La verdad, cueste lo que cueste

Juventud Rebelde conversa con el destacado investigador argentino Osvaldo Bayer, presente en la XVI Feria Internacional del Libro de La Habana

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Foto: Roberto Suárez

En plena XVI Feria Internacional del Libro, el historiador, investigador y escritor argentino Osvaldo Bayer cumplirá 80 años, y sin embargo, el destacado intelectual se siente feliz de que su onomástico se celebre en Cuba, donde el libro es reverenciado. Lo sabe él, que ha sido testigo de la magnitud de este evento en La Cabaña, y lo agradece, porque sufrió y vivió para contar una experiencia que marcó su existencia: la incineración de su obra.

«Me da un poco de vergüenza decir que mi primer libro fue prohibido por Lastiri, dijo en una entrevista anterior. Si hubiese sido prohibido por otro presidente de más categoría, uno se pondría más contento. El segundo libro lo prohibió Isabel Perón, y ya los demás los quemaron los militares. Quemar libros es como abusar de los niños: es una cobardía, porque no se pueden defender».

El autor de La Patagonia rebelde, Los anarquistas expropiadores y otros ensayos; Fútbol argentino, Rebeldía y esperanza; y Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, textos por los que fue perseguido, nació en la provincia de Santa Fe y se graduó de Historia en la Universidad de Hamburgo, en Alemania. Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires, Bayer está ahora invitado a la importante cita, que tienelugar hasta el 18 de febrero en la capital.

—¿Por qué sus libros provocaban tanto miedo?

—Mira, Hipólito Yrigoyen, fue el primer presidente salido en elecciones generales en 1916, y su gobierno se caracterizó por ser muy reaccionario en la represión del movimiento obrero. Durante los seis años de su mandato se registraron las tres matanzas más sanguinarias de la historia argentina, hasta 1976: la primera, contra los obreros metalúrgicos en 1919, cuando estos obreros salieron a la calle para luchar por las ocho horas de trabajo. Entonces, como la policía no pudo detenerlos, Yrigoyen envió al ejército, que dio muerte a más de 600 personas. Esta trágica historia se conoce como la Semana Trágica.

«La segunda, se produjo dos años más tarde cuando los peones rurales patagónicos de las estancias del territorio de Santa Cruz, iniciaron una huelga en busca de mejoras salariales y de condiciones de vida. Y la reacción fue otra vez insólita: 1 500 peones fusilados.

«La tercera masacre tuvo lugar en el norte de Santa Fe, donde los trabajadores del quebracho —árbol duro como la piedra y hermosísimo de color rojo— centraron una huelga, cruentamente reprimida. Es decir, que la historia de la democracia argentina comenzó de una manera funesta. Y todo eso está en mis libros.

«Siempre me dediqué a la historia, a la historia escondida de la Argentina: la de los héroes populares que constantemente fueron tapados por la historia oficial. La Patagonia rebelde fue la investigación sobre las huelgas rurales patagónicas, un tema del que después nunca más se habló. Sencillamente se escondió. Empecé las indagaciones 50 años después y descubrí las tumbas. La misma población de Santa Cruz decía que de eso no quería hablar, todavía estaba aterrada.

«Tuve la suerte, que es la envidia de cualquier investigador histórico, de poder conversar con los testigos, que vivían todos —salvo los fusilados, por supuesto, y el teniente coronel Varela, que fue muerto en un atentado de los anarquistas esgrimiendo el derecho de matar al tirano, haciéndole honor a aquello que sostenían los filósofos griegos de que cuando no hay justicia, el pueblo puede tomarla por sus propias manos».

«En fin, todo eso me resultó muy caro, porque los libros fueron prohibidos, hasta por gobiernos “democráticos”, en el sentido de que fueron elegidos. Sin embargo, también me dieron la satisfacción de ser invitado por el gobierno cubano, en 1960, al primer año de la Revolución. Vinimos cinco hombres —entonces, yo era secretario general del Sindicato de la Prensa—, quienes llegamos el 1ro. de enero. Recuerdo que hacía un calor impresionante, sofocante, y Fidel habló cinco horas y media. Al día siguiente, tuvimos la oportunidad de tener una entrevista de tres horas con el Che Guevara que nos recibió a los cinco».

