Exponen en Museo cubano obras restauradas de la Colección Condes de Lagunilla

Los pastiches tienen el mérito de realzar el fragmento arqueológico y facilitarnos una mejor apreciación de la obra

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Juventud Rebelde

Cabeza de hombre. Talla en mármol del siglo II-I a.n.e. Foto: Calixto N. Llanes El fenómeno del pastiche y la tan llevada y traída discusión de que si las piezas reconstruidas deben ser consideradas como un original, o simplemente, son una falsificación más, es tema de debate por estos días entre especialistas y público asistentes al Museo Nacional de Bellas Artes. Allí, en una de las salas transitorias del edificio de Arte Universal, han sido puestas a la consideración del visitante cinco obras procedentes de la Colección Condes de Lagunilla. Dos de ellas, restauradas según los criterios estéticos neoclasisistas y las otras tres ensambladas con restos antiguos.

Llama la atención una cabeza helenística de hombre que conserva original su parte superior (el mentón, boca y nariz son una reposición moderna), y una estatuilla de época romana coronada por una cabeza, que bien pudo ser del siglo XIX. Los más avezados observadores notarán de inmediato las diferencias en la calidad y color del mármol. Algunos hasta cuestionarán la validez de estas piezas, sobre todo si perciben que en la primera es considerable el añadido estético y en el caso de la estatuilla (Fortuna Romana) las proporciones de la cabeza y el cuerpo son dispares.

Resulta curioso, igualmente, en Pastiches y Arqueología, título de la muestra, la composición de una deidad masculina del panteón egipcio (otro de los pastiches que se exhiben). El simulacro es demasiado evidente y debió responder, sin lugar a dudas, a intereses de mercado. Pues la parte inferior es un cuerpo femenino y la superior, hombros y cabeza, pertenece a un faraón representado como Horus. Además, las notas que acompañan a esta muestra así lo confirman.

Estatuilla de Fortuna. Foto: Cortesía del Museo A diferencia de las anteriores, esta pequeña estatuilla y otras dos piezas que integran también la exposición (un espejo etrusco y una lámpara, a los que se les ha añadido mango y base ajenas, respectivamente), fueron acopladas a partir de la unión de fragmentos antiguos; o sea, de restos de obras originales que han sido completadas con otros pedazos, aseguró Ana Vilma Castellanos, curadora de Pastiches y Arqueología y especialista del Museo Nacional de Bellas Artes.

«Todas estas piezas reciben el nombre de pastiches, dentro del ámbito de las colecciones de arte clásico. Bien sean remanentes arqueológicos dispersos y ensamblados posteriormente o una reconstrucción ulterior añadida a una obra antigua», explicó Castellanos en las palabras del catálogo.

Tales reposiciones —agregó— responden a los criterios estéticos de cada época e ilustran, por una parte el proceso de revalorización de la obra clásica y por otra, ejemplifican manipulaciones propias del mercado del arte.

MÁS ALLÁ DE LA POLÉMICA

Estos pastiches despiertan disímiles interrogantes. ¿La información que transmiten es fidedigna? ¿Pueden ser considerados como un original o son una falsificación de la obra?

Es conocido que combinar fragmentos de obras independientes no aporta al estudio arqueológico y en cierto sentido pudiera conducir a la tergiversación de la información; sin embargo, una identificación correcta neutraliza el problema, expresó a JR Ana Vilma Castellanos.

«El espectador debe saber lo que está mirando», subrayó la experta quien recomienda incluir en estos casos, junto a la identificación de la pieza, una nota que clarifique el fenómeno. «Señalar la reposición o la composición de un pastiche es una manera de lograr una apreciación adecuada de la obra».

Castellanos afirmó que la articulación de colecciones de arte antiguo es un proceso que responde a intereses estéticos, artísticos y científicos. Su existencia, por tanto, dentro de una colección es válida y no demerita en modo alguno el valor de la misma. «No son falsificaciones sino pastiches: reconstrucciones a partir de fragmentos auténticos, procedentes de la colección Lagunilla, la cual fue creada en un momento en que las piezas procedían casi exclusivamente del mercado del arte».

La utilidad histórica de este proceso merece una correcta valoración pues tal práctica ha sido la vía de exposición de un fragmento que de otra forma se hubiera desechado. O en el mejor de los casos permanecería en almacenes, marginados del conocimiento colectivo, concluyó.

Más allá de cualquier polémica, estos pastiches tienen el mérito de realzar el fragmento arqueológico y facilitarnos una mejor apreciación de la obra. Al tiempo que permiten situar la pieza en un contexto histórico, determinar procedencia geográfica y definir su estilo.

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