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Cuando el equipo invencible dejó de serlo

Durante cuatro años, Hungría fue el astro rey alrededor del cual giraba el universo del fútbol. Pero en el fango de Berna, aquel cometa dorado se estrelló contra el más inesperado de los muros. Esta es la historia del Milagro de Berna

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Para entender la dimensión del cataclismo, hay que viajar a los días en que Hungría no jugaba al fútbol: lo recitaba. El Aranycsapat, el Equipo de Oro, llevaba más de cuatro años sin conocer la derrota, una racha de 32 partidos que había convertido a la selección magiar en un mito viviente. Eran los «magníficos magiares», un colectivo de artistas que había reinventado el deporte desde sus cimientos con una revolución táctica que dejaba obsoleto el viejo orden mundial: retiraron al delantero centro para convertirlo en un falso nueve, adelantaron a los laterales y tejieron una red de pases imposibles que nadie sabía descifrar. Era el ballet perfecto, la sinfonía de un equipo que había borrado del mapa las leyes de la lógica.

En su vitrina brillaba la medalla de oro de los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, pero sobre todo relucía aquella noche de 1953 en Wembley, cuando dieron un repaso histórico de 6-3 a Inglaterra en su propia catedral, convirtiéndose en la primera selección no británica que vencía a los inventores del fútbol en su casa. Aquel día, el planeta entendió que un nuevo imperio había nacido.

El Mundial de Suiza 1954 fue el paseo triunfal anunciado. En la fase de grupos, Hungría arrolló a Corea del Sur con un 9-0 de escándalo, una tormenta de goles que parecía no tener fin. Luego, en un partido que el destino guardaba con sarcasmo en su cajón de ironías, despachó a Alemania Federal con un 8-3 que olía a exhibición, a campeón prematuro. Pero aquel encuentro dejó una cicatriz oculta: una entrada criminal de Werner Liebrich, defensa alemán, le provocó a Ferenc Puskás una fractura de tobillo que lo dejó cojeando y fuera de combate durante el resto del torneo. Sin su capitán, el corazón del equipo, Hungría siguió avanzando a golpe de épica.

En cuartos, venció 4-2 a Brasil en la infame «Batalla de Berna», un encuentro que acabó con invasiones de campo, botellazos y agresiones en los vestuarios, una guerra que los magiares ganaron con el talento como único escudo. En semifinales, aguardaba la Uruguay campeona del mundo, a la que despacharon con otro 4-2 en la prórroga, en una exhibición de resistencia que dejó sin aliento al mundo.

Llegó así el 4 de julio de 1954, el día en que el Wankdorfstadion de Berna se vistió de tragedia. La lluvia, traicionera, transformó el verde tapete en un lodazal que embarraba los botines y frenaba la pelota como si el barro fuera una condena para los ángeles. Pero Hungría, desafiando incluso a los elementos, se puso 2-0 a los ocho minutos: un misil de Puskás —titular pese a su tobillo maltrecho— y un remate de Zoltán Czibor que silenció a los alemanes antes de que pudieran parpadear. El guion se cumplía con precisión suiza.

Pero entonces, como en las pesadillas más absurdas, Alemania Federal —ese rival que había sido humillado 8-3 apenas veinte días antes— comenzó a remar contra la marea. Max Morlock descontó en el minuto 10 aprovechando un barullo en el área, y Helmut Rahn, un delantero de aspecto tosco y disparo seco, empató ocho minutos después. El descanso llegó con un 2-2 que parecía un espejismo.

El segundo tiempo fue un asedio húngaro estrellado contra la muralla de Toni Turek, un portero que aquel día se convirtió en gigante. El barro, cada vez más denso, atrapaba las piernas de los artistas y convertía sus regates en caricaturas. Y a falta de seis minutos, ocurrió lo impensable: un balón suelto en el área húngara le cayó a Rahn, que soltó un latigazo bajo y cruzado que se coló en la portería para el 3-2. El Wankdorfstadion enmudeció. Todavía en el último suspiro, Puskás logró introducir el balón en la red alemana, pero el árbitro, el inglés William Ling, anuló el tanto por un fuera de juego que las imágenes posteriores demostrarían inexistente. El silbatazo final certificó el «Milagro de Berna» y Alemania Federal conquistó su primer Mundial mientras los magiares, como dioses sumidos en el barro, se derrumbaban sobre el césped sin comprender nada.

Aquella derrota fue una herida que Hungría jamás terminaría de cerrar. El Equipo de Oro se desintegró poco después: sus estrellas se dispersaron por el mundo, Puskás emigró al Real Madrid y el equipo dorado pasó se convirtió un recuerdo melancólico de lo que nunca volvería a ser. El Milagro de Berna nos enseñó que ni siquiera los invencibles están a salvo del destino, que el fútbol es el único reino donde los milagros tienen forma de remontada imposible y los gigantes pueden ser derribados por el barro. Porque a veces, cuando el sol más brilla, basta una tormenta inesperada para recordarnos que incluso los astros más luminosos pueden apagarse en el último suspiro.

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