—Supongo que haya sido un momento inolvidable...

—Ciertamente un privilegio. Ahí estaba toda Latinoamérica. Ahí estaba todo el pasado, la reivindicación de los pueblos originarios, la acusación por tantos crímenes cometidos... Fue un momento sin precedentes. La Revolución Cubana, como la vi entonces, era el futuro para todos nosotros. Bueno, en verdad, todavía lo sigue siendo.

—¿Y cuánto tiempo demoró para volver a regresar a Cuba?

—Estuve en el 96, cuando fui jurado del premio Casa de las Américas, en la categoría de ensayo. Después repetí en el 1997, cuando vine a filmar con la televisión holandesa, y ahora, que me hicieron esta invitación. Y estoy absolutamente sorprendido. Yo no había visto nunca en mis 80 años, algo similar. Lo que más me encanta de esta Feria es la presencia de tantos niños, de tanta gente, y la posibilidad de poder hablar de nuestros libros. Eso me hace muy feliz».

—Ha sido invitado a la FIL para impartir una conferencia magistral...

—Efectivamente, impartí una conferencia sobre el genocidio que cometieron los diferentes gobiernos de mi país con los pueblos originarios. Argentina fue la única nación de Latinoamérica que los exterminó. Sin embargo, el monumento más grande de Buenos Aires es el dedicado al General Julio Argentino Roca, un verdadero asesino. Y nos parece una falta de respeto que la estatua más grande se haga al exterminador. Los últimos estudios antropológicos señalan que el 56 por ciento de los argentinos son criollos, es decir, que por sus venas corre sangre de los pueblos originarios. Entonces, hemos propuesto que se quite y se levante en su lugar uno a las dos mujeres que poblaron la Argentina: la de los pueblos originarios, porque en su vientre se hizo el criollo y, frente, la mujer del inmigrante que sufrió como pocas y también contribuyó a formar la actual población.

—¿Cuál debe ser, en su opinión, el papel de un historiador?

—Decir siempre la verdad, cueste lo que cueste. Nunca apartarse de ella. Pero, además, trabajar con los principios de la ética. Por ejemplo, cuando dictaba conferencias sobre el genocida general Roca, la gente me decía: «sí, mató a los indios, pero trajo el progreso», y yo pregunto: ¿El progreso para quién? Porque lo que hizo fue distribuir la tierra entre los grandes estancieros argentinos, de modo que organizó la oligarquía del campo, que todavía existe. Y fíjense qué casualidad: su biznieto directo fue luego el ministro de la dictadura de la desaparición de personas. Entonces, lo importante es la verdad y mantener la ética.

—Dentro de su obra solo hay un libro de narrativa: Rainer y Minou...

—No estoy entre los historiadores que han despreciado la literatura, porque la ven como algo de segunda categoría. Con Rainer y Minou me sucedió que quería escribir sobre un hecho que ocurrió en la colonia alemana de Argentina: un productor de cine alemán, hijo del más sanguinario verdugo de Auschwitz, se enamoró de una judía argentina, cuyos padres habían huido de los nazis. La historia terminó con el suicidio, y para escribirla necesitaba de la literatura. Ni con las pruebas científicamente históricas podía describir la emoción de esos personajes.

«Mi próximo libro también acudirá a la literatura pues en él volcaré los recuerdos de 80 largos años, la historia de una Argentina muy, muy difícil, que sobrevivió a 14 dictaduras militares».

—Usted ha sido guionista de 13 películas históricas, lo mismo documentales que con actores, entre ellas La Patagonia rebelde. ¿Es que le gusta tanto el cine?

—El filme La Patagonia rebelde obtuvo el premio del Festival de Berlín, y luego también fue prohibido por el gobierno de Isabel Perón —estuvo silenciado diez largos años. Por él y por los libros fui perseguido por la dictadura y estuve ocho años en el exilio. Mas siempre me interesó el cine, porque al igual que los libros, es una manera formidable de llegar al pueblo, de invitarlo a reflexionar, de avivar las ideas.

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