Marcha bien el 20 Festival Internacional de Ballet de La Habana

Aunque quedaron algunas insatisfacciones, el público disfrutó del programa de domingo que incluyó los estrenos de El día de la creación, Prólogo para una tragedia y  Segunda sinfonía de Johannes Brahms

Autor:

Randol Peresalas

El día de la creación. Foto: Nancy Reyes Noche de estrenos fue la del pasado domingo en el Gran Teatro de La Habana, como parte del 20 Festival Internacional de Ballet. El público aplaudió con beneplácito todo el programa, que incluyó, además de las presentaciones en Cuba de tres nuevas obras, el conocido pas de deux de El corsario —interpretado por Anette Delgado y Rómel Frómeta—, y la vigorosa aparición de la bailaora española María Juncal.

Segunda sinfonía de Johannes Brahms, de Gonzalo Galguera, fue la pieza encargada de abrir la función. Como su título indica, la música del célebre compositor alemán, considerado el más clásico de los músicos románticos, sirvió de base a su autor para esta suerte de gran divertimento, donde lo atractivo se reserva exclusivamente al plano formal, o sea, al reajuste del estilo académico y sus potencialidades lúdicras, más que a la emisión de sentidos racionales.

Fue una pena que no haya sido correctamente interpretada. Faltó rigor en algunos bailarines —salvando a los solistas Yanela Piñera y Alejandro Virreyes, al resto del elenco se le vio poco efectivo—, y la homogeneidad brilló por su ausencia durante gran parte del espectáculo. No obstante, la obra es atendible por otras razones de mayor peso. Los excelentes diseños de Salvador Fernández y el exquisito vestuario de Pascale Arndtzle insuflan mucho aire vanguardista y ayudan a destacar la atmósfera post que recorre la propuesta. Más allá de cierta altisonancia —algunas situaciones cómicas venidas a menos, por ejemplo—, hay que saludar la poderosa imaginación de Galgera, sin dudas uno de nuestros coreógrafos más próximos a las nuevas tendencias de la danza.

El día de la creación, de Goyo Montero (premio del Concurso Iberoamericano de Coreografía 2006), subió a la escena del García Lorca, y dejó muy buen sabor. Hay que señalar, en primer lugar —y a juicio muy personal—, que el entusiasmo se debió en gran medida al frescor de la coreografía y al arrojo de los ejecutantes. Tampoco dudo, claro está, que haya gustado por sí misma. De hecho, recogí varios criterios que la apoyaban. Pero de cualquier manera, a mí no me satisfizo totalmente.

La obra vale por segmentos, no por la sumatoria de estos. La excesiva alusión al sexto día de la creación —tan agudamente recreado por Vinicius de Moraes en su poema homónimo—, no encuentra el debido respaldo en el trazado de los movimientos que nutre la obra. Y no es que se pida un mensaje trascendental a cada paso, sino que la Creación, vista en esa pequeña escala, resulta un tanto frívola. Es cierto que un gesto o una pose pueden resumir el espíritu causal de la evolución humana, pero ella no se debe solo a eso.

En otras palabras: siento poca profundidad en la fábula, como también en la estructura —reducida a tres momentos: creación física, «desarrollo» de las identidades y epifanía—, la cual no alcanza a dimensionar las palabras que dictan el ritmo interno de la obra.

Prólogo para una tragedia fue el tercer estreno de la noche. Con coreografía de Brian McDonald y diseños también de Salvador Fernández, la conocida historia de Shakespeare fue asumida en los roles protagónicos por el argentino Maximiliano Guerra (Otelo) y por la bailarina principal Yolanda Correa (Desdémona). Más allá de que la «química» entre ambos no fue la mejor, hay que reconocer que ambos bailaron con brío y buen gusto. Carlos Quenedit (Yago), Taras Domitro (Cassio) y sobre todo Aymara Vasallo (Emilia), estuvieron ajustados y muy convincentes.

De obra muy agradecida puede calificarse este prólogo, que desecha la tragedia del original, y se concentra en mover los hilos que la desencadenarán luego, en un tiempo que no se representa. Sucede, sin embargo, que en la trama fallan algunos resortes de índole dramático: la progresión es insuficiente, pues los móviles del conflicto apenas resaltan. Además, en cuanto a estructura, no creo que ese guiño teatral —armado a base de apagones y fragmentaciones— le ayude mucho a la exposición. Al contrario, le resta agilidad y pone en entredicho la debida fluidez que debiera portar.

Con estos tres estrenos abre sus puertas el coliseo de Prado y San Rafael, a las muchas galas que promete. El público, repito, está de plácemes. Y el festival, marcha muy bien.

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