Detalles del hombre que revivió a Benny Moré con su voz

Juan Manuel Villy,  un juglar de Santiago de Cuba  que asumió el reto de interpretar al Bárbaro del Ritmo en el filme El Benny.

Autor:

Juventud Rebelde

Asoma por la esquina, brillan sus zapatos de dos tonos, sus pantalones anchos y su tres. Tal vez para algunos sea demasiado; la mayoría no conoce cómo se llama, ni hará falta, porque todos saben que es sencillamente «El Benny». Y que una fidelidad como la suya, no tiene límites. Juan Manuel Villy Carbonell, su nombre, ha quedado para el documento de identidad que marca su nacimiento en Santiago de Cuba, el 31 de enero de 1962. Y muy pronto conocerá el ambiente trovadoresco:

«Yo traía la música en la sangre. Mi padre, Jesús Manuel Villy, era trovador y me llevaba a fiestas y bares desde los ocho años... Si yo cantaba y desafinaba un poco, me daba una bofetada. Preocupado porque no me la diera, me esforzaba por aprender bien. Y todo eso se me fue metiendo dentro».

Nunca estudió música en escuelas o academias, el don natural que la vida le había dado no lo cambiaría por nada... y practicó boxeo; pero su abuela lo rescató del ring:

«Me dijo: “mira, muchacho, esos golpes en la cabeza te van a traer problemas, es preferible que sigas con la guitarra”. Me pusieron un maestro para que me enseñara, pero con la técnica no pude. Encontré mi estilo aprendiendo de oído. Luego, me dediqué al tres. Quería bailar tocando el instrumento y sentí que a la guitarra le faltaba algo. El tres es un “piano”, me acompaña y yo mismo hago el tumba’o para bailar».

Vivía al día, pasando el cepillo —que así dicen los músicos cuando recogen las monedas después de la actuación—, comiendo candela. Y la primera vez que subió a un escenario, lo hizo con el rostro embadurnado: «Trabajé con la compañía de magos y payasos, porque sentí que tenía arte para hacer reír. Estábamos en el Segundo Frente y me oyeron cantando en el público Mata siguaraya. Jorge Mercerón, de la banda de Mario Patterson, me preguntó si me atrevía a cantar ese mismo número, porque faltaba un cantante. Y yo le dije: “No hay problema”, y subí, todavía vestido de payaso».

Una comisión encabezada por Manuel Licea «Puntillita», lo evalúa; pero aquel colectivo se desintegra y Villy vuelve a la bohemia, a esa trova que se traba sin trago, como un juglar contemporáneo. En el ínterin, trabajará con varias agrupaciones: Tierra Caliente, el septeto La Era, en el hotel Casa Granda..., viaja a España, es invitado por Los Taínos a grabar un tema..., cantó en la peña del tango, en el cabaret Tropicana Santiago... Sin embargo, su espíritu independiente lo devuelve siempre a la aventura. Su imagen aparece en postales y almanaques. Demián Rabilero filma un documental sobre su vida; pero algunos no entienden, no hallan dónde poner su singular estampa de show man cuando la madrugada se le pega a la piel.

Y el Benny soñando ser El Benny por las calles de Santiago de Cuba, Enramada arriba, Enramada abajo. Alma en pena, estremeciendo las piedras y la gloria escondida de los parques, sin saber que desde los balcones, Matamoros y Sindo le miraban. Por esos caminos, lo encuentra un día el inglés Natty Bo, quien al verlo, va del asombro a la propuesta:

—¿Te atreverías a cantar ska?

La respuesta:

—Yo traigo la música dentro, y canto en cualquier compás.

De esa forma, Villy captó ese ritmo trepidante surgido en Jamaica, precursor del reggae, fusionado con otros ritmos en sucesivas oleadas. Sus discos con ska cubano para la disquera Casino Sounds —grabados en los estudios de la EGREM— le han permitido presentarse con todo éxito en festivales y salas de Japón, Alemania, Bélgica, Holanda, Eslovenia, España, Suiza, Gran Bretaña... Londres lo aplaudió este propio año en la promoción del fonograma ¡Ay, Caramba! (2005). Hay que escucharle en números como Me voy pa’ las yaguas, de su esposa Gisela Diana Navea; Cachita, de Rafael Hernández; Marianao, de Benny Moré; o en el afro Tabú, de Margarita Lecuona, en tiempo de ska.

—¿Y de dónde viene lo del Benny?

—Esto venía ya en mi vida, porque Benny murió tan rápidamente en 1963, que he descubierto que... soy su reencarnación. Poco a poco yo mismo me fui inclinando y no quería hacer otro género; aunque me hacían críticas: «deja la música tranquila, deja al muerto que ya eso pasó, que nadie va a revivir eso»; pero yo seguía porque me dominaba, era algo más fuerte que yo.

—¿Cómo llegas a la película?

—Yo me encontraba terminando el Festival del Caribe, cuando vino el director, Jorge Luis Sánchez, y preguntó en la calle Heredia dónde vive el Benny, me salió atrás buscándome. Fuimos a mi casa, donde me hizo unos cuantos videos. Allí hice algunas voces y me propuso poner la voz para la película, que si yo me atrevía a desafiar eso. Me quedé un rato callado y dije por dentro de mí: «Yo soy el Benny». Pasaron unas semanas y me mandó a buscar. Yo llegué a La Habana con mi sombrerito de yarey, algunos me miraban y se reían.

—Pero es un reto mayor sustituir la voz de ese mito. ¿Qué fue lo más difícil en las sesiones de grabación?

—En la película canté 13 temas. El que más me emociona, me llega mucho el sentimiento, es Santa Isabel de las Lajas, donde él se crece. Cuando estaba grabando, Santiago estaba en pleno carnaval. Se me hacía difícil terminar el número. Lo repetía y lo repetía, pero no entraba... Sin embargo, tenía que vencer, no podía venir para Santiago derrotado. Entonces, decidieron apagar la luz del estudio y mi esposa me dijo que veía al Benny parado detrás de mí.

«Mandé a buscar una botella de ron, me di medio vaso... ¡A tu salud, Benny! Y le dije: “Permíteme hacer esto, no para decir que soy mejor que tú, sino para darte gloria, la gloria que tú te mereces”. Y cuando encendieron de nuevo la luz, volvimos a probar, y de nuevo cantó El Benny en La Habana.

«Los demás números no me fueron tan difíciles. El color mío de la voz es el mismo del Benny. Eso sí, hay palabras que él decía a su modo, que cantaba con esa forma suya, sabrosea’o, y tuve que hacerlo igual que él».

Cuando me voy yendo de su pequeña casa, cuando dejo las fotos de sus actuaciones en la pared, ya sé que Santa Isabel de las Lajas ha cambiado de lugar por una voz. Y le provoco:

—¿No te molesta que a todas horas te digan el Benny? ¿No te sientes perdido detrás de una representación?

—Mira, mi hermano... ¡El Benny soy yo!

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