Nuevo programa de la Televisión Cubana despierta simpatías

La hora de Carlos, conducido por Carlos Otero, se mantiene los martes en el horario de la noche

Autor:

Randol Peresalas

Hay programas de televisión que gustan y otros no. Así de simple pueden parecer las conclusiones de un espectador, una vez llegada la noche y presto a entretenerse frente a la pequeña pantalla. Sin embargo, nada más lejos de la simplicidad que tales efectos: el gusto parte de la empatía, del reconocimiento a la calidad del esfuerzo de otro, y donde la seducción ejercida por este se hace patente, efectiva. Durante el verano fueron pocos los espacios musicales y de conversación que lograron aplausos (La noche favorita y Mediodía en TV, están en mi lista), acudiendo nuevamente a una fórmula trillada, es cierto, pero asombrosamente fructífera: la del «tú a tú» con los invitados. El que con mejor fortuna se abrió paso, según mi opinión, fue La hora de Carlos, dirigida con comodidad y sin la menor sombra de prejuicios por Yusnel Suárez.

Gracias a la buena recepción que alcanzó en julio y agosto, el espacio fue reubicado los martes de Cubavisión, en un horario nocturno muy acertado. Decisiones como esta demuestran el empeño de los directivos no solo por «levantar» la programación de ese día, sino también por darle cabida a este tipo de producto entre semana, confinado continua y absurdamente a sábados y domingos.

Lo primero que salta a la vista es su notable factura y la intención de preponderar el diálogo por encima de la música. A menudo, en busca de un equilibrio —que ni siquiera se logra—, los habituales de este corte avivan interminables desfiles de orquestas y solistas, donde el buen hábito de conversar queda relegado a un segundo plano. Este no es el caso. Aquí se viene a hablar, a confesar, a especular... Claro que la prudencia de regalar el protagónico a Carlos Otero, da una buena ventaja. El indiscutible carisma de Otero, que lo ha convertido en uno de los animadores más populares de la Televisión Cubana, garantiza de antemano el resultado final: sus modos para extraer exclusivas, frases y anécdotas son irreprochables; su sola imagen consiente jugar con el invitado, gastarle bromas sanas y mantener a raya la frivolidad más frívola.

Partiendo de una estructura que recuerda a un proyecto anterior del conductor —me refiero a Entrada Libre—, esta hora tiene la particularidad de proponer temas generales, los cuales se explotan con mesura. Esto siempre se agradece: a la vez que mantiene la homogeneidad de los programas —el entrevistado no se dispersa; ni el televidente tampoco—, posibilita la diferenciación entre ellos, que se identifiquen unos de otros.

A esto se le suma la dinámica que genera el trabajo de edición, que ajusta cuidadosamente las respuestas de los invitados y los favorece con los mejores ángulos. Ayudan también para este propósito las secciones intercaladas que, muy usadas en otras propuestas —23 y M, por ejemplo—, no desentonan demasiado. Y digo no demasiado, porque a veces la supuesta novedad que estas propalan no se adecua con el tono del programa; suelen lucir forzadas. Sería conveniente rastrear curiosidades que se avengan con el tema de la noche —o que guarden algún vínculo, digamos—, pues aparte de cooperar con la afinación total del espacio, serían ellas mismas más elocuentes, dirían más.

En términos artísticos más concretos —presentación y despedida, escenografía, luces...— La hora de Carlos posee valores que permiten hablar de avances. La labor de infografía regala una imagen limpia, elegante, donde lo aparentemente farandulero se diluye en un túnel de abstracciones muy sugerente. Los dos set están bien armados, la mayor parte de las veces correctamente iluminados, aunque no alcanzo a desentrañar por qué uno es tan claro y colorido, y el otro tan oscuro. Me parece ideal esa atmósfera que se crea entre los músicos, toda vez que actúan rodeados por ese fondo de agujeros luminosos... Pero, ¿no parece demasiado hogareño el sitio de las entrevistas? Por separado, me funcionan; como partes de un todo, no tanto.

El ejemplo de mejor programa hasta la fecha —y es una observación muy personal, que espero encuentre adeptos— es el que trató las «técnicas para enamorar». Contó con una gama de reflexiones muy variopinta, donde lo mismo se «soltó» Broselianda Hernández en toda su sencillez, que asistimos al delirio en pleno con las ocurrencias de Mariconchi. La sobriedad desenfadada de Amaury Pérez fue un cierre magistral.

Por último, quisiera señalar tal vez un Perogrullo: se sabe que la calidad de este tipo de proyecto depende, en buena medida, de la selección de los invitados; de revelar aquellas singularidades que los hacen atractivos. Por tanto, invito a cruzar los dedos para que a este equipo no se le agoten demasiado pronto las figuras —aquellas realmente interesantes— que se acomodan en su sala. Sé que es pedir mucho, pero complázcanme.

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