Ernesto Che Guevara, Discurso en la conmemoración del natalicio de José Martí, el 28 de enero de 1960.

 

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